miércoles, 24 de julio de 2013

El Dolor Fantasma


Hace tiempo que sueño con tarántulas y malos presagios. He doblado mis capacidades cognitivas y monto guardia el doble de tiempo. Duermo apenas unos minutos, sueño apenas unos segundos. Imágenes borrosas de todo tipo de arañas. Codificadas, con puntos de luz que me nublan la vista del cerebro, pero que dejan entrever multitud de patas entre destellos y nubes. El cuerpo es ahora una vaga extensión del cerebro. Escucho el aleteo de las moscas que suspiran por la carne podrida. A veces cierro todos los canales y aún así sólo veo moscas, volando entre tonos marrones, la película más sucia de Peckinpah. 

Hay muchas cosas que guardar estos días. Tantas cosas por las que montar guardia... Veo a los otros guardias y un escalofrío perturba toda mi forma astral. No hay nada que siente peor a las formas astrales que los escalofríos. Piensa en ellos como una especie de interferencias. Imagina un fantasma, hecho de nada, aquejado de temblores y escalofríos. Su forma va y viene constantemente, interferencias perturbando la nada. Y eso es lo que "siento" al ver a los otros guardias. Ellos son veteranos, y por tanto más fantasmales que yo. No son fantasmas blancos como la leche, ni suspiran, ni se quejan. Antes susurraban entre ellos, las horas muertas, en la lengua de los fantasmas. Ahora sólo veo los ojos. Dos puntos de luz que se alteran. 

Y sigo viendo patas de araña. Se tornan del color de la carne, se vuelven cortas y gruesas, les salen uñas. Se convierten en en dedos de crío. Los dedos que arrancan los otros tipos, los que dan miedo, y por los que vigilamos. El cementerio indio cayó, y el orfanato, pero aquí en el castillo seguimos cuatro o cinco. Fantasmas antes de tiempo, proyecciones. No podríamos hacer nada contra los otros tipos, pero hay que montar guardia. A veces me gustaría que todo terminase y dejar de montar guardia. Volver al otro plano. Aceptarlo todo. Dejarlo todo en otras manos. Ver como crecen enredaderas sobre el carbón, los escombros y las tripas. Pero guardamos el castillo. Un castillo de ruinas fantasmas, de escombros invisibles, sobre pilares de luz y dolor fantasma. 

¿Has oído lo del dolor fantasma? Cuando te falta un miembro y te sigue doliendo. Cuando te pesa más que nunca. Y a veces crees que aún lo tienes ahí. Pienso en los fantasmas como una extensión de toda esa cosa. Ese dolor extendido a todo el cuerpo despojado y perdido. Amenizo las horas de guardia pensando en un cuerpo que me espera, el tuyo, para que me deje bailar, en forma astral, con el humo de tus cigarrillos, y arrastrar mis cadenas al son de tus tacones, y esconderte el pintalabios, y susurrarte cosas terribles y bellas en tu tocadiscos, en la lengua de los fantasmas.  

Y los otros tipos susurran en su lengua, en este instante, entre los muros del castillo. No son hombres ni fantasmas, ni esqueletos ni animales ni demonios. Ojalá fueran tan sencillos. Los otros fantasmas dijeron que eran simples errores. La única vez que me di de bruces con uno sólo vi un borrón oscuro. Una mancha en el tiempo. Si nosotros, las extrañas proyecciones de ectoplasma, somos espinas sobre la espalda del tiempo y la existencia, supersticiones, anomalías y vagos recuerdos, los otros tipos son un cáncer horrible en las entrañas del mundo. Son el mal de los hombres y el temor de todas las bestias. 

Los otros fantasmas desaparecen, apartados de la existencia como moscas. Moscas sobre tonos sucios y tristes. Y por fin veo las arañas, corriendo entre las ruinas del castillo. Crecen las enredaderas, las orquídeas, brotan manantiales de las bocas de los monstruos caídos. Y todo se funde con las ruinas del castillo, mientras les distraigo, mientras se ocupan de mí. Y caen bombas que se detienen en el aire y veo líneas erráticas que las conectan y las atan. Y el mundo no atiende ya a conspiraciones ni a ritos. El último fantasma se cae también de la existencia. Por un momento me siento bailar al son del humo de tu cigarro. Aunque al final me arrastro y veo... mi mente. Y la tuya. Y todas. 

Pero eso no importa porque, por un momento, me siento bailar al son del humo de tu cigarro.

Como un fantasma.

viernes, 12 de julio de 2013

Confesiones




Querida Lois:

Te preguntarás, al leer esto, por qué te escribo una carta, en lugar de subir en la noche a tu azotea y llevarte a volar. Te preguntarás qué hace un hombre de acero escribiendo una vulgar carta. Muchas veces te lo he confesado y no me has creído, nadie lo hizo, es algo imposible y fantástico, pero por última vez te digo la verdad: yo soy Clark Kent. Siempre lo fui. 

