jueves, 14 de febrero de 2013

Skorpio



Estará a un lado de la carretera. El pelo le ondeará por culpa de (o gracias a) el viento extraño que soplará en ese atardecer. El cielo anaranjado tendrá toda la pinta de que irá a llover. Con la clásica postura que sale siempre en las películas, ella hará autoestop. Fumará tabaco de liar, tendrá poca ropa y una maleta apenas llena, los labios rojos, ¿una mujer fatal? No. Un instante fatal, una mirada fatal, una decisión fatal, y una espiral, diez mil espirales, sangre, olor a quemado y el maquillaje chorreando por las mejillas. 

Y será perfecta y extraña. Encajará en cualquier contexto. Una novela negra, un giallo, un comic de Steranko, plagado de espías, cine independiente, un poemario demente y experimental. Pero mi contexto será éste: un descapotable rojo la recogerá, y el tipo, de sonrisa afilada y chaqueta de piel de serpiente, la llevará a donde ella diga. Y estarán encadenados de por vida, el uno al otro, en un cúmulo de excesos autodestructivos. Pasarán por muchas escenas terribles. Ella le arañará la cara, con un corte profundo. Él la atará a la cama, en una especie de juego. Los dos beberán hasta caer medio muertos y, posiblemente, fingirán su muerte lanzando el descapotable por un acantilado, y luego se casarán al pasar la frontera de México. Una vez llegados a ese punto, su destino será incierto. O bien los policías los fusilarán por sus crímenes, o bien se ocultarán de por vida, exceso tras exceso, o bien sentarán la cabeza, tendrán hijos, trabajo, una familia modelo, un pasado oscuro bajo la alfombra del porche.

Ese último final posible es tan triste que nunca me atrevería a contarlo. Aunque podría ser el principio de la novela. Una especie de redención por su pasado, o algo así.

Aún no lo he decidido.

Pero... toda esa historia, ¿por qué? Puro aburrimiento, puro hastío. ¿Se necesita una excusa para crear un par de vidas y destrozarlas? ¿Hasta qué punto son ficticias?  Ella será perfecta y extraña. El pelo ondeante pegado a la cara, los labios rojos, el tabaco de liar, vuelvo a esa escena una y otra vez. Es el génesis de todo, ¿sabes? Porque él no es más que un cúmulo de errores míos llevados al extremo con una chaqueta que le vi a Nicolas Cage en una película. ¿Pero ella qué es? El génesis, la primera idea. Nunca podrá tener nombre. Nunca, aunque escriba su historia en futuro, podrá existir. "Ella era..." es algo que da miedo escribir. ¿Y si algún día verdaderamente es? Hay que andarse con cuidado en ese terreno.

Si algún día una madeja de casualidades da pie a la historia de la dama del pelo ondeante en el atardecer será un milagro, pero no será, desde luego, mi historia. Eso no se lo doy a nadie. Eso no se lo puede quedar ni la realidad. Mi pequeño arquetipo noir se viene conmigo a la tumba. Como ahora danza Hitchcock con Marnie la ladrona. Como se reunió Nabokov con Lolita. Como pasea Bradbury de forma perpetua entre miles de libros que nunca se quemaron. Si pudieras ver lo que yo veo podrías nadar entre todos los mundos posibles. Ojalá pudieras ver lo que yo veo. ¿Cómo decían en aquella película? El túnel del tiempo, el escenario perfecto para un melodrama cósmico

Y el viento sigue moviendo el pelo y las cenizas, esperando, inútilmente, salir de la ficción.








martes, 5 de febrero de 2013

Coyote Gospel



Puto humo de cigarro, que impregna de noir la atmósfera, las persianas entrecerradas que proyectan líneas horizontales de luz en el despacho del antihéroe, la femme fatale subiendo las escaleras (nunca es un primer piso). Puto Madrid, escenario de historias extrañas. No es la Nueva York con nubes negras de chimenea y paranoia de las películas y los libros, no es el Londres victoriano que trae opio y destripadores, ni tampoco es el Hong Kong de Hard Boiled, pero es amor y aventura bizarra. 

El barrio es un microclima con la curva de causalidad elevada al infinito, cuyo epicentro (¿el ojo del huracán es también el tercer ojo?) es mi bloque de pisos. Hay gorilas imponentes y amistosos, hijos ilegítimos, a veces viene la secreta, los vi por la mirilla (¡ese es el tercer ojo!), amenazas pintadas en el 1º A (IROS DE AQUI O MORIREIS) y sospecho que mi compañero es un ente de la quinta dimensión. 

Nunca fui loco, pero siempre quise ser villano. Es tan grandilocuente la palabra héroe. Pero el villano tiene unos componentes increíbles: esa distinguida uve, la uve de la victoria, las dos eles, el conjunto entero de la palabra es completamente perfecto y armonioso. Paladea la palabra en tu boca. Villano... aunque otros lo llaman simplemente "el malo". Nunca el villano es del todo una oposición al bien, como nunca el héroe tiene siempre todas las virtudes de la bondad y se muestra enteramente luminoso. Es un concepto atrayente... 

Ponte un antifaz y desvalija algo, somete a una humilde población, pon en jaque a un país, crea catástrofes, roba el sol, haz temblar los cimientos mismos del espacio y el tiempo. Pasea de madrugada por Madrid con ganas de hacerlo todo estallar. No, no quiero sentarme a ver el mundo arder. Quiero arder con él, quiero perderme en las llamas y rasgar mi piel para salirme de mi mismo. 

Que mi calavera dance al rojo vivo y el mar se lleve la ciudad por delante. Todo reducido a fosfatina, alguien tenía que hacerlo. Porque tú ya no me quieres ver ni hablar, aunque todo se queme con violencia en mi universo de ficción. ¿Quién no querría ser villano? ¿Quién no querría tener la fuerza para mover la realidad (hacia el progreso o hacia la demencia) tirando el mundo establecido por el sumidero? ¿Quién se negaría a ser una fuerza natural imparable e inamovible? 

No importa, al fin y al cabo nací como héroe, aunque me haya devaluado a antihéroe pulp. Tengo los mecanismos de lo bueno. Nunca me puedo torcer demasiado hacia el terror. Aunque me equivoque un millón de veces. Aunque intente hacer lo correcto y me pierda en el rechazo. Quisiera ser villano, el eje de atención de un mundo del que no conozco su existencia. Sería un arquetipo, un John Dillinger, una fuente de atracción destructiva.

