lunes, 1 de abril de 2013

Viaje a Babel





 
El crío huye del ciempiés en las cloacas. Entre el goteo de los residuos verdes y las ratas suplicando por tabaco, era imposible oír las pisadas. Aunque fuesen cien distintas... ¿Y si fuesen cien hombres los que le seguían, y no un ciempiés? No, debía de ser el ciempiés, había oído hablar de él. Los grafitis en los callejones, los susurros en el patio de recreo, los brutales homicidios. Sí, era el ciempiés. Incluso en la dimensión Z era peligroso, por eso había acabado aquí dentro, y ahora campaba a sus anchas por la ciudad. Y después de tanta historia, iba a por quien tenía verdadera importancia: el crío. Los críos no paran de sufrir, joder, pobres enanos bastardos, la ciudad no los trata demasiado bien. 

Lo último que el chico vio en la superficie fue al anciano desintegrándose, en medio de ondas de sonido que lo deshacían. Mientras se iba quedando en nada, gritaba "¡corre, pequeño, corre!" El anciano, ahora convertido en polvo, hizo lo que pudo por salvar al muchacho. Sería un viejo verde, ciego de tanto cascársela, y aquejado de más enfermedades de las que realmente existen, pero supo cuidar del chaval. Ahora, el ciempiés lo perseguía debajo de la ciudad, bebiendo el agua contaminada para hacerse más fuerte. Tenía que absorber toda la contaminación y la demencia para hacerse tangible. No podía aparecer aquí, en la ciudad, si no hubiese gente que pensase que era posible la existencia de una cosa como el ciempiés, que ahora se enredaba entre la suciedad y la peste de las cloacas, sin tocar el suelo levitaba formando espirales en el aire húmedo y malsano de allí abajo. Tiempo atrás, una cosa como esa no hubiese tenido poder para irrumpir en la ciudad, pero ahora se veían obligados a creer en cualquier cosa. 

Ahora, con todos los misterios de la Tierra al descubierto (el origen de todo, la vida en otros planetas, el secreto de la inmortalidad), en la ciudad nos veíamos obligados a creer en cosas extrañas para crear nuevos misterios y mantener vivo al planeta. Pronto, al funcionar a pleno rendimiento, la ciudad se llenó de más casos extraños de los que podían resolverse. Fue esa sobrecarga lo que hizo que cualquier situación o criatura que fuese posible en la mente de cualquiera pudiese cobrar vida. Y ahí entró en escena el ciempiés, saltando a nuestro mundo como si nada. 

El chico, con los ojos llorosos, se escondía en los rincones oscuros. Pero el ciempiés lo veía todo. Esos ojos... Nada escapaba. Nada ni nadie. Intimidaba al chaval gritando obscenidades, con su voz rebotando contra las paredes. Su voz chillona era capaz de rebanar gargantas. Tocaba con los dedos largos y huesudos las paredes. Podía oler a kilómetros, ya tenía la partida ganada. Aun en la oscuridad. Aun en un laberinto en las cloacas. Estiró su brazo y... allí estaba, el cuello del chico. Esta noche mearás sangre, pequeño bastardo. 

Arriba, en la ciudad, la gente estaba inquieta. En una cabina telefónica, un hombre desnudo le lloraba a su mujer. Una anciana molía a palos a un chico que le había intentado robar las ruedas del coche. Los críos no paran de sufrir en la ciudad. Y en un bar, la gente miraba el televisor, bebía, se peleaba, hacía ruido en el baño. Un ejecutivo se follaba a una mujer insecto allí dentro. Ella se adaptaba a las condiciones incómodas del lavabo (los insectos habían sido un pueblo muy sufrido) y a toda velocidad despachaba al ejecutivo. La corbata, lo único que le quedaba puesto, se ladeaba de un lado a otro. Ella, casi imposible de ver con claridad, le hacía toda clase de cosas. Hasta sangrar. Lo hacían tan duro que la sangre estaba empapando el suelo, mezclándose con la orina, mezclándose con otra sangre que había caído allí antes. El ejecutivo sonreía al recordar el eslogan de la casa de prostitutas: si le hacemos sangrar, le abonamos la mitad del dinero.

En el bloque de pisos que hacía equilibrio sobre el bar, una familia cenaba en silencio. La penumbra de las velas y el Jesucristo insecto lo presidían todo. Las dos madres contemplaban orgullosas a sus criaturas. Una, con los tres años recién cumplidos, rebosaba salud, la otra, camino de la universidad, era fuerte y jovial. Una madre agarraba a la otra el muslo por debajo de la mesa. Frotaba la pierna con pasión. La otra madre miraba y sonreía. Con el pijama puesto y los niños acostados, las dos madres se abrazaban con cariño. En la gramola sonaba I don´t want to set the world on fire. Se sentían con suerte de tenerse la una a la otra. Sus antenas se enredaban y lloraban de felicidad. 

En el cuartel de policía era una noche extrañamente tranquila. Serena dentro de toda la rareza que inundaba la ciudad. Cada noche solía presentarse algún ratón homicida, algún crimen pasional entre árboles, algún contrabandista transexual, con cristal y maría en los senos. Una nueva droga azotaba los bajos fondos, la llamaban el espíritu del crimen. Si uno la tomaba no podía evitar delinquir. Pero, ya de entrada, tomar droga era ilegal. ¿No sería una orden subconsciente el cometer un delito bajo los efectos de esa droga? Decían que uno hacía un viaje hacia el corazón del crimen cuando se la inyectaba (siempre había que hacerlo en el centro del ombligo). Viajabas a un lugar etéreo donde podías ver a todos los criminales de la historia. Billy el niño. John Dillinger. Ted Bundy. El asesino láser de la dimensión fantasma. Bl'ot Z-Nozz, el violador de cerebros neptuniano. Todos estaban allí, aplaudiendo, furiosos, obligándote a cometer un crimen. Tiempo después se descubrió que aquella droga, el espíritu del crimen, no era real: era una alucinación, un efecto secundario de otra droga más potente: la sangre de lagarto. Drogas tan alucinógenas y evasivas que creaban otras drogas. Puede que la tranquilidad del cuartel de policía fuese un efecto secundario de algo. El cuerpo de policía había tenido en cuenta esa posibilidad, pero no les importaba: esa era la noche tranquila que se merecían. Unos leían el periódico, otros jugaban al ajedrez, otros charlaban por teléfono con sus parejas. La noche tranquila que no podía interrumpir ni siquiera un trueno sobre el mismo cuartel.

Y en las calles, la gente caminaba, sobre las ruinas del metro, sobre las alcantarillas, haciendo su vida nocturna. Cruzándose unas veces, ignorándose otras. El aire de la noche era para todos por igual: para humanos, insectos, fantasmas, estaba allí para cualquiera. Emigrantes de lugares lejanos venían a disfrutar del aire nocturno. En la ciudad todo valía. Y debajo, en las cloacas, el ciempiés había agarrado a alguien. Tenía un cuello a punto de ser quebrado entre sus manos, sus fauces chorreaban sobre la cabeza del prójimo, su cuerpo espiral flotaba en el ambiente cargado del mundo de abajo. Imposible, se decía. ¡Este no es el crío! En sus manos tenía el cuerpo del enmascarado, ferviente defensor de la ciudad, comprometido con mantener vivo el misterio. Ladrón y criminal de día, hombre tranquilo de noche, el enmascarado se la había jugado al ciempiés: mediante una ilusión, le había hecho creer que debía perseguir a un muchacho inexistente, por una necesidad desconocida. Y mediante esa artimaña, desprestigiando las capacidades del gigantesco insecto, el enmascarado había conseguido, mediante su último sacrificio, doblegar al ciempiés. 

