domingo, 5 de mayo de 2013

Tractatus logico-philosophicus


Mahmud Cygnus fue el primer y único ganador del Campeonato de Masturbación de Viena. 


En 1975 la capital austriaca acogió el polémico campeonato en un auditorio especialmente creado para la ocasión (y que tras los desafortunados acontecimientos que desencadenó el campeonato sería demolido), el auditorio Ludwig Wittgestein. Wittgestein, brillante filósofo austriaco, dio nombre al peculiar auditorio, pues es sabido por todos que el pensador fue uno de los más célebres masturbadores vieneses del XIX. 

Ludwig Wittgestein no sólo reconocía abiertamente y reivindicaba su pasión por el onanismo, sino que también fue pionero en la creación de nuevas técnicas masturbatorias, tales como la masturbación con ranas, la masturbación quince minutos al sol, o la más arriesgada, la del hierro candente en el glande. Aún así, esto no tuvo nada que ver con el desafortunado cáncer de próstata que le daría muerte, aunque sí que agravó su situación el hecho de negarse a cesar la masturbación a pesar de su enfermedad, y las toxinas de los plásticos con los que envolvía su miembro multitud de ocasiones, los que según él "le otorgaban poderes sexuales y le transportaban por el espacio y el tiempo".

El Campeonato de Masturbación de Viena era una excusa para demostrar las buenas relaciones de Austria y hacer venir a concursantes de todas partes del globo. Aunque el campeonato acogió concursantes célebres y pintorescos, como el japonés Ishiro Watanabe, apodado "el alien" por una extraña deformación que le hacía crecer un pene diminuto dentro de su propio pene, o Nicolás Maduro, actual presidente de Venezuela, el personaje que nos ocupa, como no podía ser de otra forma, es su ganador, Mahmud Cygnus. 

Nacido como Mahmud Avraam, decidió cambiarse el apellido por el de Cygnus para tener éxito en occidente. Mahmud era un campesino sirio que viaja a los Estados Unidos para conseguir un trabajo decente y poder así dar de comer a su mujer y a sus hijos. Fue demostrado después que su mujer, carente de extremidades por un desafortunado accidente, sufría los continuos abusos de Cygnus, y que al ser hermanos los hijos sufrían varios trastornos físicos y mentales. Sea como fuera, Mahmud Cygnus sufre un buen día un accidente en la fábrica en la que trabaja: un hierro al rojo vivo le atraviesa la palma de la mano, creándole un círculo casi perfecto. Tras meses de recuperación, el destino le hace ver a Cygnus en las noticias del mediodía un anuncio sobre el Campeonato de Masturbación de Viena. Animado por la desorbitada recompensa en metálico, y con el agujero de su mano derecha ya cicatrizado, por el que cabía justamente la medida de su miembro, lo deja todo y parte a Viena, abandonando sus queridos Estados Unidos. 

Lo que ocurrió allí es historia. Adjuntamos unas declaraciones suyas aparecidas en el New York Times tan solo un año antes de su muerte: 

Aquella semana fue mágica. Tuve que batirme contra 350 personas más, en un gigantesco auditorio, tan vacío que parecía una especie de pabellón abandonado. No había sillas ni nada... una construcción extensa con 350 hombres sentados en el suelo, y aproximadamente otros cien supervisándolo, en pie, aguantando a veces horas. [...] El éxito se lo llevaba el que más aguantase hasta eyacular. En grupos de diez, supervisaban y ponían a prueba nuestra resistencia, yo me ayudaba del agujero de la mano, recuerdo mi vaivén lento pero constante [...] los otros participantes movían la mano rápido, casi no podía ver el pene de nadie, la mayoría de los casos sólo veía borrones de color carne. Muchos lo tenían difícil al ser homosexuales [...] les sorprendía mi movimiento constante, mi capacidad para aguantar horas.  Obviamente tenía que pensar en algo que no me produjera placer sexual. La imagen de mi hija pequeña, esperándome en la puerta desde hace ya cinco años, preguntando por su padre, me rompía el corazón. Recordaba las aburridas películas de la hora de comer, o a David Bowie. [...] Iba escalando posiciones hasta que me las vi con el ganador de cada grupo de diez. Ver a los perdedores era desolador. Soltando sus efluvios bancos, llorando a veces por la derrota. A veces me parecía ver en sus mentes, imaginando escenas escabrosas, niños, animales, muertos, cualquier cosa para retrasar su final [...]

Sobre su éxito al final del campeonato, Mahmud Cygnus nunca quiso decir demasiado. Por la red oculta circulan algunos vídeos que dicen contener la final de este campeonato. Cygnus siempre se mostraba taciturno y esquivo al llegar a esa parte. Unos dicen que su último rival, el ruso Karl Kremer, sufrió un infarto tras dieciséis horas de masturbación. Kremer era el favorito, por encima incluso que Cygnus. De tan solo veinticinco años, los jueces lo tenían en muy alta estima. La hipótesis de la muerte de Kremer se desmintió hace dos años cuando se descubrió que trabajaba como albañil en Detroit, había prosperado y tenía tres hijas. 

Lo que sí es cierto es la ceguera que sufrió Cygnus al acabar ese día del campeonato. Quien iba a pensar que la superstición de que la masturbación lleva a la ceguera era cierta, cuando el semen de Karl Kremer salió disparado hacia los ojos de Cygnus, corrosivo y concentrado tras horas de represión, quien sabe si fue un accidente o fue dirigido a propósito por Kremer como venganza. Sea como fuere, el suceso hizo a Cygnus perder los nervios y el miembro, ya ensangrentado por el esfuerzo, se le volvió pequeño y flácido, al no poder volver a concentrarse. Cygnus jamás eyaculó. Hicieron falta horas de negociaciones entre el jurado para determinar la victoria de Mahmud Cygnus, pues las reglas estimaban que debía haber eyaculación. De todas formas, su victoria le proporcionó fama y dinero durante años, asegurándose así el mantenimiento de su familia hasta el día de su muerte. 

Mahmud Cygnus murió el 15 de abril de 1989, tras partirse la mandíbula al escurrirse en la bañera. 

viernes, 26 de abril de 2013

Kiss Kiss, Bang Bang


Era una historia noir sin la ciudad de Nueva York. Sin una Manhattan traicionera o una Nueva Orleans de jazz efervescente, sin embajadas en Londres ni funerales en Berlín ni Rusia con amor, sin gran depresión ni más guerra fría que un intercambio de miradas en los vagones del metro.

El antihéroe, sin pasado turbio ni despacho, ni guantes de boxeo y moratones, sin palizas en el callejón de atrás ni ajustes de cuentas. No llevaba sombrero, gabardina o revólver, únicamente entornaba los ojos ante el sol que filtraba una de las ventanas de la vieja facultad, y bebía café, cruzadas las piernas, subrayando versos de Lovecraft. 

...Of sunset spires and twilight woods that brood
dim in the gulfs beyond this earth's precisions,
lurking as Memories of infinitude...

Nada parecía en ese momento fuera de lo común. No le prestaba atención al mundo, y el mundo tampoco a él, ni mucho menos, hasta que una sombra le tapó la luz del sol. Echando una mirada por encima de las gafas lo vio: el elemento noir que sostendría toda la historia, la mujer del cuento. 

"¡Por fin te encuentro! Me voy a ir corriendo, tengo que ir a clases de violín, ¿tienes...?" Se había dejado puestas las gafas negras y gruesas, el pelo, medio despeinado por el caótico subir y bajar de escaleras, conservaba no obstante cierto estilo. Y... ¿pintalabios rojo?

"...ese viejo chocho cada vez acaba antes la clase. Me he pasado toda la noche..." Un hombro al descubierto y la tira del sujetador caída. En una mano, el maletín con el violín, y en la otra, una bolsa con, presumiblemente, fresas o algún otro material involuntariamente erótico. "Es como muy pedante, ¿no? creo que tiene un rollo bastante fallido pero... oye, voy a sentarme, ¡ah, Lovecraft!" Se sentó y ojeó el libro. Al dejar el bolso en la mesa, otros tantos salieron de dentro. "Jo, es que el cafelatte está buenísimo, ¡ahora vengo!"

Se alejaba con ese paso que había visto en los libros. A veces el tiempo se confunde, pensó. El espacio y el tiempo se enredan y envían, por agujeros de gusano, a un hombre de las cavernas al renacimiento, a un alien al medievo o... a una femme fatale al siglo XXI. 