Pero no puedo. No soy el villano, soy el héroe pulp. Inesperado y atípico. Y el puto humo de cigarro impregna de noir la atmósfera. Maldita sea, yo ni siquiera fumo. 


jueves, 10 de enero de 2013

Amanda Ray


Desde que soy filólogo aficionado he desarrollado multitud de aficiones que llenan mi tiempo libre. No obstante, la que realmente me apasiona es la de recuperar textos perdidos. Nombres que resuenan en muy pocas cabezas, panfletos amarillentos de letras ilegibles, palabras de gentes perdidas en el tiempo. Personas perdidas en el pasado... o en el futuro. Recupero textos de todas las épocas. 

Mi último descubrimiento fue una joven evasiva y rezumante de misterio. Dejaba pistas aquí y allá en cada época. Algunos se aventuran a afirmar que le gustaba veranear en el siglo XIX, pero nunca he podido encontrarla allí. Su verdadera esencia estaba esparcida por la historia, pero si te detienes un momento y cierras los ojos, si sabes donde buscar, si abres tu cabeza y dejas que el sol y las estrellas y el universo entero entren, puedes oír sus latidos. Los latidos de Amman-Daräi, un ser infinito de otro mundo, que aquí vino a hablarme a través de una joven. No era casualidad que el nombre de aquella fuese Amanda Ray, dicen que Dios no juega a los dados con el universo. 

Encontré publicadas sus palabras, fue relativamente fácil dar con ellas. Pero di con ellas enterradas en el mayor de los caos. Aquella no era la chica: estaba sepultada entre un montón de comas, espacios, puntos y seguidos, puntos y comas, y signos de puntuación que no eran suyos, se le habían impuesto a desgana.    

Al final conseguí encontrarla a ella. No sé si estaba allí, o era un viaje de opio, una película inacabada, un sueño o una alucinación propia de una experiencia cercana a la muerte. Pero allí la vi, mientras me susurraba sus palabras. Sus temores, su optimismo. Tenía potencial. Era inexperta, titubeante, pero tenía potencial. Alguien que merecía cruzar el umbral de las dimensiones y entrar en todos los mundos. Esa noche abrí una puerta, el mundo me habló, y yo, por supuesto, escuché. Estas son sus palabras puras, sin obstáculos, sin artificios. Esta era ella. 

Me siento en la cama intranquila, pues acabo de percatarme, mi futuro cada vez más
cercano, está en la puerta y aferrándose con las manos asoma los ojos y me mira.
Me mira con ojos juguetones.
Cada vez queda menos y mi tiempo esta doblando la esquina, pero ÉL me ayuda. Siempre me 
ayuda, con sus besos tiene el poder de parar las manecillas de cualquier reloj traicionero.
Me da ventaja en esta cuenta atrás, pero aun así el futuro acabará cruzando el umbral de la 
puerta, y mi corazón se acelera al pensarlo... ¿y si sale mal? No lo sé, solo puedo esperar aquí.
Bajo la mirada, esquivando aquellos ojos traviesos, pero nadie puede evitar lo inevitable y sin 
quererlo, vuelvo la mirada a la puerta y de repente lo veo, ¡el futuro estaba guiñándome 
un ojo!
Me levante de la cama de un salto, impulsada por una fuerza desconocida, algo dentro de mi 
había cambiado mis planes, iba a esperar, pero no allí sentada.
Así pues, os dejo, tengo que ir a hablar con mi futuro.

sábado, 5 de enero de 2013

Ensayo sobre el azúcar


Hace horas que mi piel cuelga del armario. Me decidí por arrancarla a tiras, cuidadosamente, intentando quitarla toda de una vez. No ha sido tarea fácil. Pero finalmente, ahí está, colgante y tenebrosa, cubierta de termitas, lo que hará imposible que se me vuelva a injertar. Ya ha perdido todo el color carne y ahora parece un trozo de cecina putrefacta y reseca. 

Sin embargo, he dejado toda la piel de mis dedos. Los dedos, y toda la piel de la cara, a modo de máscara, siguen ahí. Los necesitaba para escribir sin llenar el teclado de sangre reseca, y además no tenía ganas de arrancarme las uñas. Todavía puedo hacer que se toquen unos con otros, y se noten suaves y delicados. Ahora teclean a un ritmo vertiginoso, como pequeñas patas de araña descontroladas, bailando por el teclado, sin descanso. 

Te preguntarás de donde vino una idea de tan mal gusto. Verdaderamente, todo llegó a partir de un pensamiento que me ha obsesionado últimamente: el dolor ayuda a escribir. No sólo a escribir, por supuesto, se entiende también a todo tipo de creación artística. Es un hecho irrefutable que el dolor siempre ha ayudado a crear. Como verás, la idea me obsesiona sobremanera (¡hasta el punto de arrancarme la piel!), pues también surge una complicada pregunta: ¿qué vino primero? ¿Ayuda el dolor a crear arte, o la creación ayuda a paliar el dolor? Sin duda es una pregunta incontestable, supongo que depende del nivel de optimismo de cada uno. 

Si recurrimos a la historia, es seguro que el dolor ha ayudado a crear grandes obras. Cuanto más aumentaba la locura de Van Gogh, más bellas eran sus pinturas. El Lobo Estepario, de Herman Hesse, se reduciría a dos o tres páginas si omitiésemos todo el sufrimiento y la angustia existencial. Sin el dolor, se habrían perdido tantos y tantos blues. ¿O acaso prefieres al Goya que pintaba rococó antes que al viejo sordo ermitaño que ilustraba aquelarres, dioses devoradores y perros ahogados? ¿Dónde quedarían esas pinturas negras de infinito magnetismo? 

Queda demostrado así que el arte se alza en tiempos de hambre, enfermedades, miedo, temor. El sufrimiento ayuda a crear arte, y el arte, a combatir el sufrimiento. Es una espiral eterna, ascendente, la creación y el dolor se nutren hasta el infinito. ¿Quién dice que, si existe un Dios, no creó todo ésto para dejar de sufrir? No pienses que es un sádico. Creó la vida, la naturaleza, las artes, la esperanza, todo para dejar de sufrir. Y el sufrimiento le ayudó a crear seres y lugares extraordinarios. Pero, ¿por qué sufría Dios? Supongo que por ser la Nada. Se cansó de no existir. Y eso nos pasa a nosotros. Por eso creamos. Un día, nos despertamos hastiados de que nuestras ideas no existan y tenemos que llevarlas a cabo. A veces, creando sólo para ahuyentar el dolor, para levantarnos con fuerza. 

Nos atrae infinitamente el dolor, más que el amor o los mundos utópicos. Ejerce una extraña atracción. Dicen que los que más hablan del amor son los que menos lo conocen. ¿Ocurre también con el sufrimiento? Puede que los que más dolor sienten sean los que más disfrutan de la felicidad. Y esa felicidad, ese amor a la vida, es lo que se deja ver cuando uno crea arte a partir del dolor. La esperanza de quien se niega a caer entre las grietas. 