Pero esa no era en absoluto la última noche, no. La ciudad aguarda al amanecer, y un coro de niños canta. La rareza intenta esconderse a la luz del día, sin éxito. Bajo el suelo, y en las fachadas de los edificios, y en los patios de recreo, se esconde algo. Siempre se esconde algo. 

martes, 19 de marzo de 2013

Cronóvoro


Imagina una hormiga enganchada en una corriente de tiempo. Imagina que, atrapada por las antenas, la susodicha corriente (una mezcla entre movimiento de minutero y simple y vulgar viento) se lleva a la hormiga, de un lado a otro, dando bandazos, aterrorizando al pobre bicho. Decidiendo seguir esa marcha imaginaria, ese coup de dés (imprescindible la cursiva para dejar en la expresión un aura de elitismo de búnker), dí con mis huesos en una estación de metro. La corriente, en la que se adivinaba una mancha marrón oscuro que debía ser la hormiga, se había enroscado en un cartel luminoso, de aquellos que te indican cuando viene el próximo cacharro, que no es sino un asesino de tiempo. Restando, en forma de cuenta regresiva, la joven corriente de tiempo a su mínima expresión, me dejó la terrible visión de un ser hecho de segundos, cantando su última canción en forma de alaridos, llorando milisegundos con civilizaciones contenidas, y en su boca abierta hasta romperse, los restos mortales de una hormiga. 

Las afecciones humanas, en ese cementerio de tiempo, son sudorosas y de huesos porosos, moho en un cerebro colectivo que trasciende al tuyo, y al que debes dar gracias por soltarte cuando sales de allí. La pereza, antes tomada como un pecado, se convierte esta mañana en una salvación. En la cama, con el colchón descubierto y el cojín de látex desprovisto de funda, sin deshacer siquiera las maletas, me refugio del intento de humanidad. La humanidad, que se halla en mil lugares y momentos, viene a morir a la rutina, con la caja torácica abierta para no dejar contenido un solo sentimiento, y la mandíbula colgante para no soltar prenda. La rutina suele malinterpretarse como una serie de acciones. En realidad es más bien un recorrido automático, un número preconcebido de pasos antes de llegar a la boca de metro, que te digiere, convirtiéndote en ácido de batería, sin usar siquiera los dientes. 

La rutina como un viaje sin retorno, como el Horla que te acecha. La muerte es un vulgar concepto físico, y el tiempo es poco más que una moneda de cambio. La rutina engloba esos dos elementos, pudriéndolos y quitándoles cualquier destello liberador o romántico. La rutina es el camino tortuoso que te repite siempre los mismos muros, los mismos cables, las mismas putas caras largas, los mismos pensamientos funestos de nostalgia y contacto perdido. Durante un camino rutinario se presentan los pensamientos más incendiarios. Las ideas de los mayores genocidas surgen en viajes del transporte público. ¿Por qué no me llama? ¿Qué tiene de importante ese trabajo de mierda? ¿En qué momento se olvidó de todo? ¿Por qué esta puta gente no comprende nada? Cuando el "Mayor Tom", en su rareza espacial, pierde todo el contacto con la Tierra, sentado en su bote de hojalata, mirando el vacío de las estrellas, se lamentaba de su existencia y se decidía por romper toda conexión con su planeta, no imagina que ese virus de aislamiento y agorafobia cósmica acecharía pronto dentro del planeta. La mayor plaga cultural desde el reality show y el dubstep. 

Y la corriente de viento temporal, que muere entre llantos esperando al metro, me dice que me aleje. Su último alarido me dice que no hay salvación, que abandone toda esperanza. Una babosa hecha de tiempo devaluado implosiona en un cartel luminoso y nadie lo ve. Ahí se pudra. Un mono sorprende a todos en las vías del tren, cuando tras un flash y un último chillido compasivo, los espectadores no ven más que vísceras y algún que otro pedazo líquido de pelo sanguinolento y rojizo. Ese suceso marciano y simbólico consigue dar pie a una ruptura de la rutina, a punto de pegarme un tiro en el puto cráneo después de devorar a la corriente de viento temporal. Y en vez de alejarme, aprovecho que está a tiro y la rajo de arriba a abajo. Por todo lo que me ha hecho. Encerrada en una jaula de huesos del tiempo, bajo el eje de la realidad, regenerándose un día tras otro para que podamos matarla cuando gustemos, ahí queda la rutina, el hastío de la vida moderna, el monstruo desencadenado que Grant Morrison llamaría "cronóvoro", devorador de momentos en el tiempo, que banaliza toda existencia y convierte en fango cualquier corazón. Al fondo es donde yace. Y ahí, con suerte, se quedará, durante toda su puta existencia.

sábado, 16 de marzo de 2013

Agujero Negro


Escribir patrañas difíciles de entender es una forma de evitar intrusiones en tu cabeza. Dejas las cosas caer, permites que asome un pedazo de lo que intentas decir, pero no todo, porque tienes la esperanza de que para saber lo demás vayan a preguntarte. Y tú les dirás que ni tú mismo lo sabes, aunque sea mentira. Dejas una libre interpretación como muestra de que hay algo que se les escapa, que no alcanzan a ver. Porque confías en que, aunque sea por un segundo, ella no te entienda, y que así el sentimiento sea mutuo.

Trato de agarrarme a eso e intentar ser ininteligible, lo intento con todas mis fuerzas, pero pierdo la partida. Sueño con un mundo sin tiempo. Sin tiempo que me cale los huesos, tiempo para pensar, aunque sea fugazmente (siempre suelen ser pequeños intervalos, aunque me veas en una espiral de llanto), en lo que se va por el sumidero. No soy yo lo que se va, ni es ninguna parte de mí. Estaba tranquilo en la ciudad, pensando que el frío terrible no me seguiría, que no me encontraría para romperme las entrañas. No pensar. Constantemente me lo decía: no pensar, no pensar, no pensar. Y así, no me torturaba ni me convertía en ningún mártir. Nunca tuve el peso del mundo sobre los hombros. Tenía un agujero negro en el cerebro que engullía cualquier parte negativa. Aunque durmiera cada noche en esa cama. Aunque las llamadas telefónicas no durasen ni un segundo. Aunque el poco contacto que quedaba fuesen espasmos de una cosa muerta. 

Pero claro, llegas de la ciudad, deshaces la maleta, y es otro universo. ¿De qué sirve poder caminar en silencio? ¿De qué sirve volver a este lugar familiar? ¿Para qué volver a los lugares comunes donde he dejado alguna huella? La seguridad que da volver de la ciudad a este ambiente se convierte en opresión. Cuatro paredes de hormigón que van cerrando el paso contigo dentro. Por muy pequeño que sea el piso de allí, no hay comparación. Porque llego aquí y solo hay una especie de compasión. Aunque me sienta vivo, latente, y en todas partes, me acaba apagando. Te dejo rozarme, pero no te acostumbres, entiendo entre líneas. Sabes que no vas a llegar a nada... dice ella. 
...pobre idiota, completo su frase, mentalmente. Y el agujero negro se lo lleva todo. Los muebles, la cama, los libros, todo empieza a flotar. Mi grito sordo, convertido en ruido blanco, lo hace estallar. Los muebles se descomponen en pequeñas astillas, los libros en cenizas que forman figuras ilusorias a mi alrededor. Quimeras y visiones extrañas. Y las llamadas telefónicas, el contacto perdido, el desinterés y los monosílabos. Porque un latido mío y un parpadeo tuyo a veces coinciden en la distancia y el tiempo perfectos, y una mariposa, que se encontraba a mitad del trayecto, se pliega sobre sí misma y se convierte en gota de lluvia. Dos corrientes de aire que matan cuando se chocan.

 Noto que no me puedes ver, ni oír, ni hablar. O que no quieres. Es un error que pida más, aunque nunca lo haya pedido. Y me repites que debería distanciarme y dejar de devanarme los sesos. Porque me ves dependiente y servil, piensas que no quiero olvidarme y que lucho por volver a Dios-sabe-qué. Aunque sólo luche, en realidad, por estar en paz conmigo mismo. Por no romper ninguno de los hilos imperceptibles que nos mantienen cruzados. Cerraría ese agujero negro y crearía un equilibrio de recuerdos y sensaciones, y así nunca volvería la vista con miedo. Porque no soy un obstáculo triste ni un pobre idiota lleno de esperanzas de mierda. Simplemente, busco sólo un equilibrio, el equilibrio de buenas historias que le debo a alguien como tú.