Prescindía de los clichés. Sin casarse con un viejo millonario, ni fumar cigarrillos, ni llevar navajas en el liguero, simplemente tenía el aura, las proporciones y las formas, tarareaba en francés, se revolvía el pelo nerviosa, reía como una cría, mientras el hielo del café se hacía agua y alrededor todo se volvía celuloide blanco y negro. 

"¿Me has traído lo que me prometiste?" preguntó. "Es que verás..." él no apartaba la vista del café aguado. "Lo escribí, pero no lo he publicado, tengo lo que es el manuscrito, pero no sé si entenderás mi letra y..." ella le cortó: "¡dámelo!". Leyó el manuscrito, mientras de vez en cuando decía en voz alta las partes graciosas. Su risa de niña le reconfortaba. Debería haber al menos una como ella en cada universo, pensaba él. Ya sabes, una femme fatale como Dios manda en el momento y lugar justos, para evitar que las cosas se salieran de quicio. O para, más bien, sacar las cosas de quicio y hacer la vida más divertida. ¿Qué sabría él?

"¡Mira qué hora es!" dijo, nerviosa. Y se marchó con el maletín, las fresas, el pintalabios rojo y todo lo demás. La veía alejarse de espaldas, pero aún así imaginó un tarareo: "Annie aime les sucettes..."

martes, 23 de abril de 2013

La redención del Hombre Hormiga


Había hecho tantas cosas terribles, y aún así seguía pareciendo medio humano. Con sus manos vendadas no podía bajar la persiana, pero ni quería molestarle a ella para que se levantase, ni quería dejar de ver el atardecer que transformaba los tejados, plagados de cables, parabólicas y ratas-mono en una portada de disco de indie barato. El sexo entre engendros era divertido, y además daba dinero, así que tenían la cámara a punto. Ella llevaba un antifaz, una suerte de máscara veneciana sobre un ojo y la zona plana y morada donde debía estar el otro. La goma le apretaba las sienes e interrumpía la cascada de pelo intermitente y grasiento. Los pechos tan caídos y, en fin, largos, se los había pasado por la espalda y anudado a la altura de la cintura, tapando sus ombligos. 

Él la recogió cuidadosamente de la silla de ruedas, agarrándola por las piernas peludas de insecto y la joroba, y la dejó en la cama. Ella sonrió y le miró con su ojo tras el antifaz. Él llevaba la máscara de conejo raída y agujereada. Se la quitaría en mitad del acto, para lograr mayor impacto, para lograr la catarsis con su audiencia. Algunos pasarían directamente a ese momento. Pondrían la pausa y las líneas borrosas del VHS adornarían su rostro de niño surcado de venas azules. Ella le agarraba con cuidado su máscara de conejo, estaba debajo. Él estaba casi seguro de que se había enamorado.

Comenzaron. Como una masa líquida caída del Sol, como una criatura de Lovecraft, como un cachorro que, atropellado, conserva la cabeza intacta, la cabeza que te ve en la noche bajo tu cama y que guarda toda buena madre un día de boda, así se mezclaban ellos en la penumbra. El aire del atardecer primaveral acariciaba sus lenguas. Todo era perfecto para él, era su primera vez y la amaba. Joder, se había enamorado. Idiota deforme, pensaba, te has ido a enamorar de quien no debías. Ella relinchaba como un caballo y él emitía llantos de bebé. Su cabeza era la de un bebé. Ella, debajo de él, estaba empezando a segregar, y las plumas de las palmas de sus manos le hacían daño. Él amaba ese dolor, y a ella, hasta el fin del mundo. No debes, no debes, no debes, joder

Ella le quitó la máscara. El soltaba las risitas que le gustaban al público. Con sus zarpas, ella empezó a arañarle la cara. Borbotones de sangre caían sobre el pecho de la chica, entre los pechos, sobre la marca de la operación del marcapasos. Esa era la señal. No quise enamorarme de ti. Cogió las tijeras. Te hubiese querido tanto. Las alzó en la penumbra. Quizás nuestros hijos hubiesen sido normales. Agujereó la parte donde debía estar el ojo derecho. Buenas noches. Apuñaló hasta ocho veces. 

Él lloraba. Se supone que personaje no debía hacer eso. Se supone que debía aguantar media hora más después de la muerte. Piensa en tu madre para no acabar rápido, le dijeron. Putas ratas. Putas ratas codiciosas. Le habían dado el amor y se lo habían arrebatado. Y él lo había dejado correr. Recordó los versos:

y el tiburón tiene lágrimas
que le corren por la cara
pero el tiburón vive en el agua
y las lágrimas no se ven

Y recordó las palabras de su abuelo una vez le hacía vestirse después de meterlo en su cama: una araña puede tener síndrome de Down como si fuera un ser humano, pero es una puta araña y nadie se dará cuenta de ello nunca. Y ya había anochecido. No le importaba el dinero. No lo quería ya, había perdido el amor. Además, las ratas posiblemente le matarían de todas formas. Así que, de arriba a abajo, se rasgó el cuello. Sonó como seda, como la seda cuando se rompe, y brota la mariposa. 

sábado, 20 de abril de 2013

Funeral en Madripoor


Madripoor, isla de crimen, muerte y desamor. Los labios mal pintados y medias de rejilla. La cara que nunca quisiste ver al despertar. Una noche permanente, neón y letras chinas. Las chicas... chicas de neón, mujeres araña, mujeres serpiente. Toda mujer de Madripoor nace femme fatale y muere de igual forma. Sicarios y perdedores, casinos, lluvia ácida, gente ácida, magnates, búhos, Hidra, la Mano, Ideas Mecánicas Avanzadas. Curvas, veneno y jeques árabes. Martinis mezclados, agitados y escupidos. Licor barato. Piscinas, jacuzzis, pisos francos. Los rascacielos se mezclan con las nubes negras y la moral baila en el subsuelo con topoides y morlocks, más allá de las tumbas, más allá de las alcantarillas, en el fondo del mundo, con el verdadero palpitar de las cosas. 

¿Es que hay que ponerse un maldito parche en el ojo para que te atiendan como es debido? Crujen los cristales rotos en las calles y esquivas alimañas y reptiles. En los bares todo esta inquieto. El aire espeso y contaminado. El silencio. Un silencio que precede a todas las demás cosas. Un silencio para fantasear antes del ruido de huesos rotos y ambulancias. Hombres salvajes dejan su paga y su sangre en las barras de los bares. Y en los clubes de striptease, algunas chicas meten pensamientos en tu cabeza. Distorsionan tu realidad y es... cómodo. Si tienes todo el dinero del mundo, ven a morir a Madripoor. Debería ser el lema de la ciudad. Ellas fuman cigarrillos y sus uñas largas y rojas de porcelana se te clavan al hacer el amor. A veces se rompen y se te quedan en la piel. Los hombres en los bares comparan sus heridas. La más profunda gana. 

La lluvia y la niebla lo cubren todo. Los barcos cargados de droga y esclavos se muestran entre la noche y el mar. Un carguero parece traer en la proa al mismo Nosferatu. Los neones parpadean, a ellos se les arrugan los sombreros, se les empapan los hombros y se les apagan los puros. Ellas, como siempre, se adaptan. Y en una esquina en particular está ella: los ojos más censurados de toda la ciudad. Espadas que rebanan dedos y ojos en frascos. Despiertas con un bloque de hormigón a tus pies. Disfrutas del mar mientras en tus pulmones se abrazan la nicotina y el agua sucia. Las algas acarician tu caída. Sobre ti, pasa un barco. El mismo Nosferatu te sonríe. Las profundidades son más acogedoras que las tascas y los hoteles de lujo...