Por fin, por fin comprendo que el dolor nunca existió. Con piel o sin ella, me voy decidido a unirme a la perfecta ilusión que es el mundo. Y me expando a las estrellas cada vez que mis dedos, como patas de araña, escriben sin descanso. Bailando, como decía Bradbury, bailando para no estar muerto. 

jueves, 27 de diciembre de 2012

Soneto a Booster Gold




Dorado y añil es el caballero,
que a través del espacio y del futuro,
guarda el universo en tiempos oscuros;
aun buscando la fama y el dinero

(pues su amor a la plata es verdadero),
resiste radiante en momentos duros,
alzándose victorioso y seguro,
siempre al lado de Skeets, su compañero.

Con una estrella azul sobre su pecho,
la joya de una legión futurista
y el recuerdo de un noble escarabajo,

el héroe recuerda al alzar la vista:
“el largo camino aún no está hecho,
corre, Skeets, el mundo es frío ahí abajo”.

viernes, 21 de diciembre de 2012

El año del fin del mundo

Obviamente, como el mundo se acaba supuestamente mañana, había que hablar de él.

Ah, amigo, fue bonito mientras duró. El mundo nos ha dado muchas cosas buenas: los árboles, por ejemplo. No es por ponerme ecologista pero los árboles son la hostia de bonitos, ¿no? Y de ellos salen montones de libros buenísimos. Bueno, también salen libros de Lucía Etxebarría, pero no todo puede ser perfecto en este mundo. El mundo también nos ha dado el mar, la nieve, la música, la pizza, y sobretodo, seres humanos. Los seres humanos hacen montones de cosas extraordinarias. Y no, que no salga nadie con que también hacen la guerra y están destruyendo al planeta con sus negros corazones. Los seres humanos han traído la filosofía, el arte, la literatura, mejores y más locas formas de hacer pizza, y además pueden hacer a su vez más seres humanos. Siempre hay un equilibrio entre lo bueno y lo malo. Si hubiese más cosas malas que buenas se hubiese ido todo a la mierda hace mucho tiempo.

Y si se acaba, ¿qué pasaría? Absolutamente nada. Existen miles de mundos más. Yo he creado un par de docenas de ellos, no quiero ni imaginar los cientos de mundos que crearon Bradbury o Moebius, personas que, por cierto se han ido este año. ¿No es eso ya una catástrofe natural suficientemente grande? 
El mundo lleva girando un par de miles de años. ¿Qué crees que ocurrirá mañana? Girará, como sigue girando, a una velocidad vertiginosa. Creen que el ser humano será un trozo de metal frío con las entrañas llenas de cables y remordimientos de crímenes pasados. Asquerosos embustes. El ser humano ascenderá, evolucionará, creará más cosas increíbles de las que ya ha hecho. Nuevas melodías, nuevos libros, nuevas recetas de pizza. Y cuando el mundo se les quede pequeño, irán al espacio, se extenderán como una supernova, y se harán inmortales (si no lo son ya, por supuesto). Lejos de la mentira y el interés de ningún dirigente. Una especie libre, que encuentra su hogar en los rincones más inhóspitos. Quizás este mundo no sea más que el sueño de un crío. Quizás los siete jinetes vengan esta noche. Quizás no pase nada. 

Al fin y al cabo no importa. Existen miles de mundos, si sabes buscarlos.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Pues el mundo es hueco y yo he tocado el cielo

El universo se colapsó, se desbordó, se quemó como pólvora. De aquello no pudo salir nada bueno. Tuvieron que hacer otro universo, pero los que estaban al mando no tenían mucha idea. Quisieron empezar por la Tierra, y como humanos quedaban pocos, decidieron rellenarla con algunos gatos. Los gatos se dispersaban aquí y allá en el universo (Marte era el planeta con el mayor número de gatos, pero ellos son muy reticentes a la hora de hablar de fronteras espaciales). Quedaban algunos en los restos del universo, en sus cenizas. Trozos de planetas quedaban colgando en los bordes ennegrecidos de lo que antes era el universo. 

Repoblaron la Tierra bastante bien, los gatos siempre van a su aire. Apenas se peleaban, y si bien dejaban de lado los comportamientos egoístas y apáticos de la humanidad, adquirieron algunos de sus rasgos característicos, como el arte. No dejaban de ser gatos evolucionados, debían ser los sucesores de los anteriores dueños del planeta. Basándose en antiguas películas animadas cuyos celuloides flotaban por los restos del universo, se dedicaron a la música. Tocaban el piano, el violín, el saxofón. Pero muchos se olvidaban del clavicémbalo. Kazan, el gato gris, aceptó ese instrumento. Lo reconstruyó de manera más o menos aceptable, sonaba como un gato apaleado, pero en un universo donde sólo vivían gatos, aquel sonido se había convertido en un canto sofisticado. 

Atrajo a varias gatas, que se sentaron atentas alrededor de Kazan y su clavicémbalo. Cientos de gatas, en un momento, se congregaban allí. Con la llegada de las primeras, Kazan se sintió halagado, pero pronto los nervios le comían las entrañas. ¿Estaría a la altura? Sus dos patas delanteras se pasaban por las teclas del clavicémbalo, nerviosas, y sus dedos hacían lo que podían. En realidad ellas se habían parado por lo marginal de aquella propuesta. Un gato gris tocando un instrumento olvidado, de un universo anterior. Le faltaban teclas, las cuerdas salían de dentro afuera, enrolladas y entrelazadas, algunas ni siquiera servían para nada. Su color era el de diez tipos de madera distintos empastados entre sí para hacer algo parecido a un instrumento. Realmente Kazan se atrevió a llamarlo clavicémbalo porque era algo parecido a un piano pero sin serlo del todo, además de porque nadie se acordaba de cómo sonaba un clavicémbalo y podía permitirse crear un ruido distinto. 

El gato gris no dejaba de darle vueltas a aquello. Él sólo hacía ruido. Pero era ruido para los demás. Les estaba legando su ruido. El ruido de un universo pasado que ahora sonaba a gloria. Y a Kazan no le importaba hacerlo bien o mal. Él lo estaba haciendo. Estaba contento. Se subió encima del instrumento. Ahora tocaba con las cuatro patas. Andaba sobre las teclas y creaba nuevas melodías, superpuestas unas encima de otras, algunas no tenían nada que ver, otras armonizaban, otras venían de universos imposibles. 