Siento soltarte todo esto. Es sólo que un tipo más listo que yo dijo una vez que hiciera buen arte cuando estuviera jodido. No sé que puede haber de bueno en esta cosa, pero intento hacerlo lo mejor que puedo. Y lo intento todos los días. 

miércoles, 13 de marzo de 2013

"Everything's Ruined"


Llovía en la ciudad. Era un tipo solitario. La chica esperaba en el coche. La policía estaba alerta. Las gotas de agua lo amenazaban desde fuera, las sirenas sonaban en la calle mientras ella aguardaba en el cadillac, a él aún le resultaba rara su compañía. La visión de la verdad llegó justo antes de explotar la estación lunar. El diamante ya no estaba, el de la máscara se lo llevó. El bosque buscaba un avatar perfecto, una representación medio humana que lo condujese a la supervivencia. 

Tantos principios posibles y ninguno le hace justicia. 

Él la buscaba a ella, aunque ella no fuese nada, el ojo se le disolvía entre los dedos y él mismo se resistía a caer entre las grietas. Bajo la escalera de caracol, el Hades no parecía muy acogedor, aunque había estado en cenas familiares peores que eso. Se agarraba a lo que podía, una mano asía el metal y la otra sujetaba el ojo, que caía al Hades gota a gota. Todo por buscarla a ella. 

Y ella al final estaba en el lugar menos pensado: era el acento de la palabra "él". 

En la habitación del sueño, los niños le preguntaban. "Ahora nuestros padres son calaveras y huesos. ¿Has visto al perro blanco?" ¡Claro, el perro blanco! El espíritu que le protegía. Venía de otro lugar, y ahora también lo había perdido. ¿O era el ojo que se disolvía? Los cráteres de la Luna eran pisadas de gigantes, le dijeron una vez. Pisadas redondas, la realidad que se transfiguraba, la mentira como símbolo de consciencia plena. 

Todo se ha ido haciendo ficticio, ¿no lo ves? 

Recorrer océanos de tiempo para acabar disfrazándola de la misma patraña de siempre. Pintalabios, cabello suelto y mirada letal. Ya no me vale. No intentaba más que complementarse con un arquetipo opuesto a él, para que le llevase a las espirales de dolor y así sentir que ha vivido. Nadie quiere esa basura, yo al menos no. Siendo la verdad un blanco en movimiento, no hay necesidad. Sólo necesitas algo que se funda contigo en la noche y el bosque, que pueda crear vida del impacto de un relámpago. 

La realidad es F-I-C-C-I-Ó-N.

El verdugo viste una túnica que le camufla con la medianoche. Intenta, cada noche, matar al mundo real... Y lo consigue. Siempre lo consigue. Por un momento, lo perceptible muere. Los sentidos te engañan y te llevan por el camino que no es. Pero si consigues dejar de fiarte de ellos, si consigues dejarlos de lado y atender a quién-sabe-qué, puedes sentir lo irreal. La antimateria que impulsaba las naves en los cuentos de ciencia-ficción. El material del que están hechos los fantasmas. El origen secreto del mundo. 

Sueño con funerales en el bosque. 

Los ataúdes para los gigantes son increíblemente pequeños. Los enterramos en puertas porque sus cadáveres son peligrosos si los encuentra quien no debe. Ahora cae por miles de esas puertas. Por todas a la vez. Se aferra a lo que puede, pero el ojo finalmente cae. Y él cae detrás. No sabe bien dónde está, todo está oscuro aunque los monstruos le tratan con dulzura. El ojo finalmente le dice lo que quiere saber. Cuando cree comprender, cae al suelo, y todo se desmorona con él. Tanta búsqueda para esto. Estaba todo en sus ojos, su cerebro y sus entrañas. Estaba todo en el aire. Estaba todo en la materia muerta que le rozaba la punta de los dedos cuando cerraba los ojos y acogía al bosque. Pronto resucitó como si nada. Se puso en pie y salió a la calle. Intentó recordar donde la había dejado a ella. Intentó recordar qué era verdad y qué no, porque lo real y lo imposible se muerden la cola el uno al otro en forma de serpientes. Intentó...

Paró un momento. No hizo nada de eso. Al final, subió al tejado, sintió el aire y sonrió. 



miércoles, 6 de marzo de 2013

Into the Weird



Al principio era todo oscuridad, vacío y esa mierda. Después, hubo un momento en el que ¡bang! todo apareció, no sabemos muy bien cómo, aunque todo el mundo está más o menos de acuerdo en que fue una explosión o algo. Con eso ya vinieron todas las cosas. Mares de putas estrellas repartidos aquí y allá en la existencia, planetas que se miran pero nunca se atreven a rozarse, mundos en expansión y mundos extintos antes incluso de nacer. Vida dentro de las cosas y más allá de ellas. 

La vida fluye por todo este planeta, representada por la fauna y la flora (testigos silenciosos pero aguerridos del mundo) y las personas, seres curiosos que andan todo el día puteándose los unos a los otros pero que en fondo forman una armonía que da sentido al mundo, a la naturaleza y a todas las cosas. Una tirada de dados tras otra, todo evoluciona y se transfigura. La conciencia colectiva llena el universo, todo se transforma pero es en cierto modo eterno, y nada es del todo seguro: podemos estar viviendo en un universo de ficción sin saberlo. Esa incertidumbre, presente en las creencias, las motivaciones o los presagios de cada uno, nos acompaña hasta en final. Todo está ahí, todo se mueve. 

Dicho esto, ¿no parece todo un poco más pequeño? Es decir, tus preocupaciones y miedos arraigados parecen un poco más... de mierda, atendiendo a la idea de que nada es cierto nunca y la existencia es un paseo. La gente se ve atormentada constantemente por gilipolleces. Por eso tenemos que convertirnos en blancos móviles y escapar de los cazadores. Nos intentan cazar todas esas versiones de nosotros mismos que vienen de un punto u otro en el tiempo. Nuestros "yos" pasados, más jóvenes y a los que siempre vemos más idiotas, nuestros "yos" futuros, que son elucubraciones con capuchas negras, y variaciones de nuestro "yo" presente, líneas posibles de presentes inmediatos que podrían pasar y que casi nunca pasan. Ese "casi" es el que marca la diferencia, la incertidumbre que dije antes, y que nos mueve a hacer actos estúpidos que a la larga nos alegran la vida. 

Puta mierda, nada se queda quieto... tantos cómics y películas de zombis y novelas pulp son como tomar ácido todo el día. Es imposible controlarte, cada vez quieres más y más ficción. Tanta que te planteas si tú mismo estás metido en una historia. Tienes la certeza de que eres real, pero, ¿no la tienen también los personajes de los libros? Y a esos pobres diablos nadie les vino a decir que eran de mentira. Nadie les dijo que son proyecciones o arquetipos. Pero ahí dentro están, todos ellos, viviendo de algún modo, inspirando. 

Es posible que todas las ideas sean evocaciones de otras cosas. Alguien crea algo recordando cosas que sintió. Eso que sintió tiene un origen en alguna parte. Ese origen se remonta a un punto hacia atrás en el tiempo. Ese punto en el tiempo fue inspirado por otro punto. Así hasta la náusea. Entonces, ¿no debería haber una idea primigenia? Una idea que diese pie a todas las grandes ideas. Una búsqueda que ha vuelto locos a millones. Unos creen que esa idea es Dios, otros creen que es una musa, y otros, sin embargo, no ven otra cosa que su polla. Yo creo que esa idea inicial, ese pequeño diamante en el cerebro, eso lo que actualmente llamamos "magia".

¿Y qué es la magia? Bueno, al principio era todo oscuridad, vacío y esa mierda...

lunes, 4 de marzo de 2013

Sonsabitches


Intentaré ser lo más breve posible: me voy de este puto agujero. Me vuelvo de nuevo a mi planeta. Hace tiempo que establezco conexiones con él, y cada vez son más frecuentes mis fugas allí. A veces... tu puta cabeza simplemente vuela hacia ese sitio, ¿no? Supongo que no puedes evitarlo. Sin apenas darte cuenta, cada vez tienes menos lazos con eso que llaman "realidad". Y bueno, tristemente es agradable. 