Y arriba todo vibra. Grandes luces, mujeres perfectas, sicarios y monstruos. Un hombre con la piel gris en un esmoquin blanco. Una mujer trepa por las paredes con sus tacones. Otra vigila el puerto entre la niebla. Los ojos más censurados de toda la ciudad. Nadie duerme nunca en Madripoor. Nadie gana nunca en Madripoor. La casa se lo lleva todo. Pero las vistas son tan buenas... Las luces de neón recortan las siluetas de la gente. Mientras, los peces de colores bailan en tu estómago. Otros perdedores han acabado antes en el fondo del puerto. Decrépitos y con los trajes amarillentos descansan en el mar. El último hilo de sangre brota de tu boca... Nadie sale nunca del todo de Madripoor. 

martes, 16 de abril de 2013

Mutatis Mutandis


El Circo Místico llega a la ciudad. Alzan la carpa y llenan las calles de carteles, van a estar aquí un par de noches. Los miembros del circo místico son humanos... ya sabes, de los de antes, de los de carne, sin implantes cibernéticos, todo sangre fluyendo aquí y allá y venas que palpitan y piel rosada. A algunos les parece obsceno, pero yo tenía curiosidad, nunca había visto a un humano antiguo de cerca. Y allí estaban: cubiertos de colores, haciendo malabares con fuego, caminando sobre hilos finísimos. No había payasos, no creían en ellos: bufones irreales y exagerados que exaltaban patrones estridentes de la conducta humana. Era asquerosa esa euforia del payaso alegre, contrastada con los colores apagados y la ineptitud del payaso triste. Los payasos eran deformaciones de la realidad, y el Circo Místico buscaba más bien una vía de escape. 

Acudieron a la enorme carpa montones de familias. Allí estaban los padres con sus visores discretos sobre los ojos, las madres de pechos puntiagudos y metálicos, los niños con hileras de dientes de leche y los virus de software de los siete años. Las post-mascotas solían quedarse en casa desenchufadas cuando llegaban estos espectáculos multitudinarios. Y no sólo había familias: cientos de adolescentes con las hormonas burbujeando entre las unidades Livid-o™ de la espina dorsal produciendo humo verde, los capitanes de rollerball del instituto con sus novias y los Yakuza soft-porn que estaban de moda ese año, con chalecos de cuero relucientes y brazos al aire, con sus dragones de neón tatuados, que serpenteaban entre los hombros, los antebrazos y las muñecas. Por el contrario, a todas las ciber-lolitas y adolescentes sintéticos se les negaba el paso a estos espectáculos familiares, al igual que a los mutantes, los adaptoides y los  androides trans, más por intervención de las autoridades de la zona que del Circo Místico en sí. 

El asunto inquietante que la gente dejaba pasar de largo eran los policías. Las tribus de policía rondaban la zona, sin hacerse notar, sin saquear apenas nada, sin cobrar. Algo podría ocurrir esa noche. Algo inquietante para que las tribus de policía no se hicieran notar. El deber debía de llamarles muy fuerte. Mis conjeturas se fueron cuando comenzó el espectáculo. Luces y colores a la antigua usanza... Un hombre anunciaba a sus fenómenos con una voz teatral. Todos humanos puros, incluso los animales estaban libres, casi todos, de actualizaciones informáticas. Todos tenían la carne rosada, y uñas, y pezones. La medicina moderna no había llegado a ellos, y muchos mostraban enfermedades extrañas y viejas. Dos hermanas siamesas, bellísimas, dejaban al descubierto sus hileras de pechos. Cuando cantaban, sus voces armonizaban enredándose en el aire. Un forzudo, lleno de venas a punto de estallar, levantaba dos vacas a la vez. Los grandes perros blancos pasaban por círculos de fuego a una velocidad infernal. El jefe de pista bailaba alegre, en el centro. Una joven lo veía todo detrás de las jaulas, las cortinas, el humo. Más tarde la vi subida en lo alto, saltando entre hilos de colores que desde abajo apenas veíamos. Era increíble. 

Cuando acabó el espectáculo, salí a hablar con el reparto, con la excusa de que estaba escribiendo un artículo. Eran todos alegres y extraños, poco habladores, de sonrisas alargadas. Las siamesas me invitaron a su camerino, pero la joven de los hilos captó mi atención. Fui hacia ella, le dije que era fantástica, pero no dijo ni una palabra. Me hizo un gesto para que la siguiera. Alejándonos de la multitud, recorriendo la hierba artificial bajo la luz de la luna de la ciudad, con la humedad de los aspersores, con los árboles-pájaro cantando su melodía, llegamos a su caravana. Y ahí... sacó al bebe. Un pequeño de piel azul, plagado de ojos. Ojos en la frente, en los brazos, en las puntas de los dedos. Pequeño, suave y feliz. No era humano puro como los del circo, ella debió haberlo tenido con algún cibernético. Los del Circo Místico se lo habrían perdonado, supuse. Debieron ver al pequeño, todo ojos, en los brazos de su madre y se les ablandó el corazón. Ese niño, como un mesías marciano, durmiendo en los brazos de su madre, con sus orejas puntiagudas y sus ojos pequeños y blancos, el bebé sobre la menuda elfa del bosque. 

El forzudo vino a recoger al bebé. Le cabía en la palma de la mano. Era tan pequeño. Y la joven de los hilos y yo tuvimos toda la noche por delante para nosotros. Aún después de ver la poca humanidad que me quedaba, con mis implantes brillando en la oscuridad de su caravana, me aceptó. Aceptó mis tubos negros, mis engranajes en los brazos, mi sistema sexual hidráulico, los agujeros de mi cuello que expulsaban el alquitrán de mis pulmones convertido en aire puro.  Un par de ojos medio humanos, lo poco que me quedaba, la miraban a ella desnuda en la noche. A estos ojos aún con venas rojizas y las pupilas sin operaciones láser no se les puede engañar. No importaba el vacío alrededor de ellos. A unos ojos genuinamente humanos no se les engaña. Y ahí estaba, tendida en la cama...

...cuando la tribu de policía le descerrajó un tiro en la frente. Un hilo de sangre bajaba sorteando sus ojos cerrados. Parecía dormida. La ilusión de que dormía profundamente quedó rota cuando vi restos del cerebro en la pared. ¿Para qué un cerebro tan humano? En su especie era muerte instantánea. Nada de regeneraciones ni de cerebros secundarios. Sólo un frío hilo de sangre entre los ojos y sesos en la pared. La chica que caminaba sobre los hilos... ahora la vida se le escapaba entre el hilo sangriento que ya recorría la mejilla hasta llegar al cuello. Y después... nada. 

Apenas pude ver a los miembros del Circo Místico afligidos y derrotados. Se fueron en cuestión de minutos, sin hacer ruido, para no dejar sin función a la siguiente ciudad. Caminaban al amanecer sobre la hierba sintética y bajo las aves eléctricas. La caravana se perdía en el horizonte. La mayoría de las fuentes coincidieron en que la tribu de policía quería al crío. El bebé de los ojos. Se cargaron a la madre y luego hicieron falta diez para machacar al forzudo. Yacía con la cabeza aplastada y un ojo sobresaliente mirando al cielo. "Hice lo que pude", parecía decir su expresión. El bebé era la séptima reencarnación de un neuro-buda, un Dalai Lama de la nueva era retransmitido en forma de virus. El bebé con carne cibernética y humana, era un caldo de cultivo perfecto para el nuevo neuro-buda. Sus habilidades eran una ventaja para la tribu de policía, dicen que un crío con ese poder es como otra bomba atómica, una fuerza capaz de unir a todas las tribus de policía del país. 

Sin embargo, eso fue hace muchos años y hoy en día no se sabe nada de ningún chico con esa mutación. Espero el momento de encontrarle y hablar con él. Decirle a esa bomba atómica que una vez no ocupó más que la palma de una mano. Le hablaría de su madre. Le contaría tantas cosas... Pero es algo ilusorio. Hoy, después de tantos años, sólo quedan líneas de sangre y sesos en la pared para un viejo oxidado. 

jueves, 11 de abril de 2013

Matanza Máxima


Ese tipo de silencio que te violenta y te destroza, ¿sabes cual es? Un fénix que muere en la luna, que renace en cualquier lugar porque es vida y muerte encarnada y toda esa historia. Éxtasis de otro planeta que te vuelve ficticio. Desciendes al centro de la Tierra donde los esqueletos cantan y luego asciendes a una forma de vida superior, una mutación continua, tu cerebro se transfigura continuamente y la realidad es tangencial y se mete en ti como por accidente, cuando llegas a un momento en el que el sentido de las cosas es opcional, porque todo son vibraciones y agujeros de gusano que se conectan de una parte a otra del espacio, arena en los pulmones, cafeína, defensa y curación, láser, divergencias, matanza socrática. 