Sería maravilloso que lo hubieses presenciado, querido lector o lectora. Así le hubiese aplaudido alguien. Las gatas no sabían qué hacer, qué decir, cómo reaccionar.  Kazan tampoco sabía que hacer. Allí parado, mirando a su público, estaba bloqueado. Así que explotó. Se deshizo en mil partículas brillantes, mil pequeñas motas de polvo de estrella. No llegó a saber que había hecho arte. Ah, el primer gato romántico. No se dio cuenta de su movimiento evasivo, de la ilusión, del amor que había desprendido de sí mismo. Porque nadie se lo dijo. 

Tuvieron que pasar años hasta que la legendaria melodía de Kazan se recompuso, por las vagas descripciones de aquellas cien gatas. Y descubrieron demasiado tarde la melodía del gato gris. En su honor, erigieron una estatua gigante, pero no era una simple copia en bronce del gato. Era un colosal cúmulo de compartimentos, miles de cajones que subían y subían hasta donde alcanzaba la vista. Aquí lo llamarían sinfonier, o algo por el estilo, pero los gatos no le pusieron nombre. La estatua, bañada en oro y con una baraja de Tarot en cada uno de sus infinitos cajones, subía hasta el cielo, con la intención de encontrar las motas de polvo que se marcharon por el aire, para algún día encontrar de nuevo a Kazan, y escuchar su melodía una vez más.







domingo, 2 de diciembre de 2012

Me llamas perro

El perro estaba allí, en la penumbra, buscando un punto flaco, un movimiento brusco, un fallo. Era un perro negro, grande, apenas se le veía. Sólo relucían sus fauces en la penumbra, sus fauces y sus ojos oscuros y ansiosos. La música sonaba a un volumen muy bajo, el perro no parecía percatarse de ella, pero a su vez le estorbaba, porque le hacía más difícil escuchar mi respiración. No podía moverme, el perro llevaba horas allí, babeando, mirando al infinito, gruñendo a veces, pero sin apartar nunca la mirada. Incluso el sudor tenía miedo de salir. Gotas de sudor frío habían recorrido mi espalda pocas horas atrás, pero ahora se resistían a aparecer, a brotar, por si de alguna forma el perro las veía en la oscuridad. 
No sé cómo empezó. Sí que recuerdo los alaridos de las demás personas del hotel, y la certeza, aún si haber visto nada, de que todos están muertos. Demasiado silencio para los vivos. O quizás los que queden vivos estén todos en la misma situación que yo. Quizás haya cientos de perros plantados enfrente de cada habitación del hotel. Hombres de negocios, mujeres solitarias, pequeñas familias, todos en sus camas, quietos como estatuas, confiando en que la música les dé ventaja y maquille su respiración. En el momento en el que la música se apague, te oirán respirar, verán que hay algo vivo, y saltarán, te desgarrarán y no serás más que una mancha roja. Yo no debía ser el único, todos los demás estarían en mi situación. Y quizás solo hubiese un perro, el que está plantado en mi puerta, y ya les hubiese matado a todos. Buscaba manchas de sangre en su pelo, pero la oscuridad no me dejaba ver nada en absoluto. 
Mis ojos se estaban acostumbrando a la penumbra, y distinguían su silueta, como un halo gris, recortado contra el fondo negro. Respiraba fuertemente, debía hacer frío allí, pues con cada resoplido expiraba humo de su nariz. Yo no notaba aquel frío, el mundo era ajeno a mí en ese instante. Sólo estábamos el perro y yo. Ese hotel de carretera, la ciudad, el país, todo el planeta finalmente, se habían desintegrado. Las estrellas, las galaxias, todo se había esfumado. Sólo el perro y yo, flotando en un espacio inerte y negro, un vacío nauseabundo. 
Y entonces, un cortocircuito. La música se apagó. Debería haber oído más alaridos. Aquellos perros amigos del silencio deberían haberlos deshecho a todos. Pero no oí nada afuera. Fui consciente, al final, de mi propia respiración, por primera vez en horas. Me había olvidado de que respiraba. Y en aquella habitación oscura y triste, donde reinaban el silencio y el vacío, ajena al exterior donde ya debía de estar amaneciendo, el perro se movió. 
Su silueta recortada avanzaba hacia mi cama y seguía respirando con fuerza, rugiendo y babeando, el sonido de sus patas se sumaba al de mi respiración. Estaba listo para mi muerte, dolorosa, terrible, y aún así liberadora. Lo vi llegar, cada vez con más claridad. No ocurrió nada. Era un simple caniche, pequeño y confundido. 

sábado, 24 de noviembre de 2012

Vida en otro planeta

En algún lugar de Varsovia, el 22 de noviembre del año 1963, un joven cocinero trabaja en un
prestigioso restaurante. Nervioso, pues es su primer día, se dispone a colocar eficientemente sus utensilios de cocina. Cuando todo está listo, escucha un disparo, tan de cerca que se queda sordo.
Fue el mismo disparo que acabó con John Fitzgerald Kennedy. Presa del dolor, cae al suelo
involuntariamente, mientras se retuerce. Debajo de la mesa sobre la que estaba trabajando,
encuentra una forma sospechosa. Es un viejo y raído manuscrito. Sentado en el suelo, y tras haber perdido completamente el sentido del oído, el cocinero se dispone a leerlo. Un infarto acaba con su vida cuando descubre que en esas páginas se hace referencia a él y a su reciente pérdida del oído.

Ese viejo libro es lo que tú estás leyendo en éste momento.

Gracias por abrir este fútil manuscrito. Ignoro si leerás hasta el final o te aburrirás como una ostra. Te doy las gracias por hacer el gesto de coger esta cosa entre tus manos y abrirla, por hacer que una pequeña parte de tu cerebro, aunque sea por un corto lapso de tiempo, dedique atención a esto, por hacerme imaginar, aquí sentado, presa de un frío terrible, tus dedos al pasar las páginas mientras suena el crujir del papel.

Eso, claro está, si eres de mi época. Si estás leyendo esto en el futuro, en un moderno aparato pequeño y compacto, con una brillante pantalla dispuesta a mostrar mis letras, mis palabras y mis frases, también te doy las gracias, pues también imagino tus dedos deslizándose por ese sensible invento, mientras descansas cómodamente alumbrado por alguna clase de luz artificial. O también si has encontrado éste manuscrito, falto de páginas y con los bordes quemados, en alguna suerte de búnker de la guerra, pues te imagino con mi obra entre tus brazos, huyendo de la amenaza de alguna clase de mutantes hambrientos.

He fantaseado con que el manuscrito también llegase al pasado. Un vórtice lo llevó a la época de las cavernas, donde nadie supo leerlo y el papel se acabó usando para acomodar a un pequeño nehandertal recién nacido. O cayendo en la edad media, siendo llevado ante algún suspicaz clérigo en algún alejado monasterio. Y también, por qué no, en la época victoriana, siendo transcrito por algún noble juguetón, en un viaje causado por el opio. Su lectura en esa época hubiese sido tan aterradora y fuera de lugar, que lo hubiesen mandado a la horca. Mientras agonizaba con el cuello partido, un satisfecho Marqués de Sade miraría el panorama desde un alto ventanal. No te voy a engañar, éste manuscrito no trata realmente sobre nada. Pero con un poco de suerte podrás mirar más allá y ver historias de fantasmas, realismo aterradoramente mágico y magia extrañamente realista.