No es culpa de este mundo, en serio. Nunca he sido demasiado crítico con la situación política, o con la lucha entre sus gentes y la naturaleza, la atmósfera y todo lo demás. Al final la gente acaba poniéndose de acuerdo y saliendo de la mierda. Eso no quita que haya ciertas cosas que te acaben destrozando. Pero, ¿es el mundo o eres tú? Mi padre, que siempre tiene un chiste para todo, me contó uno bastante apropiado. Un tío va por la carretera y oye por la radio: "presten atención, en la A-42 hay un coche que va en dirección contraria, vayan con cuidado". El tío, que va por esa misma carretera, dice: "¿Qué coño uno? ¡Van todos!". A veces da la sensación de que tú eres ese tarado del coche. 

La sensación de que deberías pedir disculpas por las molestias ocasionadas todo el rato. Disculpa que no haya hecho nada con mi vida. Disculpa por incomodarte continuamente. Disculpa por no darme cuenta de las cosas. Disculpaos vosotros por ser todos tan capullos, al menos mamá y papá Kent están orgullosos. Uno puede estar irradiado hasta las cejas de kriptonita, pero no ciego. Puedo ver lo que la gente ve, y te aseguro que la visión es distinta. Puedo ver llover en Venus y puedo encontrar libros que nunca se acaban, como la arena, y puedo llegar a sitios fuera de la continuidad de las cosas, donde estar a salvo de todo. 

Lo que quiero decir es: la Tierra que se joda. Que la follen. Ojalá me persiguiesen y me intentasen dar caza. Ojalá tuviera que ocultarme. Ojalá fuese temido y odiado en un mundo que juré proteger. Cualquier cosa es mejor que esta indiferencia de mierda. Me gustaría... no sé, una prueba de fuego, algo que pueda ayudarte a encontrar un lugar en el mundo. Gente gritando por tu ayuda, cosas cayendo en llamas, alguien a quien derrocar. No hay un verdadero villano. Todo son máscaras asquerosas, escalas de grises. El que inventó este sitio no debía tener puta imaginación. Ese es el verdadero miedo, que no haya nada oculto debajo de las cosas. No existen conspiraciones ni titiriteros. 

Solo está la vida de la mente. Un laberinto dentro de un átomo ardiendo en la nada. No sé que coño es eso, pero tampoco necesito buscarle un sentido. Ahora veo las profundidades. Veo y oigo y toco y siento cosas que no sé qué son realmente. Esqueletos bajo la luna y hombres de fuego y hormigas en los pulmones y luces que te curan. Cava y cava y sigue cavando que siempre habrá más al fondo. Pero algún día cavaré hasta la otra esquina del mundo y todo lo veré del revés, arriba será abajo y el mal en el mundo será un pez de colores. Pero no voy a sentarme a esperar.

Ya he hecho las maletas. He abierto el vórtice, he dado mi sangre y he hecho todas esas cosas complicadas. Estoy listo para el encuentro y no voy a pedir disculpas por nada. No le debo una disculpa a nadie, no le debo una mierda al universo. Que le den a este sitio, me vuelvo a mi puto mundo, que a saber cuál es. 

lunes, 25 de febrero de 2013

Motivos para estar contento




Querida Helvética,


Es la primera vez que me atrevo a hablarte desde que somos mortales, y aún así lo hago por carta, como un cobarde. Desde la perspectiva mortal parece que hace siglos que no te veo, aunque verdaderamente pasáramos juntos una eternidad, o incluso dos. No lo recuerdo ya, sólo puntos perdidos en el tiempo, desplazados aquí y allá en la memoria. Recuerdo haber asistido contigo al fin de la Tierra, no sé cuantas veces ya. Recuerdo haber visto morir a la realidad misma del universo más de una vez. Recuerdo tantas cosas. ¿Te acuerdas tú de las cazas de brujas, la polución, el Colisionador de Hadrones...? 

Sin embargo todo parece ilusorio, aunque tus mil muertes me conmovieran todas por igual. Lloré como un crío en cada una de ellas. No sé que harías las veces que me sobrevivías tú a mí, pero tampoco importa. Sé que a veces coincidimos y nuestros recuerdos se entrelazan. Recordé aquel futuro, aquel fin del mundo en el que los volcanes lo consumían todo. Vi Brasil. En Río de Janeiro, la estatua del Cristo Redentor se desplomaba entre las llamas, y los dos brazos caían a la vez. El Redentor se quedaba manco mientras sus manos se perdían en el fuego. ¿No éramos tú y yo como esos pedazos de piedra inertes cayendo hacia quién sabe dónde?

Matamos a otros dioses como nosotros sin tener en cuenta las consecuencias. Permitimos que nos quitasen la vida eterna con tal de cruzarnos alguna vez en nuestra forma mortal. Me siento en el Retiro, junto al lago en el que ahogamos a tantos en otra realidad. Espero apoyado en Bisagra, la puerta que corona ese ángel al que engañamos para dejar entrar a la Peste, cargada de enfermedad y miedo. Y visito, siempre que puedo, los lugares en los que alguna vez nos han matado. La colina donde nos comieron aquellas serpientes. La plaza donde nos lapidaron. Esa estación de metro que se nos cayó encima. 

En cuanto nos conocimos te enseñé a disparar. Ponía mis manos sobre las tuyas, que sujetaban el revólver, y te decía que apuntases con el corazón. Y tú me decías: "enséñame... enséñame a matarlos a todos". Queríamos matar a los cabrones que fueron capaces de crear dioses tan crueles como nosotros. Balas a través del espacio y el tiempo destrozando cabezas de dioses enfadados. La rabia que dura toda la eternidad desaparece cuando te haces humano. Cuando sabes que tienes una cantidad ridícula de tiempo para vivir, empiezas a pensar que es mejor vivir tus días sin rencor, sin la cabeza gacha y los dientes apretados. Empiezas a buscar el reverso luminoso de todo, sea donde sea. 

No importa que seas un antiguo dios cruel o un tipo que escribe algo metaficcional. Da igual que le escribas a una diosa desaparecida o a la suma abstracta de todo a lo que has querido alguna vez. El mensaje se extiende igual por cualquier campo. Y ésto soy yo ahora, convertido en mortal, sentado en el retiro con el aire de la tarde rozándome la piel. La piel que quiere abrirse y soltar todos los fantasmas. Por eso te busco, Helvética, y lanzo mi carta al agua. Porque me haces pensar en si no somos todos poco más que materia viajando de un lado a otro, una imaginación de nosotros mismos, fantasía dentro de realidades que se esconden unas dentro de otras como muñecas rusas. Me haces pensar en si no somos la mejor puta fantasía jamás escrita. 

Y aquí estaré, esperando en el Retiro a que las lluvias torrenciales vengan a recogerme. No puedo irme de aquí, porque estoy seguro de que en esta realidad aún sigues en alguna parte. Las mil muertes a las que nos sometieron no son nada, comparadas con los pocos pedazos de tiempo que nos han dejado. Eso es todo, me quedo aquí un par de horas más, pendiente de tu llegada. Llevo puesto una gabardina gris y fumo sin parar, igual que John Constantine, para que me reconozcas en seguida. Y sí, eso último es de un cómic, porque sabes que en fondo soy igual que siempre. Con los poderes de un dios o sin ellos. Espero que sigas bien.

Un saludo,

Denny Colt




domingo, 17 de febrero de 2013

El equilibrio del Terror


Bajo un cementerio indio estaba la cárcel de fantasmas. Existen fantasmas a los que no se les deja arreglar asuntos pendientes. Muchos quieren ir por ahí atormentando a la gente y cubriéndose de sábanas y cadenas, y esa no es buena imagen para un fantasma. 
Un fantasma no debe ir por ahí susurrando nada a nadie. Los fantasmas atormentan en silencio, no son manchas grises en las fotos sino más bien fotos quemadas. Están en cada decisión terrible y en cada tropiezo, por eso, precisamente, no deben tocar a las personas con manos esqueléticas, vociferando y apareciendo en los vinilos del revés. Si alteran la realidad de las cosas y la causalidad del mundo, son enviados de una patada a la cárcel de fantasmas.

El sitio es difícil de describir. No pienses en barrotes, más bien... millones de, se podría decir, espejos etéreos superpuestos y entrelazados para que los fantasmas no se rocen siquiera entre ellos. A los fantasmas no les está permitido relacionarse entre ellos en la cárcel. Si mantienen contacto acaban formándose fantasmas enormes, y esos sí que son aterradores. Si dos personas unen sus fantasmas, el resultado es atroz. La vida se convierte en una pesadilla. 