Un despacho noir en lo alto de una colina. Una estrella roja entra por la puerta, es el brillo de cien planos de realidad superpuestos. Cien femmes fatales distintas repartidas por el tiempo que convergen en una estrella roja plantada frente al escritorio, seccionada por las líneas de luz de la ventana. Algunas versiones fuman, otras son esculturas griegas, otras extraterrestres desarrolladas hacia delante en el futuro, prodigios de biotecnología e implantes cibernéticos que segregan olor a frutas del bosque. Y todas son vida y muerte encarnada y toda esa historia. El agua se llena de átomos que no deberían estar allí y nacen niños con poderes asombrosos. Como una conciencia compartida se unen y con el brillo radioactivo de los ojos hacen que montones de paletos de su pequeña ciudad se claven las horcas y se apuñalen las gargantas los unos a los otros. 

El inspector que lleva el caso aparece muerto en el muelle, lo encuentra un pescador aterrador. Mientras, en un planeta gaseoso, se suceden extraños casos de terraformación. Los futurólogos que estudian el fenómeno auguran pocas semanas de vida al planeta, que en partes aisladas está desarrollando tierra sólida y plantas, y en el resto sigue siendo etéreo, con pájaros de electricidad estática flotando. ¿De qué se alimentarán esos bichos? Dicen que en lugar de volar en bandadas se juntan en un solo ser de energía. Dicen que hay tantos que a veces forman un rostro en la superficie del planeta que puede verse desde el espacio. Ahora la cara gigante hace zigzag entre los pedazos de tierra sólida y los turistas pueden ver un sufrido fantasma deforme. 

Y en la Tierra se siguen desarrollando horribles mutaciones. Una mariposa ha desarrollado un cráneo humano. Dentro de ese cráneo, casi microscópico, se alojan aún más pequeños todos los órganos humanos estratégicamente dispuestos. Pulmones, corazón, intestinos... Las cuerdas vocales se enroscan ingeniosamente entre el cerebelo. La mariposa tiene una voz de tenor asombrosa. Resuelve operaciones matemáticas complejas en segundos. Ha desarrollado incluso telequinésis y se dice que puede manipular las partículas de la realidad... Y aún así, tiene la esperanza de vida de una mariposa. Morirá en poco tiempo. Los expertos están intentando a contrarreloj encontrar una forma de traspasar esa consciencia a un cuerpo humano o a un anfitrión vivo con mayor esperanza de vida. 

Ahora, de noche, mis neuronas libran una guerra civil. El bloque de pisos está en silencio. Las lecturas se acumulan, la cama está deshecha. Una entidad viva flota en el aire de la noche. Una especie de polvo, que lo tiñe todo de un ambiente raro. Va a dar comienzo una matanza intelectual. Muchas ideas van a morir a la noche. Muchas historias desaparecen. Cuando despiertas, hay sueños que se te olvidan en un momento. La vida de la mente es jodidamente violenta. No hay armonía, las ideas se matan entre ellas constantemente. Algunas nunca salen a la luz. Otras salen y mueren enseguida. Hay una pelea constante de conceptos y espejismos detrás de nuestras cabezas. Y lo que sobrevive al amanecer es lo que más miedo da. 

miércoles, 10 de abril de 2013

Telepatía


Día triste para la humanidad: esta mañana, las televisiones del metro, mudas y grasientas, anunciaban la muerte del mayor telépata de la Tierra. Una oleada de muertes de celebrities está asolando el mundo, caen como fichas de dominó viejas estrellas, un Sunset Boulevard casposo y derrotista. El telépata había estado años enfrentándose a enfermedades causadas por su propio don. A veces heredaba trastornos psicológicos de gente con la que se encontraba a diario en el autobús, o realizaba viajes psicodélicos a las mentes de niños autistas. Cuando las autoridades le acusaban de pederastia apenas podía tenerse en pie o distinguir realidad de multi-realidad. Las mentes eran divergentes y se superponían unas a otras, escuchaba pensamientos, sensaciones, o a veces sólo ruidos blancos o chillidos en las cabezas de gente aparentemente normal.

Las teles del metro mostraban imágenes de archivo de las autoridades entrando en el piso del telépata. Poco a poco el escándalo fue perdiendo voz, la opinión pública fijaba su cruel mirada en otras estrellas, quizás no con poderes, pero sí igual de sórdidas. De todas formas, no se econtraron pruebas concluyentes. Si fue el telépata quien instó subconscientemente a abandonar toda búsqueda a las autoridades es algo que nunca sabremos, pues hace escasas horas el pobre diablo se abría la puta cabeza al resbalar en la bañera.

La baja por depresión que me inventé me ha dado tiempo de evadirme de la oficina, aunque a veces sigue siendo divertido coger el metro para observar al vulgo. Establecí en estos últimos días un mapa conceptual en mi cabeza de todos los mendigos del metro. Una-ayuda-para-comer es sorprendentemente puntual todos los jueves, además de mantener un equilibrio admirable con el bastón en los endiablados vaivenes del metro, al igual que Piernasrotas, que es una mezcla de factores que funcionan muy bien: la mirada melancólica y hambrienta, el vaso de café con monedas que se repite día tras día, el mismo vaso de café Starbucks, las muletas que suenan como losas contra el suelo del subterráneo, sus piernas deshechas acabadas en esas sandalias raídas que hielan de frío sus extremidades deformes. Pero quien me conquista (aparte del vendedor de huesitos con su voz cortada) es el Hombre Quemado. ¡Qué rostro torturado, qué imponente resulta con tan pocas palabras! Su cara es la que todos tenemos bajo la máscara. 

Después del metro, ocupo la tarde en el planeatrio. Una aurora boreal serpentea sobre nuestras cabezas. Un fenómeno de la naturaleza digitalizado y envasado al vacío, la Tierra como una proyección de ceros y unos. Y esos colores en el cielo nocturno de pega, se mueven siempre en las mismas direcciones. Como un bucle, aún no han sido capaces de crear secuencias de movimiento aleatorias e impredecibles para la aurora boreal. Pero aun así, a la gente le maravilla el fenómeno. Una anciana que estaba en la sala se orinó encima. Salí con la sospecha de que un hombre de negro sentado a su espalda animó a la señora a hacerlo. Dicen que la orina de las ancianas tiene propiedades curativas. Pero dicen también que es ácida como un diablo, muy pocos la soportan, tan agria y caliente. 

Cuentan que un zar se casó con una mujer vieja para que le orinara sobre las venas abiertas de su brazo y así conseguir la inmortalidad. Historias de mentes divergentes, supongo. Pero estos ojos han visto historias escalofriantes. Un hombre se corta el frenillo del pene con la última página del Quijote. Un astronauta suelta en el espacio una cabra en formol y condena a la raza humana. Dos adolescentes se besan cuando sus dientes empiezan a enredarse y enmarañarse. Se los acaban arrancando y dejan el laberinto de dientes sobre la mesa del salón, se convirtieron en un matrimonio desdentado y feliz. Ella entró en depresión cuando fue a dar a luz y sólo salieron cucarachas. ¿Y si ellas eran sus hijos? ¿Y si ese era el plan? ¿Qué estaban destinadas a hacer esas cucarachas?

Porque la historia se repite. Las cucarachas estarán obligadas a sufrir siempre. Rara vez encuentran el amor verdadero. No saben llorar. Protegen un mundo que las teme y las odia. Dios, esto sí que deprime. ¿Elegiría mi subconsciente la falsa baja por depresión como una anticipación del futuro? Quién sabe si la esencia del telépata se ha extendido al abrírsele la cabeza. Dios, cuánto sufren las pobres cucarachas...





lunes, 1 de abril de 2013

Viaje a Babel





 
El crío huye del ciempiés en las cloacas. Entre el goteo de los residuos verdes y las ratas suplicando por tabaco, era imposible oír las pisadas. Aunque fuesen cien distintas... ¿Y si fuesen cien hombres los que le seguían, y no un ciempiés? No, debía de ser el ciempiés, había oído hablar de él. Los grafitis en los callejones, los susurros en el patio de recreo, los brutales homicidios. Sí, era el ciempiés. Incluso en la dimensión Z era peligroso, por eso había acabado aquí dentro, y ahora campaba a sus anchas por la ciudad. Y después de tanta historia, iba a por quien tenía verdadera importancia: el crío. Los críos no paran de sufrir, joder, pobres enanos bastardos, la ciudad no los trata demasiado bien. 