Ignora mi nombre, porque no soy nada y lo soy todo a la vez. Quise ser un cavernícola, un pistolero, un budista, un caballero, un monstruo de circo, un astronauta. Y fracasé en todo, y todo lo logré. Tú me has creado a mí, y con los años, cada vez con más destreza, yo te iré creando a ti.
Disfruta de ésta historia breve, escrita con la prisa de un caracol milenario, sin pulir, sin edulcorar, ideada aquí y allá en distintos puntos de mi propio espacio-tiempo. Son sólo apuntes que he ido dejando, migas de pan para pterodáctilos. No juzgues lo que escribo. No te servirá de nada.
Acabalo, vete a casa, dale vueltas, quédate con algo bueno, y si lo olvidas, olvídalo bien, olvídalo de forma maravillosa, olvídalo como olvidas a un amante imposible, como olvidas una imagen lúgubre, como olvidas las tablas de multiplicar cuando eres un crío.

Pero si decides acordarte de algo, llévate un trozo de esto como quien arranca una piedra de Marte, o como quien le roba las novias al diablo. 

Bienvenidos sean todos a las tripas del mundo, el comienzo de todos los comienzos. 

martes, 20 de noviembre de 2012

El Motor de Concordancia


¿Sabes qué? Hace mucho que no hablaba sin hacer uso del "yo lírico". Ya sabes, sin usar mi voz como la de un narrador que intenta sonar a Borges, o a Cortázar, o incluso a Neil Gaiman. Es un alivio quitarse esa carga de encima. Ya me conoces (creo), a pesar del seudónimo gracioso y barroco. Y aquí estoy, escribiendo como lo hacía antes, sin las ataduras de intentar narrar nada. 

Si sólo pudieras ver lo que yo veo... Desde aquí hay unas vistas preciosas. Tras un tiempo esperándolo, por fin gozo de semi-independencia. Las noches cortas, las mañanas con prisa, las tardes tranquilas, todo. Podría levantarme pronto para coger el metro y llegar con tiempo, pero no tengo malditas ganas. ¿Qué gracia tiene no correr un poco? Cuando llegas sofocado a clase te gusta pensar que en realidad eres el hombre araña y has llegado tarde porque estabas luchando contra un villano, y esos pobres ilusos compañeros de clase no se huelen nada. 

Y tu casa, tu verdadera casa, como se echa de menos. Esa cama infinitamente más cómoda que parece gigante, tu familia, amigos y novia, tu chihuahua saludándote al llegar. Pero de lunes a viernes es un universo extraño. Pensé en eso de los universo antes de quedarme dormido en lingüística (sí, tus clases son soporíferas, profe gordinflas). Si existe el cielo y el infierno, pero a su vez existen múltiples realidades paralelas, ¿hay múltiples cielos? Dios es omnipotente y omnipresente, no puede partirse en universos, ni él, ni su reino, supongo. Entonces, si en éste universo eres un santo y en otro eres un horrible asesino (debido a factores mínimos que cambian tu destino a pasos agigantados), ¿vas al cielo o al infierno? ¿Y por qué cuando me quedo dormido en el viaje de vuelta en autobús veo pájaros diminutos en mi mochila?

Hay cosas que no tienen explicación. Y me temo que me estoy quedando bloqueado otra vez y mi atención se está perdiendo por momentos, un grupo de señores rumanos muy grande están aquí viendo el partido con especial énfasis. ¡Eso me recuerda a algo! El otro día le pregunté a mi compañero qué tal el partido. Realmente no me interesa el fútbol, pero era por sacarle un tema. Me dijo que fue un partido de infarto. Y me di cuenta de que me gustaba esa expresión. "De infarto". O si lo prefieres "de alto voltaje". Esa última me gusta incluso más. Te ha pasado algo tan espectacular que casi te da un calambrazo asesino de forma espontánea. Bueno, me están enervando mis propias reflexiones, ésto es todo por hoy. Ha sido agradable hablar conmigo. 

martes, 13 de noviembre de 2012

Primer y Posiblemente Único Tratado de Conquista Cerebral y Terrorismo Alienígena

Esto no es una propuesta, es un legado. No es un manifiesto, es un mordisco en tus ojos.


Es sabido por todos que una discusión sobre la finalidad del arte es tan banal como inútil. Nadie se pondrá de acuerdo nunca. El ser humano es así: nunca da su brazo a torcer en disputas sobre elementos abstractos. A sabiendas de eso, publico este Primer y Posiblemente Único Tratado de Conquista Cerebral y Terrorismo Alienígena, con el objetivo de violar, fusilar, eviscerar, mutilar y finalmente desmitificar toda vanguardia, movimiento o manifiesto que tenga la finalidad de clasificar, analizar o aislar cualquier tipo de arte en cualquiera de sus formas. 
Serán repudiados también todos aquellos que usen el arte de forma egoísta, para enriquecerse únicamente a ellos mismos, que contribuyan a convertir el arte en un objeto snob, o que se autoproclamen artistas cuando aún están en proceso de hacerlo, no han hecho obras de renombre que enriquezcan a los demás, ni hayan ayudado, en fin, a hacer del arte algo con lo que llenar nuestras vidas. 
Debe saber quien lee este tratado que el arte no sólo se encuentra en libros con páginas blanco marfil y humo de cigarro, sino también en el áspero papel amarillento de pulpa de madera y en el celuloide barato y quemado. 

Por lo tanto, este Primer y Posiblemente Único Tratado de Conquista Cerebral y Terrorismo Alienígena establece los siguientes puntos:

1 - Está permitida la prostitución del arte, el arte comercial, el arte con finalidad de ganar dinero a espuertas. Ya que ningún tipo de arte debe ser desechado, es permisible aceptar cualquier obra de arte sin importar cuánto dinero se haya gastado en ella, las intenciones del autor, o cuántas especies se han tenido que extinguir para que la obra haya sido llevada a cabo. 

2 - No se deberá crear arte con intención arrogante, egoísta o exclusivamente para el consumo propio. El arte no es una masturbación: es un orgasmo que pasa de individuo a individuo sin orden concreto. 

3 - El arte es ante todo sensitivo y visceral. Todo aquello que no provoque una sonrisa, una sensación en el estómago, una náusea o un llanto, quedará fuera del ambiguo término "arte".