Los guardias de la cárcel, que son enjambres de ojos flotantes, vigilan bien que ésto no ocurra. Representan una especie de orden. No son etéreos, pero tampoco tangibles. No son nada, sólo ojos que flotan. De un lado a otro. Te miran y te ponen nervioso. A veces te ciegan. Pero aunque son inquietantes, son un mal necesario. Imagina mil fantasmas entrelazados y anudados. Una masa de remordimientos y pena en el corazón de las cosas. Colectivos enteros de personas furiosas. La última vez que los fantasmas se rebelaron hubo una guerra en nuestro mundo. Los fantasmas de las personas y las cosas no se deben escapar. Deben estar guardados bajo llave, en lo más hondo de la tierra, entre cristales etéreos y enjambres de ojos, desubicados y ciegos. 

Pero he aquí lo difícil: cada persona debe llevar allí a sus propios fantasmas. No hay un comité que juzgue a los fantasmas, por encima del espacio y el tiempo. Ojalá fuera tan fácil. Hay que desterrarlos y lanzarlos lejos. Si no nos libramos de nuestros fantasmas personales no seremos más que mierda balbuceante y aterrada. Uno debe luchar por enviarlos lejos cada día. 

Cada mañana dejo mi cama esquivando fantasmas. Paso entre ellos, les aparto la mirada. Acaban dando con sus huesos en lo más hondo de la tierra. Y de ahí no deben salir. Y cuando sales a la calle y respiras el aire nuevo, puedes caminar tranquilo, siendo consciente de que a cada paso que das, caminas por encima de la cárcel de fantasmas.

jueves, 14 de febrero de 2013

Skorpio



Estará a un lado de la carretera. El pelo le ondeará por culpa de (o gracias a) el viento extraño que soplará en ese atardecer. El cielo anaranjado tendrá toda la pinta de que irá a llover. Con la clásica postura que sale siempre en las películas, ella hará autoestop. Fumará tabaco de liar, tendrá poca ropa y una maleta apenas llena, los labios rojos, ¿una mujer fatal? No. Un instante fatal, una mirada fatal, una decisión fatal, y una espiral, diez mil espirales, sangre, olor a quemado y el maquillaje chorreando por las mejillas. 

Y será perfecta y extraña. Encajará en cualquier contexto. Una novela negra, un giallo, un comic de Steranko, plagado de espías, cine independiente, un poemario demente y experimental. Pero mi contexto será éste: un descapotable rojo la recogerá, y el tipo, de sonrisa afilada y chaqueta de piel de serpiente, la llevará a donde ella diga. Y estarán encadenados de por vida, el uno al otro, en un cúmulo de excesos autodestructivos. Pasarán por muchas escenas terribles. Ella le arañará la cara, con un corte profundo. Él la atará a la cama, en una especie de juego. Los dos beberán hasta caer medio muertos y, posiblemente, fingirán su muerte lanzando el descapotable por un acantilado, y luego se casarán al pasar la frontera de México. Una vez llegados a ese punto, su destino será incierto. O bien los policías los fusilarán por sus crímenes, o bien se ocultarán de por vida, exceso tras exceso, o bien sentarán la cabeza, tendrán hijos, trabajo, una familia modelo, un pasado oscuro bajo la alfombra del porche.

Ese último final posible es tan triste que nunca me atrevería a contarlo. Aunque podría ser el principio de la novela. Una especie de redención por su pasado, o algo así.

Aún no lo he decidido.

Pero... toda esa historia, ¿por qué? Puro aburrimiento, puro hastío. ¿Se necesita una excusa para crear un par de vidas y destrozarlas? ¿Hasta qué punto son ficticias?  Ella será perfecta y extraña. El pelo ondeante pegado a la cara, los labios rojos, el tabaco de liar, vuelvo a esa escena una y otra vez. Es el génesis de todo, ¿sabes? Porque él no es más que un cúmulo de errores míos llevados al extremo con una chaqueta que le vi a Nicolas Cage en una película. ¿Pero ella qué es? El génesis, la primera idea. Nunca podrá tener nombre. Nunca, aunque escriba su historia en futuro, podrá existir. "Ella era..." es algo que da miedo escribir. ¿Y si algún día verdaderamente es? Hay que andarse con cuidado en ese terreno.

Si algún día una madeja de casualidades da pie a la historia de la dama del pelo ondeante en el atardecer será un milagro, pero no será, desde luego, mi historia. Eso no se lo doy a nadie. Eso no se lo puede quedar ni la realidad. Mi pequeño arquetipo noir se viene conmigo a la tumba. Como ahora danza Hitchcock con Marnie la ladrona. Como se reunió Nabokov con Lolita. Como pasea Bradbury de forma perpetua entre miles de libros que nunca se quemaron. Si pudieras ver lo que yo veo podrías nadar entre todos los mundos posibles. Ojalá pudieras ver lo que yo veo. ¿Cómo decían en aquella película? El túnel del tiempo, el escenario perfecto para un melodrama cósmico. 

Y el viento sigue moviendo el pelo y las cenizas, esperando, inútilmente, salir de la ficción.








martes, 5 de febrero de 2013

Coyote Gospel



Puto humo de cigarro, que impregna de noir la atmósfera, las persianas entrecerradas que proyectan líneas horizontales de luz en el despacho del antihéroe, la femme fatale subiendo las escaleras (nunca es un primer piso). Puto Madrid, escenario de historias extrañas. No es la Nueva York con nubes negras de chimenea y paranoia de las películas y los libros, no es el Londres victoriano que trae opio y destripadores, ni tampoco es el Hong Kong de Hard Boiled, pero es amor y aventura bizarra. 

El barrio es un microclima con la curva de causalidad elevada al infinito, cuyo epicentro (¿el ojo del huracán es también el tercer ojo?) es mi bloque de pisos. Hay gorilas imponentes y amistosos, hijos ilegítimos, a veces viene la secreta, los vi por la mirilla (¡ese es el tercer ojo!), amenazas pintadas en el 1º A (IROS DE AQUI O MORIREIS) y sospecho que mi compañero es un ente de la quinta dimensión. 

Nunca fui loco, pero siempre quise ser villano. Es tan grandilocuente la palabra héroe. Pero el villano tiene unos componentes increíbles: esa distinguida uve, la uve de la victoria, las dos eles, el conjunto entero de la palabra es completamente perfecto y armonioso. Paladea la palabra en tu boca. Villano... aunque otros lo llaman simplemente "el malo". Nunca el villano es del todo una oposición al bien, como nunca el héroe tiene siempre todas las virtudes de la bondad y se muestra enteramente luminoso. Es un concepto atrayente... 

Ponte un antifaz y desvalija algo, somete a una humilde población, pon en jaque a un país, crea catástrofes, roba el sol, haz temblar los cimientos mismos del espacio y el tiempo. Pasea de madrugada por Madrid con ganas de hacerlo todo estallar. No, no quiero sentarme a ver el mundo arder. Quiero arder con él, quiero perderme en las llamas y rasgar mi piel para salirme de mi mismo. 

Que mi calavera dance al rojo vivo y el mar se lleve la ciudad por delante. Todo reducido a fosfatina, alguien tenía que hacerlo. Porque tú ya no me quieres ver ni hablar, aunque todo se queme con violencia en mi universo de ficción. ¿Quién no querría ser villano? ¿Quién no querría tener la fuerza para mover la realidad (hacia el progreso o hacia la demencia) tirando el mundo establecido por el sumidero? ¿Quién se negaría a ser una fuerza natural imparable e inamovible? 

No importa, al fin y al cabo nací como héroe, aunque me haya devaluado a antihéroe pulp. Tengo los mecanismos de lo bueno. Nunca me puedo torcer demasiado hacia el terror. Aunque me equivoque un millón de veces. Aunque intente hacer lo correcto y me pierda en el rechazo. Quisiera ser villano, el eje de atención de un mundo del que no conozco su existencia. Sería un arquetipo, un John Dillinger, una fuente de atracción destructiva.