Lo último que el chico vio en la superficie fue al anciano desintegrándose, en medio de ondas de sonido que lo deshacían. Mientras se iba quedando en nada, gritaba "¡corre, pequeño, corre!" El anciano, ahora convertido en polvo, hizo lo que pudo por salvar al muchacho. Sería un viejo verde, ciego de tanto cascársela, y aquejado de más enfermedades de las que realmente existen, pero supo cuidar del chaval. Ahora, el ciempiés lo perseguía debajo de la ciudad, bebiendo el agua contaminada para hacerse más fuerte. Tenía que absorber toda la contaminación y la demencia para hacerse tangible. No podía aparecer aquí, en la ciudad, si no hubiese gente que pensase que era posible la existencia de una cosa como el ciempiés, que ahora se enredaba entre la suciedad y la peste de las cloacas, sin tocar el suelo levitaba formando espirales en el aire húmedo y malsano de allí abajo. Tiempo atrás, una cosa como esa no hubiese tenido poder para irrumpir en la ciudad, pero ahora se veían obligados a creer en cualquier cosa. 

Ahora, con todos los misterios de la Tierra al descubierto (el origen de todo, la vida en otros planetas, el secreto de la inmortalidad), en la ciudad nos veíamos obligados a creer en cosas extrañas para crear nuevos misterios y mantener vivo al planeta. Pronto, al funcionar a pleno rendimiento, la ciudad se llenó de más casos extraños de los que podían resolverse. Fue esa sobrecarga lo que hizo que cualquier situación o criatura que fuese posible en la mente de cualquiera pudiese cobrar vida. Y ahí entró en escena el ciempiés, saltando a nuestro mundo como si nada. 

El chico, con los ojos llorosos, se escondía en los rincones oscuros. Pero el ciempiés lo veía todo. Esos ojos... Nada escapaba. Nada ni nadie. Intimidaba al chaval gritando obscenidades, con su voz rebotando contra las paredes. Su voz chillona era capaz de rebanar gargantas. Tocaba con los dedos largos y huesudos las paredes. Podía oler a kilómetros, ya tenía la partida ganada. Aun en la oscuridad. Aun en un laberinto en las cloacas. Estiró su brazo y... allí estaba, el cuello del chico. Esta noche mearás sangre, pequeño bastardo

Arriba, en la ciudad, la gente estaba inquieta. En una cabina telefónica, un hombre desnudo le lloraba a su mujer. Una anciana molía a palos a un chico que le había intentado robar las ruedas del coche. Los críos no paran de sufrir en la ciudad. Y en un bar, la gente miraba el televisor, bebía, se peleaba, hacía ruido en el baño. Un ejecutivo se follaba a una mujer insecto allí dentro. Ella se adaptaba a las condiciones incómodas del lavabo (los insectos habían sido un pueblo muy sufrido) y a toda velocidad despachaba al ejecutivo. La corbata, lo único que le quedaba puesto, se ladeaba de un lado a otro. Ella, casi imposible de ver con claridad, le hacía toda clase de cosas. Hasta sangrar. Lo hacían tan duro que la sangre estaba empapando el suelo, mezclándose con la orina, mezclándose con otra sangre que había caído allí antes. El ejecutivo sonreía al recordar el eslogan de la casa de prostitutas: si le hacemos sangrar, le abonamos la mitad del dinero.

En el bloque de pisos que hacía equilibrio sobre el bar, una familia cenaba en silencio. La penumbra de las velas y el Jesucristo insecto lo presidían todo. Las dos madres contemplaban orgullosas a sus criaturas. Una, con los tres años recién cumplidos, rebosaba salud, la otra, camino de la universidad, era fuerte y jovial. Una madre agarraba a la otra el muslo por debajo de la mesa. Frotaba la pierna con pasión. La otra madre miraba y sonreía. Con el pijama puesto y los niños acostados, las dos madres se abrazaban con cariño. En la gramola sonaba I don´t want to set the world on fire. Se sentían con suerte de tenerse la una a la otra. Sus antenas se enredaban y lloraban de felicidad. 

En el cuartel de policía era una noche extrañamente tranquila. Serena dentro de toda la rareza que inundaba la ciudad. Cada noche solía presentarse algún ratón homicida, algún crimen pasional entre árboles, algún contrabandista transexual, con cristal y maría en los senos. Una nueva droga azotaba los bajos fondos, la llamaban el espíritu del crimen. Si uno la tomaba no podía evitar delinquir. Pero, ya de entrada, tomar droga era ilegal. ¿No sería una orden subconsciente el cometer un delito bajo los efectos de esa droga? Decían que uno hacía un viaje hacia el corazón del crimen cuando se la inyectaba (siempre había que hacerlo en el centro del ombligo). Viajabas a un lugar etéreo donde podías ver a todos los criminales de la historia. Billy el niño. John Dillinger. Ted Bundy. El asesino láser de la dimensión fantasma. Bl'ot Z-Nozz, el violador de cerebros neptuniano. Todos estaban allí, aplaudiendo, furiosos, obligándote a cometer un crimen. Tiempo después se descubrió que aquella droga, el espíritu del crimen, no era real: era una alucinación, un efecto secundario de otra droga más potente: la sangre de lagarto. Drogas tan alucinógenas y evasivas que creaban otras drogas. Puede que la tranquilidad del cuartel de policía fuese un efecto secundario de algo. El cuerpo de policía había tenido en cuenta esa posibilidad, pero no les importaba: esa era la noche tranquila que se merecían. Unos leían el periódico, otros jugaban al ajedrez, otros charlaban por teléfono con sus parejas. La noche tranquila que no podía interrumpir ni siquiera un trueno sobre el mismo cuartel.

Y en las calles, la gente caminaba, sobre las ruinas del metro, sobre las alcantarillas, haciendo su vida nocturna. Cruzándose unas veces, ignorándose otras. El aire de la noche era para todos por igual: para humanos, insectos, fantasmas, estaba allí para cualquiera. Emigrantes de lugares lejanos venían a disfrutar del aire nocturno. En la ciudad todo valía. Y debajo, en las cloacas, el ciempiés había agarrado a alguien. Tenía un cuello a punto de ser quebrado entre sus manos, sus fauces chorreaban sobre la cabeza del prójimo, su cuerpo espiral flotaba en el ambiente cargado del mundo de abajo. Imposible, se decía. ¡Este no es el crío! En sus manos tenía el cuerpo del enmascarado, ferviente defensor de la ciudad, comprometido con mantener vivo el misterio. Ladrón y criminal de día, hombre tranquilo de noche, el enmascarado se la había jugado al ciempiés: mediante una ilusión, le había hecho creer que debía perseguir a un muchacho inexistente, por una necesidad desconocida. Y mediante esa artimaña, desprestigiando las capacidades del gigantesco insecto, el enmascarado había conseguido, mediante su último sacrificio, doblegar al ciempiés. 

Pero esa no era en absoluto la última noche, no. La ciudad aguarda al amanecer, y un coro de niños canta. La rareza intenta esconderse a la luz del día, sin éxito. Bajo el suelo, y en las fachadas de los edificios, y en los patios de recreo, se esconde algo. Siempre se esconde algo. 

martes, 19 de marzo de 2013

Cronóvoro


Imagina una hormiga enganchada en una corriente de tiempo. Imagina que, atrapada por las antenas, la susodicha corriente (una mezcla entre movimiento de minutero y simple y vulgar viento) se lleva a la hormiga, de un lado a otro, dando bandazos, aterrorizando al pobre bicho. Decidiendo seguir esa marcha imaginaria, ese coup de dés (imprescindible la cursiva para dejar en la expresión un aura de elitismo de búnker), dí con mis huesos en una estación de metro. La corriente, en la que se adivinaba una mancha marrón oscuro que debía ser la hormiga, se había enroscado en un cartel luminoso, de aquellos que te indican cuando viene el próximo cacharro, que no es sino un asesino de tiempo. Restando, en forma de cuenta regresiva, la joven corriente de tiempo a su mínima expresión, me dejó la terrible visión de un ser hecho de segundos, cantando su última canción en forma de alaridos, llorando milisegundos con civilizaciones contenidas, y en su boca abierta hasta romperse, los restos mortales de una hormiga. 