4 - Son obligatorias las relaciones sexuales con seres de otros planetas, galaxias o multiversos. 

5 - Si tu arte es egocéntrico, depresivo o autocomplaciente, requerirá un plus de esfuerzo para ti hacer auténtico arte. 

Establecidos los anteriores puntos, no obstante, el Primer y Posiblemente Único Tratado de Conquista Cerebral y Terrorismo Alienígena prohíbe terminantemente:

- Absolutamente nada. 


Finalmente, el Primer y Posiblemente Único Tratado de Conquista Cerebral y Terrorismo Alienígena declara  el ARTE con mayúsculas algo Místico, Intangible, Comestible, Sexual, Terrorífico, Emocional e Ilógico. Que el lector de este tratado no se moleste jamás en descifrar el ARTE: es preferible que se dedique a tareas de más provecho, como explorar el espacio, tener sexo o amar lo abstracto. 

viernes, 9 de noviembre de 2012

Aiapæc

Hola, me llamo Francisco Scaramanga y estoy a punto de ser asesinado. Puede que mi nombre les suene, y es normal: tomé el nombre de un villano de 007 (el hombre de la pistola de oro) pues olvidé el mío, y últimamente sólo vienen cosas malvadas a mi cabeza. Esa ha sido mi perdición. Todo ocurrió a raíz de la muerte de la lengua.
El lenguaje, un buen día, a causa de ciertos hechos puntuales, acabó desapareciendo. Debió ser un virus que se extendió por todo el planeta despojándonos de cualquier idioma existente. Inglés, chino, francés... daba igual, todos habían desaparecido, y con ellos la comunicación. Cientos de eruditos a lo largo de todo el planeta tenían interesantes teorías sobre la desaparición del lenguaje y el futuro del planeta, pero no podían exponerlas, pues no podían hablar. Tampoco podían escribirlas, ya que no se trataba de una mudez colectiva, sino de un fallo en el cerebro (no me pidan más detalles, no sé demasiado) que impedía a cualquier persona el uso de lenguaje. Ni siquiera los sordomudos alcanzaban a articular su lenguaje de signos.
Muchos pensábamos que daba igual, con una mirada se pueden decir mil cosas, decíamos, pero acabamos todos equivocados. Las miradas ya no decían una mierda. La gente se fue irritando y comportando de forma extraña (yo mismo me incluyo) y absolutamente nadie se entendía. Estábamos aislados. No importaba que te encontrases con un desconocido o con tu propia madre, no entendías a ninguno y eso te ponía nervioso. El dinero siguió siendo útil hasta cierto punto. Pasado un tiempo, cada uno cogía lo que quería. Si alguien tenía algo que decir, era libre de rebanarte el gaznate, si no se lo rebanabas tú antes. Era imposible establecer acuerdos. En las películas de catástrofes siempre hay grupos de supervivientes, pero aquí era imposible formar grupos. Siempre que se intentaba acababa en sangría. Era imposible descifrar a la gente, no sabías quien era amigo o enemigo sólo con mirarle a la cara.
Sin duda, el mundo se encontraba en las ruinas de la lengua. El alfabeto se convirtió en un conjunto de extraños símbolos. Algunos lo adoraban, o lo temían, o ambos. Se había formado el Alfabeto, los símbolos del terror. Cuando alguien sabía dibujar una letra era símbolo de poder. Una simple "a" valía para hacerte el rey de un manojo de personas, si no se acababan matando entre ellas. Una consonante complicada te infundía respeto. Una zeta era símbolo de sabiduría, pero también un mal presagio: conocías la última letra del Alfabeto.
Pronto, en la ciudad, fueron apareciendo letras del Alfabeto por distintos lugares. Los adoradores del Alfabeto se estaban formando, por primera vez empezaban a formarse grupos de personas. Iban uniendo letras y redescubriendo palabras. Era terrible pensar qué palabras podrían acabar recordando. Empezó todo bien: se recordó de nuevo la palabra "sol". Posteriormente alguien recordó "aire", o "niño", o "mar". Pero cuando alguien empezó a recordar palabras más largas todo iba dando más miedo. Horca. Fuego. Grito. Muerto.
Los grupos de adoradores se iban encontrando e intercambiando palabras. Y si algunas palabras traían malos presagios se desechaban, o más bien era desechada la persona que lo recordaba. Por eso ahora voy a ser asesinado. Maldigo el día en el que recordé esa sucia palabra.
Se preguntarán ustedes cómo soy capaz de contar una historia si no me puedo comunicar. Es una buena pregunta. Mi historia es sólo una proyección en su cabeza. Es una historia, ante todo, hipotética. Y aún así las lágrimas se escurren por mis mejillas, pues me van a matar. Quizás la culpa sea de ustedes por imaginarme. Les juro que estoy viendo la bala venir hacia mi cabeza. Lleva consigo una lentitud abrumadora, pero no me puedo mover y sólo puedo mirarla, impotente. Ya está atravesando mi piel y saludando a mi cráneo, rompiéndolo, astillándolo. Por fin está dentro de mi cabeza, pero no sale por ninguna parte.
Ah, todo acaba por fin...

martes, 6 de noviembre de 2012

El Origen de los Espacios



Tarántula era un hombre fino y huesudo,
vestía de negro su cuerpo menudo.
Tarántula flotaba en suspiros del limbo,
de niños perdidos y viejas con hipo.
Tarántula reía con miles de dientes,
a veces en su boca bailaban ardientes.
Tarántula bebía licor de manzana,
saciaba la sed en vasos de plata.
Tarántula era ciego y con piel de rana,
olía mujeres desde la ventana.

Tarántula volvía tarde del trabajo,
subía a su piso triste y derrotado.
Tarántula dormía en su cama de hierro,
de un modo u otro soñaba contento.
Tarántula sentía nacer la mañana,
con pies pesados dejaba la cama.
Tarántula viajaba en un metro ordinario,
no pagaba nada por ser imaginario.
Tarántula escuchaba chirríar las vías,
su ciudad flotante aguardaba cada día.

Sus dedos eran largos como patas de araña.
Con gran velocidad cada día tecleaba.
Tejía historias en redes muy largas.
Nadie lo sabía pero él las creaba.
Y días tras día, la ciudad flotante esperaba.



Tarántula tejía historias bonitas:
un perro y un hada jugando a las damas,
visitas de un corsario a la casa de un Lama,
la historia de una vela que se enciende soplando,
el romance entre soldados de distinto bando,
un cuadro con vida donde baila el dios Baco,
historias que siguen en cajones cerrados,
que al fin y al cabo vuelan, violentas,
surcando los espacios.

Una niña miró a Tarántula en el metro.
Pareció confundida, en cierto momento.
Al cabo de un rato, soltó una carcajada.
Tarántula miró, sin comprender apenas nada.