Pero no puedo. No soy el villano, soy el héroe pulp. Inesperado y atípico. Y el puto humo de cigarro impregna de noir la atmósfera. Maldita sea, yo ni siquiera fumo. 


jueves, 10 de enero de 2013

Amanda Ray


Desde que soy filólogo aficionado he desarrollado multitud de aficiones que llenan mi tiempo libre. No obstante, la que realmente me apasiona es la de recuperar textos perdidos. Nombres que resuenan en muy pocas cabezas, panfletos amarillentos de letras ilegibles, palabras de gentes perdidas en el tiempo. Personas perdidas en el pasado... o en el futuro. Recupero textos de todas las épocas. 

Mi último descubrimiento fue una joven evasiva y rezumante de misterio. Dejaba pistas aquí y allá en cada época. Algunos se aventuran a afirmar que le gustaba veranear en el siglo XIX, pero nunca he podido encontrarla allí. Su verdadera esencia estaba esparcida por la historia, pero si te detienes un momento y cierras los ojos, si sabes donde buscar, si abres tu cabeza y dejas que el sol y las estrellas y el universo entero entren, puedes oír sus latidos. Los latidos de Amman-Daräi, un ser infinito de otro mundo, que aquí vino a hablarme a través de una joven. No era casualidad que el nombre de aquella fuese Amanda Ray, dicen que Dios no juega a los dados con el universo. 

Encontré publicadas sus palabras, fue relativamente fácil dar con ellas. Pero di con ellas enterradas en el mayor de los caos. Aquella no era la chica: estaba sepultada entre un montón de comas, espacios, puntos y seguidos, puntos y comas, y signos de puntuación que no eran suyos, se le habían impuesto a desgana.    

Al final conseguí encontrarla a ella. No sé si estaba allí, o era un viaje de opio, una película inacabada, un sueño o una alucinación propia de una experiencia cercana a la muerte. Pero allí la vi, mientras me susurraba sus palabras. Sus temores, su optimismo. Tenía potencial. Era inexperta, titubeante, pero tenía potencial. Alguien que merecía cruzar el umbral de las dimensiones y entrar en todos los mundos. Esa noche abrí una puerta, el mundo me habló, y yo, por supuesto, escuché. Estas son sus palabras puras, sin obstáculos, sin artificios. Esta era ella. 

Me siento en la cama intranquila, pues acabo de percatarme, mi futuro cada vez más
cercano, está en la puerta y aferrándose con las manos asoma los ojos y me mira.
Me mira con ojos juguetones.
Cada vez queda menos y mi tiempo esta doblando la esquina, pero ÉL me ayuda. Siempre me 
ayuda, con sus besos tiene el poder de parar las manecillas de cualquier reloj traicionero.
Me da ventaja en esta cuenta atrás, pero aun así el futuro acabará cruzando el umbral de la 
puerta, y mi corazón se acelera al pensarlo... ¿y si sale mal? No lo sé, solo puedo esperar aquí.
Bajo la mirada, esquivando aquellos ojos traviesos, pero nadie puede evitar lo inevitable y sin 
quererlo, vuelvo la mirada a la puerta y de repente lo veo, ¡el futuro estaba guiñándome 
un ojo!
Me levante de la cama de un salto, impulsada por una fuerza desconocida, algo dentro de mi 
había cambiado mis planes, iba a esperar, pero no allí sentada.
Así pues, os dejo, tengo que ir a hablar con mi futuro.

sábado, 5 de enero de 2013

Ensayo sobre el azúcar


Hace horas que mi piel cuelga del armario. Me decidí por arrancarla a tiras, cuidadosamente, intentando quitarla toda de una vez. No ha sido tarea fácil. Pero finalmente, ahí está, colgante y tenebrosa, cubierta de termitas, lo que hará imposible que se me vuelva a injertar. Ya ha perdido todo el color carne y ahora parece un trozo de cecina putrefacta y reseca. 

Sin embargo, he dejado toda la piel de mis dedos. Los dedos, y toda la piel de la cara, a modo de máscara, siguen ahí. Los necesitaba para escribir sin llenar el teclado de sangre reseca, y además no tenía ganas de arrancarme las uñas. Todavía puedo hacer que se toquen unos con otros, y se noten suaves y delicados. Ahora teclean a un ritmo vertiginoso, como pequeñas patas de araña descontroladas, bailando por el teclado, sin descanso. 

Te preguntarás de donde vino una idea de tan mal gusto. Verdaderamente, todo llegó a partir de un pensamiento que me ha obsesionado últimamente: el dolor ayuda a escribir. No sólo a escribir, por supuesto, se entiende también a todo tipo de creación artística. Es un hecho irrefutable que el dolor siempre ha ayudado a crear. Como verás, la idea me obsesiona sobremanera (¡hasta el punto de arrancarme la piel!), pues también surge una complicada pregunta: ¿qué vino primero? ¿Ayuda el dolor a crear arte, o la creación ayuda a paliar el dolor? Sin duda es una pregunta incontestable, supongo que depende del nivel de optimismo de cada uno. 

Si recurrimos a la historia, es seguro que el dolor ha ayudado a crear grandes obras. Cuanto más aumentaba la locura de Van Gogh, más bellas eran sus pinturas. El Lobo Estepario, de Herman Hesse, se reduciría a dos o tres páginas si omitiésemos todo el sufrimiento y la angustia existencial. Sin el dolor, se habrían perdido tantos y tantos blues. ¿O acaso prefieres al Goya que pintaba rococó antes que al viejo sordo ermitaño que ilustraba aquelarres, dioses devoradores y perros ahogados? ¿Dónde quedarían esas pinturas negras de infinito magnetismo? 

Queda demostrado así que el arte se alza en tiempos de hambre, enfermedades, miedo, temor. El sufrimiento ayuda a crear arte, y el arte, a combatir el sufrimiento. Es una espiral eterna, ascendente, la creación y el dolor se nutren hasta el infinito. ¿Quién dice que, si existe un Dios, no creó todo ésto para dejar de sufrir? No pienses que es un sádico. Creó la vida, la naturaleza, las artes, la esperanza, todo para dejar de sufrir. Y el sufrimiento le ayudó a crear seres y lugares extraordinarios. Pero, ¿por qué sufría Dios? Supongo que por ser la Nada. Se cansó de no existir. Y eso nos pasa a nosotros. Por eso creamos. Un día, nos despertamos hastiados de que nuestras ideas no existan y tenemos que llevarlas a cabo. A veces, creando sólo para ahuyentar el dolor, para levantarnos con fuerza. 

Nos atrae infinitamente el dolor, más que el amor o los mundos utópicos. Ejerce una extraña atracción. Dicen que los que más hablan del amor son los que menos lo conocen. ¿Ocurre también con el sufrimiento? Puede que los que más dolor sienten sean los que más disfrutan de la felicidad. Y esa felicidad, ese amor a la vida, es lo que se deja ver cuando uno crea arte a partir del dolor. La esperanza de quien se niega a caer entre las grietas. 

Por fin, por fin comprendo que el dolor nunca existió. Con piel o sin ella, me voy decidido a unirme a la perfecta ilusión que es el mundo. Y me expando a las estrellas cada vez que mis dedos, como patas de araña, escriben sin descanso. Bailando, como decía Bradbury, bailando para no estar muerto. 

jueves, 27 de diciembre de 2012

Soneto a Booster Gold




Dorado y añil es el caballero,
que a través del espacio y del futuro,
guarda el universo en tiempos oscuros;
aun buscando la fama y el dinero

(pues su amor a la plata es verdadero),
resiste radiante en momentos duros,
alzándose victorioso y seguro,
siempre al lado de Skeets, su compañero.

Con una estrella azul sobre su pecho,
la joya de una legión futurista
y el recuerdo de un noble escarabajo,

el héroe recuerda al alzar la vista:
“el largo camino aún no está hecho,
corre, Skeets, el mundo es frío ahí abajo”.

viernes, 21 de diciembre de 2012

El año del fin del mundo

Obviamente, como el mundo se acaba supuestamente mañana, había que hablar de él.