Las afecciones humanas, en ese cementerio de tiempo, son sudorosas y de huesos porosos, moho en un cerebro colectivo que trasciende al tuyo, y al que debes dar gracias por soltarte cuando sales de allí. La pereza, antes tomada como un pecado, se convierte esta mañana en una salvación. En la cama, con el colchón descubierto y el cojín de látex desprovisto de funda, sin deshacer siquiera las maletas, me refugio del intento de humanidad. La humanidad, que se halla en mil lugares y momentos, viene a morir a la rutina, con la caja torácica abierta para no dejar contenido un solo sentimiento, y la mandíbula colgante para no soltar prenda. La rutina suele malinterpretarse como una serie de acciones. En realidad es más bien un recorrido automático, un número preconcebido de pasos antes de llegar a la boca de metro, que te digiere, convirtiéndote en ácido de batería, sin usar siquiera los dientes. 

La rutina como un viaje sin retorno, como el Horla que te acecha. La muerte es un vulgar concepto físico, y el tiempo es poco más que una moneda de cambio. La rutina engloba esos dos elementos, pudriéndolos y quitándoles cualquier destello liberador o romántico. La rutina es el camino tortuoso que te repite siempre los mismos muros, los mismos cables, las mismas putas caras largas, los mismos pensamientos funestos de nostalgia y contacto perdido. Durante un camino rutinario se presentan los pensamientos más incendiarios. Las ideas de los mayores genocidas surgen en viajes del transporte público. ¿Por qué no me llama? ¿Qué tiene de importante ese trabajo de mierda? ¿En qué momento se olvidó de todo? ¿Por qué esta puta gente no comprende nada? Cuando el "Mayor Tom", en su rareza espacial, pierde todo el contacto con la Tierra, sentado en su bote de hojalata, mirando el vacío de las estrellas, se lamentaba de su existencia y se decidía por romper toda conexión con su planeta, no imagina que ese virus de aislamiento y agorafobia cósmica acecharía pronto dentro del planeta. La mayor plaga cultural desde el reality show y el dubstep

Y la corriente de viento temporal, que muere entre llantos esperando al metro, me dice que me aleje. Su último alarido me dice que no hay salvación, que abandone toda esperanza. Una babosa hecha de tiempo devaluado implosiona en un cartel luminoso y nadie lo ve. Ahí se pudra. Un mono sorprende a todos en las vías del tren, cuando tras un flash y un último chillido compasivo, los espectadores no ven más que vísceras y algún que otro pedazo líquido de pelo sanguinolento y rojizo. Ese suceso marciano y simbólico consigue dar pie a una ruptura de la rutina, a punto de pegarme un tiro en el puto cráneo después de devorar a la corriente de viento temporal. Y en vez de alejarme, aprovecho que está a tiro y la rajo de arriba a abajo. Por todo lo que me ha hecho. Encerrada en una jaula de huesos del tiempo, bajo el eje de la realidad, regenerándose un día tras otro para que podamos matarla cuando gustemos, ahí queda la rutina, el hastío de la vida moderna, el monstruo desencadenado que Grant Morrison llamaría "cronóvoro", devorador de momentos en el tiempo, que banaliza toda existencia y convierte en fango cualquier corazón. Al fondo es donde yace. Y ahí, con suerte, se quedará, durante toda su puta existencia.

sábado, 16 de marzo de 2013

Agujero Negro


Escribir patrañas difíciles de entender es una forma de evitar intrusiones en tu cabeza. Dejas las cosas caer, permites que asome un pedazo de lo que intentas decir, pero no todo, porque tienes la esperanza de que para saber lo demás vayan a preguntarte. Y tú les dirás que ni tú mismo lo sabes, aunque sea mentira. Dejas una libre interpretación como muestra de que hay algo que se les escapa, que no alcanzan a ver. Porque confías en que, aunque sea por un segundo, ella no te entienda, y que así el sentimiento sea mutuo.

Trato de agarrarme a eso e intentar ser ininteligible, lo intento con todas mis fuerzas, pero pierdo la partida. Sueño con un mundo sin tiempo. Sin tiempo que me cale los huesos, tiempo para pensar, aunque sea fugazmente (siempre suelen ser pequeños intervalos, aunque me veas en una espiral de llanto), en lo que se va por el sumidero. No soy yo lo que se va, ni es ninguna parte de mí. Estaba tranquilo en la ciudad, pensando que el frío terrible no me seguiría, que no me encontraría para romperme las entrañas. No pensar. Constantemente me lo decía: no pensar, no pensar, no pensar. Y así, no me torturaba ni me convertía en ningún mártir. Nunca tuve el peso del mundo sobre los hombros. Tenía un agujero negro en el cerebro que engullía cualquier parte negativa. Aunque durmiera cada noche en esa cama. Aunque las llamadas telefónicas no durasen ni un segundo. Aunque el poco contacto que quedaba fuesen espasmos de una cosa muerta. 

Pero claro, llegas de la ciudad, deshaces la maleta, y es otro universo. ¿De qué sirve poder caminar en silencio? ¿De qué sirve volver a este lugar familiar? ¿Para qué volver a los lugares comunes donde he dejado alguna huella? La seguridad que da volver de la ciudad a este ambiente se convierte en opresión. Cuatro paredes de hormigón que van cerrando el paso contigo dentro. Por muy pequeño que sea el piso de allí, no hay comparación. Porque llego aquí y solo hay una especie de compasión. Aunque me sienta vivo, latente, y en todas partes, me acaba apagando. Te dejo rozarme, pero no te acostumbres, entiendo entre líneas. Sabes que no vas a llegar a nada... dice ella. 
...pobre idiota, completo su frase, mentalmente. Y el agujero negro se lo lleva todo. Los muebles, la cama, los libros, todo empieza a flotar. Mi grito sordo, convertido en ruido blanco, lo hace estallar. Los muebles se descomponen en pequeñas astillas, los libros en cenizas que forman figuras ilusorias a mi alrededor. Quimeras y visiones extrañas. Y las llamadas telefónicas, el contacto perdido, el desinterés y los monosílabos. Porque un latido mío y un parpadeo tuyo a veces coinciden en la distancia y el tiempo perfectos, y una mariposa, que se encontraba a mitad del trayecto, se pliega sobre sí misma y se convierte en gota de lluvia. Dos corrientes de aire que matan cuando se chocan.

 Noto que no me puedes ver, ni oír, ni hablar. O que no quieres. Es un error que pida más, aunque nunca lo haya pedido. Y me repites que debería distanciarme y dejar de devanarme los sesos. Porque me ves dependiente y servil, piensas que no quiero olvidarme y que lucho por volver a Dios-sabe-qué. Aunque sólo luche, en realidad, por estar en paz conmigo mismo. Por no romper ninguno de los hilos imperceptibles que nos mantienen cruzados. Cerraría ese agujero negro y crearía un equilibrio de recuerdos y sensaciones, y así nunca volvería la vista con miedo. Porque no soy un obstáculo triste ni un pobre idiota lleno de esperanzas de mierda. Simplemente, busco sólo un equilibrio, el equilibrio de buenas historias que le debo a alguien como tú.

Siento soltarte todo esto. Es sólo que un tipo más listo que yo dijo una vez que hiciera buen arte cuando estuviera jodido. No sé que puede haber de bueno en esta cosa, pero intento hacerlo lo mejor que puedo. Y lo intento todos los días. 

miércoles, 13 de marzo de 2013

"Everything's Ruined"


Llovía en la ciudad. Era un tipo solitario. La chica esperaba en el coche. La policía estaba alerta. Las gotas de agua lo amenazaban desde fuera, las sirenas sonaban en la calle mientras ella aguardaba en el cadillac, a él aún le resultaba rara su compañía. La visión de la verdad llegó justo antes de explotar la estación lunar. El diamante ya no estaba, el de la máscara se lo llevó. El bosque buscaba un avatar perfecto, una representación medio humana que lo condujese a la supervivencia. 

Tantos principios posibles y ninguno le hace justicia. 

Él la buscaba a ella, aunque ella no fuese nada, el ojo se le disolvía entre los dedos y él mismo se resistía a caer entre las grietas. Bajo la escalera de caracol, el Hades no parecía muy acogedor, aunque había estado en cenas familiares peores que eso. Se agarraba a lo que podía, una mano asía el metal y la otra sujetaba el ojo, que caía al Hades gota a gota. Todo por buscarla a ella. 

Y ella al final estaba en el lugar menos pensado: era el acento de la palabra "él". 