La niña sonrió emocionada, y el buen Tarántula...
¡Oh! Lo sintió en el alma.
No había en él duda ni remordimiento.
¡La ciudad! Vino el momento.

Ahora Tarántula volvía a la vida:
su patio de recreo, ciudad de arriba,
sentía la historia fluír en sus manos,
llegaba a su casa montado en el viento,
su alma esperaba, sentada las nubes,
la sintió allí y quiso gritar...
pero no salió una sola palabra
¡se parecía tanto a lo que solía soñar!


Sólo miró un momento hacia abajo,
y vió el regocijo que había creado:
historias perfectas flotando en el aire,
algunas incluso fluyendo en los ríos,
otras de pronto bajando montañas,
algunas vivían debajo de las rocas,
otras se enredaban en los rayos de sol,
y con las estrellas fugaces en la noche caían,
se insertaban en los márgenes de páginas en blanco,
en esquinas de pupitres de un verde sereno,
conservaban su ritmo y su fino sentido.

El hombre menudo lo había logrado,
insertó su memoria en cada débil espacio,
creando enredaderas de palabras y frases,
de exclamaciones vivas y violentos tacos,
de fría belleza y ardientes relatos.

Todas sus historias brillaban en el tiempo,
bajaban al mundo flotando despacio,
fue su regalo a un planeta extraño,
había creado un origen:
el origen absoluto de todos los espacios.

lunes, 29 de octubre de 2012

Las Tripas del Mundo


Hace mucho tiempo, las tripas del mundo confluyeron en un punto concreto de la Tierra. Se hicieron un nudo, una masa de vísceras estelares enmarañadas, con el hedor de la fantasía. No sé darte una coordenada exacta (este humilde narrador es sólo una polilla), pero sí que podría decir que fue en cierto fumadero de opio del East End londinense.
¿Que qué pasaba allí? Tantas y tantas cosas... Conocí a un hombre que se arrastró allí a morir. Lo había perdido todo en una serie de infortunios: juegos de azar, incendios, decapitaciones accidentales de seres queridos, mascotas con balazos, abandonos de toda clase. Recuerdo lo último que hizo. Su cabeza ladeada hacia atrás, la boca abierta, aspirando el olor de todo aquello, con los ojos inyectados en sangre que me seguían mientras revoloteaba a su alrededor. Buscaba la excitación que me produciría el ver su alma salir del cuerpo. Al final, solo gimió y soltó la pipa que sostenía en la mano cuando se le relajaron todos los músculos. Creí ver su esencia escapando por la boca, pero no. Era humo, sucio humo. Las polillas entendemos de esas cosas.
Fue entonces cuando lo vi todo. Las tripas del mundo habían llegado. Olí la carne. La carne descompuesta, carne de gallina, carne de cañón, carne fresca de humano desesperado. Todas las épocas y todas las tierras y todos los senderos confluyeron allí. Confluyeron incluso los mitos, los más perfectos y los más terribles, y el fumadero se extendió hasta el tamaño de un colosal satélite de Júpiter (me aventuraría a decir que Ganímedes). Monstruos de humo devoraban gángsters, Marilyn bailaba con indios navajos, Bradbury, al que vi nacer y morir (lloré en ambos momentos) estaba también allí, en forma de recién nacido, en los brazos de una geisha.
Del fumadero solo quedaba el humo y cierta sensación de rareza, y un olor intenso a azufre y lavanda. Todo lo demás era nuevo: hombres esféricos, cartas de póker, tiempos de verbos que no existen, laberintos infinitos de cristal opaco que se empañaban con respiraciones de muñeca y pulsaciones a cien por hora.
Pero las tripas del mundo al final se desenroscaron y todo volvió a la normalidad. Ocurrió todo en un parpadeo.
A veces un pequeño abrir y cerrar de ojos justifica toda tu existencia. Aunque seas una polilla.

lunes, 15 de octubre de 2012

Historias turbias: Hormigas en la Polaroid

La calle no estaba muy lejos. Sólo debías doblar una esquina y seguir recto, y en seguida te encontrarías con la tienda. Una tienda con un viejo toldo, de un amarillo sucio, bastante raído, que rezaba "Polaroid" y no se qué más. Al lado, un pequeño cartel, que por una parte decía "fotos de carnet" y por la otra decía "vagas". No tengo ni idea de que significaba. Al entrar, el panorama era desolador, casi post-apocalíptico (la Real Academia considera más adecuado, desde 2010, usar pos en lugar de post, pero no puedo vivir sin el encanto de esa te final).


Escondida a la derecha, había una pila de películas en vhs. Películas Disney, extrañas películas desconocidas, e incluso me sorprendió una de John Ford, que ya tenía por ahí en uno de esos packs de cine clásico que me dejaba sin ver. A la derecha, una pequeña estantería roja con el encanto de una cucaracha. Tenía pegatinas de héroes Marvel horriblemente diseñados, algunos incluso no existían (un Spiderman chica con coletas). Depositadas en la estantería había muñecos pequeños. Figuras horribles. Un Jack Sparrow extraño, de plástico blanco, la cara de Johnny Depp transfigurada en un alarido de color carne pálido y tumbado hacia un lado.



Y enfrente estaba el mostrador. Tras el mostrador, montones de accesorios para fotografía, y marcos llenos de fotos de niños extraños que nunca conocerías, esas fotos de prueba, por no dejar un espacio en blanco donde podría ir tu cara. Sin embargo, otra cara fantasmagórica e infantil había violado el espacio donde iría la tuya. Salió a atenderme una mujer. No muy mayor, pero desgastada, infeliz.



Se me olvidó mencionar que iba allí a por unas fotos de carnet. La mujer me dijo "pasa". Entré en una salita aún peor. Había una silla, y alrededor un caos de objetos atemporales. La cámara, sobre un viejo trípode, estaba a un lado. Repartidos alrededor de la silla había un caballito de madera, para los niños, objeto siniestro donde los haya. También había por allí un pequeño sillón con forma de mano. Una pequeña mano verde y abierta. ¿Qué niño se sentaría allí? Imagino la mano apresándolo y espachurrando al pobre crío. Si perder ese verde chillón, inmune a la sangría. Por último, varios fondos temerosamente horteras, y el consabido fondo blanco para las fotos de carnet.



Cuando me senté (no sobre la mano verde, eso ni en sueños) la mujer lanzó un flash. Fue a enseñarme como había salido la foto. "¿Así?" me dijo. En la foto apenas se me veía: mi cabeza aparecía en su mayoría reventada, con un gran agujero, un globo ocular colgando, trozos de pelo aquí y allá, y restos de la mandíbula que parecían pender de un hilo. Lo más extraño era el fondo blanco: estaba impoluto. "Creo que no me gusta" le dije. "La cabeza está reventada". Refunfuñó y me hizo otra foto.