Ah, amigo, fue bonito mientras duró. El mundo nos ha dado muchas cosas buenas: los árboles, por ejemplo. No es por ponerme ecologista pero los árboles son la hostia de bonitos, ¿no? Y de ellos salen montones de libros buenísimos. Bueno, también salen libros de Lucía Etxebarría, pero no todo puede ser perfecto en este mundo. El mundo también nos ha dado el mar, la nieve, la música, la pizza, y sobretodo, seres humanos. Los seres humanos hacen montones de cosas extraordinarias. Y no, que no salga nadie con que también hacen la guerra y están destruyendo al planeta con sus negros corazones. Los seres humanos han traído la filosofía, el arte, la literatura, mejores y más locas formas de hacer pizza, y además pueden hacer a su vez más seres humanos. Siempre hay un equilibrio entre lo bueno y lo malo. Si hubiese más cosas malas que buenas se hubiese ido todo a la mierda hace mucho tiempo.

Y si se acaba, ¿qué pasaría? Absolutamente nada. Existen miles de mundos más. Yo he creado un par de docenas de ellos, no quiero ni imaginar los cientos de mundos que crearon Bradbury o Moebius, personas que, por cierto se han ido este año. ¿No es eso ya una catástrofe natural suficientemente grande? 
El mundo lleva girando un par de miles de años. ¿Qué crees que ocurrirá mañana? Girará, como sigue girando, a una velocidad vertiginosa. Creen que el ser humano será un trozo de metal frío con las entrañas llenas de cables y remordimientos de crímenes pasados. Asquerosos embustes. El ser humano ascenderá, evolucionará, creará más cosas increíbles de las que ya ha hecho. Nuevas melodías, nuevos libros, nuevas recetas de pizza. Y cuando el mundo se les quede pequeño, irán al espacio, se extenderán como una supernova, y se harán inmortales (si no lo son ya, por supuesto). Lejos de la mentira y el interés de ningún dirigente. Una especie libre, que encuentra su hogar en los rincones más inhóspitos. Quizás este mundo no sea más que el sueño de un crío. Quizás los siete jinetes vengan esta noche. Quizás no pase nada. 

Al fin y al cabo no importa. Existen miles de mundos, si sabes buscarlos.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Pues el mundo es hueco y yo he tocado el cielo

El universo se colapsó, se desbordó, se quemó como pólvora. De aquello no pudo salir nada bueno. Tuvieron que hacer otro universo, pero los que estaban al mando no tenían mucha idea. Quisieron empezar por la Tierra, y como humanos quedaban pocos, decidieron rellenarla con algunos gatos. Los gatos se dispersaban aquí y allá en el universo (Marte era el planeta con el mayor número de gatos, pero ellos son muy reticentes a la hora de hablar de fronteras espaciales). Quedaban algunos en los restos del universo, en sus cenizas. Trozos de planetas quedaban colgando en los bordes ennegrecidos de lo que antes era el universo. 

Repoblaron la Tierra bastante bien, los gatos siempre van a su aire. Apenas se peleaban, y si bien dejaban de lado los comportamientos egoístas y apáticos de la humanidad, adquirieron algunos de sus rasgos característicos, como el arte. No dejaban de ser gatos evolucionados, debían ser los sucesores de los anteriores dueños del planeta. Basándose en antiguas películas animadas cuyos celuloides flotaban por los restos del universo, se dedicaron a la música. Tocaban el piano, el violín, el saxofón. Pero muchos se olvidaban del clavicémbalo. Kazan, el gato gris, aceptó ese instrumento. Lo reconstruyó de manera más o menos aceptable, sonaba como un gato apaleado, pero en un universo donde sólo vivían gatos, aquel sonido se había convertido en un canto sofisticado. 

Atrajo a varias gatas, que se sentaron atentas alrededor de Kazan y su clavicémbalo. Cientos de gatas, en un momento, se congregaban allí. Con la llegada de las primeras, Kazan se sintió halagado, pero pronto los nervios le comían las entrañas. ¿Estaría a la altura? Sus dos patas delanteras se pasaban por las teclas del clavicémbalo, nerviosas, y sus dedos hacían lo que podían. En realidad ellas se habían parado por lo marginal de aquella propuesta. Un gato gris tocando un instrumento olvidado, de un universo anterior. Le faltaban teclas, las cuerdas salían de dentro afuera, enrolladas y entrelazadas, algunas ni siquiera servían para nada. Su color era el de diez tipos de madera distintos empastados entre sí para hacer algo parecido a un instrumento. Realmente Kazan se atrevió a llamarlo clavicémbalo porque era algo parecido a un piano pero sin serlo del todo, además de porque nadie se acordaba de cómo sonaba un clavicémbalo y podía permitirse crear un ruido distinto. 

El gato gris no dejaba de darle vueltas a aquello. Él sólo hacía ruido. Pero era ruido para los demás. Les estaba legando su ruido. El ruido de un universo pasado que ahora sonaba a gloria. Y a Kazan no le importaba hacerlo bien o mal. Él lo estaba haciendo. Estaba contento. Se subió encima del instrumento. Ahora tocaba con las cuatro patas. Andaba sobre las teclas y creaba nuevas melodías, superpuestas unas encima de otras, algunas no tenían nada que ver, otras armonizaban, otras venían de universos imposibles. 

Sería maravilloso que lo hubieses presenciado, querido lector o lectora. Así le hubiese aplaudido alguien. Las gatas no sabían qué hacer, qué decir, cómo reaccionar.  Kazan tampoco sabía que hacer. Allí parado, mirando a su público, estaba bloqueado. Así que explotó. Se deshizo en mil partículas brillantes, mil pequeñas motas de polvo de estrella. No llegó a saber que había hecho arte. Ah, el primer gato romántico. No se dio cuenta de su movimiento evasivo, de la ilusión, del amor que había desprendido de sí mismo. Porque nadie se lo dijo. 

Tuvieron que pasar años hasta que la legendaria melodía de Kazan se recompuso, por las vagas descripciones de aquellas cien gatas. Y descubrieron demasiado tarde la melodía del gato gris. En su honor, erigieron una estatua gigante, pero no era una simple copia en bronce del gato. Era un colosal cúmulo de compartimentos, miles de cajones que subían y subían hasta donde alcanzaba la vista. Aquí lo llamarían sinfonier, o algo por el estilo, pero los gatos no le pusieron nombre. La estatua, bañada en oro y con una baraja de Tarot en cada uno de sus infinitos cajones, subía hasta el cielo, con la intención de encontrar las motas de polvo que se marcharon por el aire, para algún día encontrar de nuevo a Kazan, y escuchar su melodía una vez más.







domingo, 2 de diciembre de 2012

Me llamas perro

El perro estaba allí, en la penumbra, buscando un punto flaco, un movimiento brusco, un fallo. Era un perro negro, grande, apenas se le veía. Sólo relucían sus fauces en la penumbra, sus fauces y sus ojos oscuros y ansiosos. La música sonaba a un volumen muy bajo, el perro no parecía percatarse de ella, pero a su vez le estorbaba, porque le hacía más difícil escuchar mi respiración. No podía moverme, el perro llevaba horas allí, babeando, mirando al infinito, gruñendo a veces, pero sin apartar nunca la mirada. Incluso el sudor tenía miedo de salir. Gotas de sudor frío habían recorrido mi espalda pocas horas atrás, pero ahora se resistían a aparecer, a brotar, por si de alguna forma el perro las veía en la oscuridad. 
No sé cómo empezó. Sí que recuerdo los alaridos de las demás personas del hotel, y la certeza, aún si haber visto nada, de que todos están muertos. Demasiado silencio para los vivos. O quizás los que queden vivos estén todos en la misma situación que yo. Quizás haya cientos de perros plantados enfrente de cada habitación del hotel. Hombres de negocios, mujeres solitarias, pequeñas familias, todos en sus camas, quietos como estatuas, confiando en que la música les dé ventaja y maquille su respiración. En el momento en el que la música se apague, te oirán respirar, verán que hay algo vivo, y saltarán, te desgarrarán y no serás más que una mancha roja. Yo no debía ser el único, todos los demás estarían en mi situación. Y quizás solo hubiese un perro, el que está plantado en mi puerta, y ya les hubiese matado a todos. Buscaba manchas de sangre en su pelo, pero la oscuridad no me dejaba ver nada en absoluto. 
Mis ojos se estaban acostumbrando a la penumbra, y distinguían su silueta, como un halo gris, recortado contra el fondo negro. Respiraba fuertemente, debía hacer frío allí, pues con cada resoplido expiraba humo de su nariz. Yo no notaba aquel frío, el mundo era ajeno a mí en ese instante. Sólo estábamos el perro y yo. Ese hotel de carretera, la ciudad, el país, todo el planeta finalmente, se habían desintegrado. Las estrellas, las galaxias, todo se había esfumado. Sólo el perro y yo, flotando en un espacio inerte y negro, un vacío nauseabundo. 
Y entonces, un cortocircuito. La música se apagó. Debería haber oído más alaridos. Aquellos perros amigos del silencio deberían haberlos deshecho a todos. Pero no oí nada afuera. Fui consciente, al final, de mi propia respiración, por primera vez en horas. Me había olvidado de que respiraba. Y en aquella habitación oscura y triste, donde reinaban el silencio y el vacío, ajena al exterior donde ya debía de estar amaneciendo, el perro se movió. 
Su silueta recortada avanzaba hacia mi cama y seguía respirando con fuerza, rugiendo y babeando, el sonido de sus patas se sumaba al de mi respiración. Estaba listo para mi muerte, dolorosa, terrible, y aún así liberadora. Lo vi llegar, cada vez con más claridad. No ocurrió nada. Era un simple caniche, pequeño y confundido. 