En la habitación del sueño, los niños le preguntaban. "Ahora nuestros padres son calaveras y huesos. ¿Has visto al perro blanco?" ¡Claro, el perro blanco! El espíritu que le protegía. Venía de otro lugar, y ahora también lo había perdido. ¿O era el ojo que se disolvía? Los cráteres de la Luna eran pisadas de gigantes, le dijeron una vez. Pisadas redondas, la realidad que se transfiguraba, la mentira como símbolo de consciencia plena. 

Todo se ha ido haciendo ficticio, ¿no lo ves? 

Recorrer océanos de tiempo para acabar disfrazándola de la misma patraña de siempre. Pintalabios, cabello suelto y mirada letal. Ya no me vale. No intentaba más que complementarse con un arquetipo opuesto a él, para que le llevase a las espirales de dolor y así sentir que ha vivido. Nadie quiere esa basura, yo al menos no. Siendo la verdad un blanco en movimiento, no hay necesidad. Sólo necesitas algo que se funda contigo en la noche y el bosque, que pueda crear vida del impacto de un relámpago. 

La realidad es F-I-C-C-I-Ó-N.

El verdugo viste una túnica que le camufla con la medianoche. Intenta, cada noche, matar al mundo real... Y lo consigue. Siempre lo consigue. Por un momento, lo perceptible muere. Los sentidos te engañan y te llevan por el camino que no es. Pero si consigues dejar de fiarte de ellos, si consigues dejarlos de lado y atender a quién-sabe-qué, puedes sentir lo irreal. La antimateria que impulsaba las naves en los cuentos de ciencia-ficción. El material del que están hechos los fantasmas. El origen secreto del mundo. 

Sueño con funerales en el bosque. 

Los ataúdes para los gigantes son increíblemente pequeños. Los enterramos en puertas porque sus cadáveres son peligrosos si los encuentra quien no debe. Ahora cae por miles de esas puertas. Por todas a la vez. Se aferra a lo que puede, pero el ojo finalmente cae. Y él cae detrás. No sabe bien dónde está, todo está oscuro aunque los monstruos le tratan con dulzura. El ojo finalmente le dice lo que quiere saber. Cuando cree comprender, cae al suelo, y todo se desmorona con él. Tanta búsqueda para esto. Estaba todo en sus ojos, su cerebro y sus entrañas. Estaba todo en el aire. Estaba todo en la materia muerta que le rozaba la punta de los dedos cuando cerraba los ojos y acogía al bosque. Pronto resucitó como si nada. Se puso en pie y salió a la calle. Intentó recordar donde la había dejado a ella. Intentó recordar qué era verdad y qué no, porque lo real y lo imposible se muerden la cola el uno al otro en forma de serpientes. Intentó...

Paró un momento. No hizo nada de eso. Al final, subió al tejado, sintió el aire y sonrió. 



miércoles, 6 de marzo de 2013

Into the Weird



Al principio era todo oscuridad, vacío y esa mierda. Después, hubo un momento en el que ¡bang! todo apareció, no sabemos muy bien cómo, aunque todo el mundo está más o menos de acuerdo en que fue una explosión o algo. Con eso ya vinieron todas las cosas. Mares de putas estrellas repartidos aquí y allá en la existencia, planetas que se miran pero nunca se atreven a rozarse, mundos en expansión y mundos extintos antes incluso de nacer. Vida dentro de las cosas y más allá de ellas. 

La vida fluye por todo este planeta, representada por la fauna y la flora (testigos silenciosos pero aguerridos del mundo) y las personas, seres curiosos que andan todo el día puteándose los unos a los otros pero que en fondo forman una armonía que da sentido al mundo, a la naturaleza y a todas las cosas. Una tirada de dados tras otra, todo evoluciona y se transfigura. La conciencia colectiva llena el universo, todo se transforma pero es en cierto modo eterno, y nada es del todo seguro: podemos estar viviendo en un universo de ficción sin saberlo. Esa incertidumbre, presente en las creencias, las motivaciones o los presagios de cada uno, nos acompaña hasta en final. Todo está ahí, todo se mueve. 

Dicho esto, ¿no parece todo un poco más pequeño? Es decir, tus preocupaciones y miedos arraigados parecen un poco más... de mierda, atendiendo a la idea de que nada es cierto nunca y la existencia es un paseo. La gente se ve atormentada constantemente por gilipolleces. Por eso tenemos que convertirnos en blancos móviles y escapar de los cazadores. Nos intentan cazar todas esas versiones de nosotros mismos que vienen de un punto u otro en el tiempo. Nuestros "yos" pasados, más jóvenes y a los que siempre vemos más idiotas, nuestros "yos" futuros, que son elucubraciones con capuchas negras, y variaciones de nuestro "yo" presente, líneas posibles de presentes inmediatos que podrían pasar y que casi nunca pasan. Ese "casi" es el que marca la diferencia, la incertidumbre que dije antes, y que nos mueve a hacer actos estúpidos que a la larga nos alegran la vida. 

Puta mierda, nada se queda quieto... tantos cómics y películas de zombis y novelas pulp son como tomar ácido todo el día. Es imposible controlarte, cada vez quieres más y más ficción. Tanta que te planteas si tú mismo estás metido en una historia. Tienes la certeza de que eres real, pero, ¿no la tienen también los personajes de los libros? Y a esos pobres diablos nadie les vino a decir que eran de mentira. Nadie les dijo que son proyecciones o arquetipos. Pero ahí dentro están, todos ellos, viviendo de algún modo, inspirando. 

Es posible que todas las ideas sean evocaciones de otras cosas. Alguien crea algo recordando cosas que sintió. Eso que sintió tiene un origen en alguna parte. Ese origen se remonta a un punto hacia atrás en el tiempo. Ese punto en el tiempo fue inspirado por otro punto. Así hasta la náusea. Entonces, ¿no debería haber una idea primigenia? Una idea que diese pie a todas las grandes ideas. Una búsqueda que ha vuelto locos a millones. Unos creen que esa idea es Dios, otros creen que es una musa, y otros, sin embargo, no ven otra cosa que su polla. Yo creo que esa idea inicial, ese pequeño diamante en el cerebro, eso lo que actualmente llamamos "magia".

¿Y qué es la magia? Bueno, al principio era todo oscuridad, vacío y esa mierda...

lunes, 4 de marzo de 2013

Sonsabitches


Intentaré ser lo más breve posible: me voy de este puto agujero. Me vuelvo de nuevo a mi planeta. Hace tiempo que establezco conexiones con él, y cada vez son más frecuentes mis fugas allí. A veces... tu puta cabeza simplemente vuela hacia ese sitio, ¿no? Supongo que no puedes evitarlo. Sin apenas darte cuenta, cada vez tienes menos lazos con eso que llaman "realidad". Y bueno, tristemente es agradable. 

No es culpa de este mundo, en serio. Nunca he sido demasiado crítico con la situación política, o con la lucha entre sus gentes y la naturaleza, la atmósfera y todo lo demás. Al final la gente acaba poniéndose de acuerdo y saliendo de la mierda. Eso no quita que haya ciertas cosas que te acaben destrozando. Pero, ¿es el mundo o eres tú? Mi padre, que siempre tiene un chiste para todo, me contó uno bastante apropiado. Un tío va por la carretera y oye por la radio: "presten atención, en la A-42 hay un coche que va en dirección contraria, vayan con cuidado". El tío, que va por esa misma carretera, dice: "¿Qué coño uno? ¡Van todos!". A veces da la sensación de que tú eres ese tarado del coche. 

La sensación de que deberías pedir disculpas por las molestias ocasionadas todo el rato. Disculpa que no haya hecho nada con mi vida. Disculpa por incomodarte continuamente. Disculpa por no darme cuenta de las cosas. Disculpaos vosotros por ser todos tan capullos, al menos mamá y papá Kent están orgullosos. Uno puede estar irradiado hasta las cejas de kriptonita, pero no ciego. Puedo ver lo que la gente ve, y te aseguro que la visión es distinta. Puedo ver llover en Venus y puedo encontrar libros que nunca se acaban, como la arena, y puedo llegar a sitios fuera de la continuidad de las cosas, donde estar a salvo de todo. 

Lo que quiero decir es: la Tierra que se joda. Que la follen. Ojalá me persiguiesen y me intentasen dar caza. Ojalá tuviera que ocultarme. Ojalá fuese temido y odiado en un mundo que juré proteger. Cualquier cosa es mejor que esta indiferencia de mierda. Me gustaría... no sé, una prueba de fuego, algo que pueda ayudarte a encontrar un lugar en el mundo. Gente gritando por tu ayuda, cosas cayendo en llamas, alguien a quien derrocar. No hay un verdadero villano. Todo son máscaras asquerosas, escalas de grises. El que inventó este sitio no debía tener puta imaginación. Ese es el verdadero miedo, que no haya nada oculto debajo de las cosas. No existen conspiraciones ni titiriteros. 