En la siguiente foto mi cabeza estaba abierta por la mitad, formando una especie de uve. Le pedí otra. La tercera pareció mejorar: sólo me faltaban los ojos y los labios, que dejaban mi dentadura al aire. Por no acabar sacando de quicio a la mujer, le dije que aquella valía. Esperé unos minutos mientras imprimía mis seis fotos de carnet (seis mas una grande). Durante la espera decidí preguntarle por las fotos. "¿Por qué su cámara hace eso?". "De pequeña aparecía en las fotos de prueba de los marcos, y eso me da privilegios" dijo seriamente. "La cámara fotografía líneas temporales diversas, futuros posibles, acontecimientos errantes y oscuros". Le contesté con un vago "ah". Me sentía más tranquilo al pensar que eran futuros posibles pero paralelos. Me dio las fotos en un sobrecito y me cobró.



Volví a casa pensativo, pisando varias hormigas sin querer durante el camino.

martes, 9 de octubre de 2012

Crónica de cafetería II

Los franceses son complicados con los números. Si quieres decir, por ejemplo, ochenta y cinco, debes decir quatre vingt cinq, es decir, algo así como cuatro veinticinco. Para el noventa es todavía peor. Noventa y cinco sería quatre vingt quinze, osease, cuatro veinti-quince.

Sin embargo es esa complicación la que le da cierta gracia al francés. Ya sabes, esa sonoridad que lo convierte en un idioma para cantar canciones de amor. Lo que hace que, incluso si balbucease números al azar, para quien no entendiese el idioma sonaría como un trovador gritándole a una tormenta. Supongo que maldeciré o guardaré por ahí todas esas cuestiones antes o durante el examen. 

Mientras tanto, en la cafetería...

Dos señoras... no, tres señoras (una tapa a la de enfrente) conversan delante de mí. Creía que la que veo a mi derecha estaba bebiendo un extraño líquido negro, pero sólo es agua, que transparenta el color negro de la chaqueta de la señora, situada inmediatamente detrás.

Tras ellas están los chinos. Igual no son de China, pero esa generalización se usa incluso en la universidad. Son entrañables, se ponen nombres españoles, se disfrazan con ellos pues sus auténticos nombres son impronunciables. 

Hace media hora que me terminé el cortado. Me gustan los restos de café, resecos en los bordes, y las pizcas de azúcar al fondo. ¿Quién inventaría que ahí se puede ver el futuro? Es una genial idea. Ojalá a mí se me ocurriera una chorrada así. Puede que por debajo, en la base de la taza, donde nadie mira nunca, se vea el pasado.

En fin, odio describir nimiedades sin avanzar en ninguna trama, no quiere parecerme a uno de esos bohemios franceses (de vuelta al francés) que llevan cien años muertos, así que me marcho a clase.

Les informó Sófocles Satanislavski, siga sintonizando esta línea temporal. 

Y recuerde, no tomo prisioneros. Hoy, de hecho, los libero a todos. 

Langostruosidades

Esta entrada es sólo para partirte el cerebro en pedazos. Puede que esté en tu clase y no lo sepas. Puede que viva cerca de tu casa. Puede que conduzca tu metro. O quizás, solo quizás, viva detrás de tus orejas. Susurrándote cosas que no deberías hacer. Contándote mentiras perfectas. Hilando fantasías con mis patas de araña. ¿Cómo sabes que no tengo patas de araña? 

Sólo puedes verme por el rabillo del ojo, cada vez que ves algo moverse por la esquina de tu espejo, exacto, ahí estoy yo. ¿Que tu espejo es redondo? Entonces no quieras saber lo que pasa. Soy la pesadilla que atormenta a los gusanos, el gusano de pesadilla que habita en la tormenta, el tormento pesado que habita en el gusano. 

Mi trabajo... labores de espionaje, sobretodo, esquivando supernovas, soy un detective en un hoyo de la Luna, si intentas buscarme morirás de tedio. También soy un hombre espacial, sin rumbo, y un puñado de épicos adjetivos del espacio exterior, y del espacio interior, y de donde haga falta. Toda la grandilocuencia de lo indefinido y desconocido, hasta el infinito y más allá, de nuevo en la brecha, compañeros. 

Existe también la posibilidad de que no sea ninguna de esas mierdas rimbombantes. Solo un tipejo que viaja en el metro y hace los deberes, que busca líneas de tiempo que no existen, que inventa mundos porque el suyo ya lo han desbaratado bastante. 

He visto una navaja deslizarse por el filo de un caracol, he vivido historias que nadie recuerda, he quemado libros que yo mismo he escrito. Un salto al vacío, perpetuo y terco, no sé lo que significa, pero suena genial. Al final se reduce a eso, nadie puede definir, sin usar cierta ironía, esta historia de aventuras erótica con un toque detectivesco, y naves espaciales, y cuentos de terror, que es la vida de uno. 

Te deseo un buen fin del mundo, no sin antes desearte unas buenas noches. 

miércoles, 3 de octubre de 2012

Crónica de cafetería I

Bla, bla, bla. Jaberwocky, Mephistopheles, Lengua Española, cabeza que explota.

Virus de zombis que infecta palabros, Sófocles Satanislavsky, café en taza, personas graciosas.

Las de delante: una habla como si discutiera, muy sofocada, de pie, se pinta las uñas de rojo chillón y lleva una americana negra, sí, sí, pero su voz es sofocada y estridente, un diablo chillón que se ha colado en mi rango de visión frontal en este punto exacto del espacio y el tiempo, es inevitable pero no por ello deja de ser insoportable.

A la derecha una pared me mira con sus ventanas del blanco sucio de un hueso de elefante, ves las personas del exterior y puedes proyectar tu voz en sus bocas. "Soy un grandísimo sodomita", dice uno, "mi menstruación es dinamita", dice la otra, muy abrigada y con un peinado harto "casual".

Los camareros son buenos fans de los Beatles, escarabajos enviados por Merlín desde la tierra de Avalón. Tres grandes músicos y Ringo, eso fue así desde que nacieron las montañas, desde el principio de las cosas.

Los días del futuro pasado se mueven a la medianoche, tras un descanso para comenzar "supercalifragilística avanzada". Y esta universidad, esta facultad, esta cafetería, esta mesa, se convierte en un nido de cafeína, la dulce cafeína del fin del mundo, apocalíptica y temerosa, temible y temeraria, templada y tenaz.

Inverosímil todo. Muy inverosímil. Tan inverosímil, que poco a poco, lo llena todo de sentido.