sábado, 24 de noviembre de 2012

Vida en otro planeta

En algún lugar de Varsovia, el 22 de noviembre del año 1963, un joven cocinero trabaja en un
prestigioso restaurante. Nervioso, pues es su primer día, se dispone a colocar eficientemente sus utensilios de cocina. Cuando todo está listo, escucha un disparo, tan de cerca que se queda sordo.
Fue el mismo disparo que acabó con John Fitzgerald Kennedy. Presa del dolor, cae al suelo
involuntariamente, mientras se retuerce. Debajo de la mesa sobre la que estaba trabajando,
encuentra una forma sospechosa. Es un viejo y raído manuscrito. Sentado en el suelo, y tras haber perdido completamente el sentido del oído, el cocinero se dispone a leerlo. Un infarto acaba con su vida cuando descubre que en esas páginas se hace referencia a él y a su reciente pérdida del oído.

Ese viejo libro es lo que tú estás leyendo en éste momento.

Gracias por abrir este fútil manuscrito. Ignoro si leerás hasta el final o te aburrirás como una ostra. Te doy las gracias por hacer el gesto de coger esta cosa entre tus manos y abrirla, por hacer que una pequeña parte de tu cerebro, aunque sea por un corto lapso de tiempo, dedique atención a esto, por hacerme imaginar, aquí sentado, presa de un frío terrible, tus dedos al pasar las páginas mientras suena el crujir del papel.

Eso, claro está, si eres de mi época. Si estás leyendo esto en el futuro, en un moderno aparato pequeño y compacto, con una brillante pantalla dispuesta a mostrar mis letras, mis palabras y mis frases, también te doy las gracias, pues también imagino tus dedos deslizándose por ese sensible invento, mientras descansas cómodamente alumbrado por alguna clase de luz artificial. O también si has encontrado éste manuscrito, falto de páginas y con los bordes quemados, en alguna suerte de búnker de la guerra, pues te imagino con mi obra entre tus brazos, huyendo de la amenaza de alguna clase de mutantes hambrientos.

He fantaseado con que el manuscrito también llegase al pasado. Un vórtice lo llevó a la época de las cavernas, donde nadie supo leerlo y el papel se acabó usando para acomodar a un pequeño nehandertal recién nacido. O cayendo en la edad media, siendo llevado ante algún suspicaz clérigo en algún alejado monasterio. Y también, por qué no, en la época victoriana, siendo transcrito por algún noble juguetón, en un viaje causado por el opio. Su lectura en esa época hubiese sido tan aterradora y fuera de lugar, que lo hubiesen mandado a la horca. Mientras agonizaba con el cuello partido, un satisfecho Marqués de Sade miraría el panorama desde un alto ventanal. No te voy a engañar, éste manuscrito no trata realmente sobre nada. Pero con un poco de suerte podrás mirar más allá y ver historias de fantasmas, realismo aterradoramente mágico y magia extrañamente realista.


Ignora mi nombre, porque no soy nada y lo soy todo a la vez. Quise ser un cavernícola, un pistolero, un budista, un caballero, un monstruo de circo, un astronauta. Y fracasé en todo, y todo lo logré. Tú me has creado a mí, y con los años, cada vez con más destreza, yo te iré creando a ti.
Disfruta de ésta historia breve, escrita con la prisa de un caracol milenario, sin pulir, sin edulcorar, ideada aquí y allá en distintos puntos de mi propio espacio-tiempo. Son sólo apuntes que he ido dejando, migas de pan para pterodáctilos. No juzgues lo que escribo. No te servirá de nada.
Acabalo, vete a casa, dale vueltas, quédate con algo bueno, y si lo olvidas, olvídalo bien, olvídalo de forma maravillosa, olvídalo como olvidas a un amante imposible, como olvidas una imagen lúgubre, como olvidas las tablas de multiplicar cuando eres un crío.

Pero si decides acordarte de algo, llévate un trozo de esto como quien arranca una piedra de Marte, o como quien le roba las novias al diablo. 

Bienvenidos sean todos a las tripas del mundo, el comienzo de todos los comienzos. 

martes, 20 de noviembre de 2012

El Motor de Concordancia


¿Sabes qué? Hace mucho que no hablaba sin hacer uso del "yo lírico". Ya sabes, sin usar mi voz como la de un narrador que intenta sonar a Borges, o a Cortázar, o incluso a Neil Gaiman. Es un alivio quitarse esa carga de encima. Ya me conoces (creo), a pesar del seudónimo gracioso y barroco. Y aquí estoy, escribiendo como lo hacía antes, sin las ataduras de intentar narrar nada. 

Si sólo pudieras ver lo que yo veo... Desde aquí hay unas vistas preciosas. Tras un tiempo esperándolo, por fin gozo de semi-independencia. Las noches cortas, las mañanas con prisa, las tardes tranquilas, todo. Podría levantarme pronto para coger el metro y llegar con tiempo, pero no tengo malditas ganas. ¿Qué gracia tiene no correr un poco? Cuando llegas sofocado a clase te gusta pensar que en realidad eres el hombre araña y has llegado tarde porque estabas luchando contra un villano, y esos pobres ilusos compañeros de clase no se huelen nada. 

Y tu casa, tu verdadera casa, como se echa de menos. Esa cama infinitamente más cómoda que parece gigante, tu familia, amigos y novia, tu chihuahua saludándote al llegar. Pero de lunes a viernes es un universo extraño. Pensé en eso de los universo antes de quedarme dormido en lingüística (sí, tus clases son soporíferas, profe gordinflas). Si existe el cielo y el infierno, pero a su vez existen múltiples realidades paralelas, ¿hay múltiples cielos? Dios es omnipotente y omnipresente, no puede partirse en universos, ni él, ni su reino, supongo. Entonces, si en éste universo eres un santo y en otro eres un horrible asesino (debido a factores mínimos que cambian tu destino a pasos agigantados), ¿vas al cielo o al infierno? ¿Y por qué cuando me quedo dormido en el viaje de vuelta en autobús veo pájaros diminutos en mi mochila?

Hay cosas que no tienen explicación. Y me temo que me estoy quedando bloqueado otra vez y mi atención se está perdiendo por momentos, un grupo de señores rumanos muy grande están aquí viendo el partido con especial énfasis. ¡Eso me recuerda a algo! El otro día le pregunté a mi compañero qué tal el partido. Realmente no me interesa el fútbol, pero era por sacarle un tema. Me dijo que fue un partido de infarto. Y me di cuenta de que me gustaba esa expresión. "De infarto". O si lo prefieres "de alto voltaje". Esa última me gusta incluso más. Te ha pasado algo tan espectacular que casi te da un calambrazo asesino de forma espontánea. Bueno, me están enervando mis propias reflexiones, ésto es todo por hoy. Ha sido agradable hablar conmigo.