Solo está la vida de la mente. Un laberinto dentro de un átomo ardiendo en la nada. No sé que coño es eso, pero tampoco necesito buscarle un sentido. Ahora veo las profundidades. Veo y oigo y toco y siento cosas que no sé qué son realmente. Esqueletos bajo la luna y hombres de fuego y hormigas en los pulmones y luces que te curan. Cava y cava y sigue cavando que siempre habrá más al fondo. Pero algún día cavaré hasta la otra esquina del mundo y todo lo veré del revés, arriba será abajo y el mal en el mundo será un pez de colores. Pero no voy a sentarme a esperar.

Ya he hecho las maletas. He abierto el vórtice, he dado mi sangre y he hecho todas esas cosas complicadas. Estoy listo para el encuentro y no voy a pedir disculpas por nada. No le debo una disculpa a nadie, no le debo una mierda al universo. Que le den a este sitio, me vuelvo a mi puto mundo, que a saber cuál es. 

lunes, 25 de febrero de 2013

Motivos para estar contento




Querida Helvética,


Es la primera vez que me atrevo a hablarte desde que somos mortales, y aún así lo hago por carta, como un cobarde. Desde la perspectiva mortal parece que hace siglos que no te veo, aunque verdaderamente pasáramos juntos una eternidad, o incluso dos. No lo recuerdo ya, sólo puntos perdidos en el tiempo, desplazados aquí y allá en la memoria. Recuerdo haber asistido contigo al fin de la Tierra, no sé cuantas veces ya. Recuerdo haber visto morir a la realidad misma del universo más de una vez. Recuerdo tantas cosas. ¿Te acuerdas tú de las cazas de brujas, la polución, el Colisionador de Hadrones...? 

Sin embargo todo parece ilusorio, aunque tus mil muertes me conmovieran todas por igual. Lloré como un crío en cada una de ellas. No sé que harías las veces que me sobrevivías tú a mí, pero tampoco importa. Sé que a veces coincidimos y nuestros recuerdos se entrelazan. Recordé aquel futuro, aquel fin del mundo en el que los volcanes lo consumían todo. Vi Brasil. En Río de Janeiro, la estatua del Cristo Redentor se desplomaba entre las llamas, y los dos brazos caían a la vez. El Redentor se quedaba manco mientras sus manos se perdían en el fuego. ¿No éramos tú y yo como esos pedazos de piedra inertes cayendo hacia quién sabe dónde?

Matamos a otros dioses como nosotros sin tener en cuenta las consecuencias. Permitimos que nos quitasen la vida eterna con tal de cruzarnos alguna vez en nuestra forma mortal. Me siento en el Retiro, junto al lago en el que ahogamos a tantos en otra realidad. Espero apoyado en Bisagra, la puerta que corona ese ángel al que engañamos para dejar entrar a la Peste, cargada de enfermedad y miedo. Y visito, siempre que puedo, los lugares en los que alguna vez nos han matado. La colina donde nos comieron aquellas serpientes. La plaza donde nos lapidaron. Esa estación de metro que se nos cayó encima. 

En cuanto nos conocimos te enseñé a disparar. Ponía mis manos sobre las tuyas, que sujetaban el revólver, y te decía que apuntases con el corazón. Y tú me decías: "enséñame... enséñame a matarlos a todos". Queríamos matar a los cabrones que fueron capaces de crear dioses tan crueles como nosotros. Balas a través del espacio y el tiempo destrozando cabezas de dioses enfadados. La rabia que dura toda la eternidad desaparece cuando te haces humano. Cuando sabes que tienes una cantidad ridícula de tiempo para vivir, empiezas a pensar que es mejor vivir tus días sin rencor, sin la cabeza gacha y los dientes apretados. Empiezas a buscar el reverso luminoso de todo, sea donde sea. 

No importa que seas un antiguo dios cruel o un tipo que escribe algo metaficcional. Da igual que le escribas a una diosa desaparecida o a la suma abstracta de todo a lo que has querido alguna vez. El mensaje se extiende igual por cualquier campo. Y ésto soy yo ahora, convertido en mortal, sentado en el retiro con el aire de la tarde rozándome la piel. La piel que quiere abrirse y soltar todos los fantasmas. Por eso te busco, Helvética, y lanzo mi carta al agua. Porque me haces pensar en si no somos todos poco más que materia viajando de un lado a otro, una imaginación de nosotros mismos, fantasía dentro de realidades que se esconden unas dentro de otras como muñecas rusas. Me haces pensar en si no somos la mejor puta fantasía jamás escrita. 

Y aquí estaré, esperando en el Retiro a que las lluvias torrenciales vengan a recogerme. No puedo irme de aquí, porque estoy seguro de que en esta realidad aún sigues en alguna parte. Las mil muertes a las que nos sometieron no son nada, comparadas con los pocos pedazos de tiempo que nos han dejado. Eso es todo, me quedo aquí un par de horas más, pendiente de tu llegada. Llevo puesto una gabardina gris y fumo sin parar, igual que John Constantine, para que me reconozcas en seguida. Y sí, eso último es de un cómic, porque sabes que en fondo soy igual que siempre. Con los poderes de un dios o sin ellos. Espero que sigas bien.

Un saludo,

Denny Colt




domingo, 17 de febrero de 2013

El equilibrio del Terror


Bajo un cementerio indio estaba la cárcel de fantasmas. Existen fantasmas a los que no se les deja arreglar asuntos pendientes. Muchos quieren ir por ahí atormentando a la gente y cubriéndose de sábanas y cadenas, y esa no es buena imagen para un fantasma. 
Un fantasma no debe ir por ahí susurrando nada a nadie. Los fantasmas atormentan en silencio, no son manchas grises en las fotos sino más bien fotos quemadas. Están en cada decisión terrible y en cada tropiezo, por eso, precisamente, no deben tocar a las personas con manos esqueléticas, vociferando y apareciendo en los vinilos del revés. Si alteran la realidad de las cosas y la causalidad del mundo, son enviados de una patada a la cárcel de fantasmas.

El sitio es difícil de describir. No pienses en barrotes, más bien... millones de, se podría decir, espejos etéreos superpuestos y entrelazados para que los fantasmas no se rocen siquiera entre ellos. A los fantasmas no les está permitido relacionarse entre ellos en la cárcel. Si mantienen contacto acaban formándose fantasmas enormes, y esos sí que son aterradores. Si dos personas unen sus fantasmas, el resultado es atroz. La vida se convierte en una pesadilla. 

Los guardias de la cárcel, que son enjambres de ojos flotantes, vigilan bien que ésto no ocurra. Representan una especie de orden. No son etéreos, pero tampoco tangibles. No son nada, sólo ojos que flotan. De un lado a otro. Te miran y te ponen nervioso. A veces te ciegan. Pero aunque son inquietantes, son un mal necesario. Imagina mil fantasmas entrelazados y anudados. Una masa de remordimientos y pena en el corazón de las cosas. Colectivos enteros de personas furiosas. La última vez que los fantasmas se rebelaron hubo una guerra en nuestro mundo. Los fantasmas de las personas y las cosas no se deben escapar. Deben estar guardados bajo llave, en lo más hondo de la tierra, entre cristales etéreos y enjambres de ojos, desubicados y ciegos. 

Pero he aquí lo difícil: cada persona debe llevar allí a sus propios fantasmas. No hay un comité que juzgue a los fantasmas, por encima del espacio y el tiempo. Ojalá fuera tan fácil. Hay que desterrarlos y lanzarlos lejos. Si no nos libramos de nuestros fantasmas personales no seremos más que mierda balbuceante y aterrada. Uno debe luchar por enviarlos lejos cada día. 

Cada mañana dejo mi cama esquivando fantasmas. Paso entre ellos, les aparto la mirada. Acaban dando con sus huesos en lo más hondo de la tierra. Y de ahí no deben salir. Y cuando sales a la calle y respiras el aire nuevo, puedes caminar tranquilo, siendo consciente de que a cada paso que das, caminas por encima de la cárcel de fantasmas.