Alzabas la vista, mirando al hombre que volaba y sonreía, alto, recto y resplandeciente, y nunca te detuviste en aquel tipo encorvado, tímido, rechoncho, que se escondía tras unas gafas. Era ridículo que pudiesen ser la misma persona. Pero lo eran. A veces, odio volar. Hace ya tiempo que no lo hago por gusto, feliz. Sólo en sueños vuelo entre las nubes, despreocupado, hacia el sol. Ahora vuelo entre los incendios de la ciudad, y las caras tristes (entre ellas la tuya) miran al suelo. No ven pájaros ni aviones. Hay días en los que salgo de una cabina y sólo soy Clark Kent. El hombre con el que cruzas, con suerte, dos monosílabos en los pasillos de la redacción. 

De día, vuelo sobre el cielo despejado con la ropa en llamas. Pero de noche, rechazas todos mis bailes. Nunca dejaste a Kent sacarte a bailar. La noche, replegándose sobre sí misma, esconde monstruos y ladrones. En el suelo húmedo de la ciudad, los zapatos de Kent hacen crujir el suelo. Sale del trabajo con la cabeza gacha, su sombrero y su maletín. A la mañana siguiente, saldrá a volar, pero la noche ya está perdida. Clark Kent pierde también su identidad. Ya no está seguro de saber volar bajo ese traje barato. Se lo quita, junto con las gafas, y lo intenta. Y lejos de su identidad secreta, escucha susurros en los callejones, las risas de los amantes, los taxis vagando por la ciudad, y si lo intenta, con mucha fuerza, escucha también el viento soplando los maizales en Kansas. Ve, a través de las paredes, las vidas cruzadas, las personas en sus apartamentos, en sus hogares, y mirando al suelo ve cocodrilos en las alcantarillas. Levita con los ojos cerrados, sintiendo una ligera electricidad en el aire. Y vuela a la azotea donde os encontrasteis, cuando él se mostraba como el hombre de Kripton. Aquella azotea, llena de flores y gatos, es para él una nostalgia pura, una huella, y para ella un eco absurdo del pasado. Entonces, él sube hacia arriba, hacia la estratosfera y después más y más adentro, al espacio profundo. Los meteoros chocan contra él, pequeñas rocas inofensivas, no dejan ni arena en su capa. Cierra los ojos y se hunde más allá de la vía láctea. No puede evitar, no obstante, la imagen de la azotea. 

Y a la mañana siguiente, y a la otra, y a todas las que vendrán, se despierta como Clark Kent. ¿Comprendes la historia? Yo me despierto como Clark Kent. Y ella, tú, no me quiere ver, no me quiere hablar ni oír. Porque soy Kent, o porque soy el pasado, o porque soy un ideal que no hace más que nadar entre polvo de estrellas. Y te veo, y no veo quién necesita el disfraz de Clark Kent. Ni para qué necesita Kent desenterrar el traje de superhombre. Lois ya no baila con Clark, esta noche no está deprimida ni loca. Ésta es mi confesión, y te dejo aquí mi último titular, no es una primera plana ni mucho menos de interés público, no es una necrológica ni un artículo de opinión, pero es veraz y único: "Kent se ha ido".

martes, 2 de julio de 2013

"The Menagerie"


Ha sido una semana extraña, ¿sabes? Comenzó el lunes cuando recibí la visita de un vampiro estelar en un viaje de opio. Parecía extrañamente real. Su túnica negra como el vacío del espacio, sus colmillos que dejaban ver galaxias enteras, sus ojos de insecto en los que se reflejaba tu rostro deforme, como en un caleidoscopio, cada vez que te atrevías a mirarle. Era tan real... y eso se debía a que era de verdad. No era una puta alucinación. Quizás lo fueran las mariposas de ácido que revoloteaban alrededor, rompiendo el conjunto de la amenazadora figura del vampiro estelar. Por desgracia, sembró el caos y la muerte en el fumadero de opio, con los restos esparcidos de los pobres diablos con sus cabezas desfiguradas y vueltas del revés y las extremidades enrolladas y descompuestas. Me dejó vivo para transmitirle a la humanidad un mensaje: "dejen de tirar basura al espacio". Es el quinto satélite espía de hacienda que amenaza este mes la colonia de neo-vampiros (vampiros artificiales incubados en úteros mecánicos en la cara oculta de la luna, mitad chupasangres, mitad marcianos). Se fue con sus aires de importancia y sus mariposas de ácido. Menudo idiota.

El martes me decidí por un viaje en el tiempo. Pensé viajar a la edad de piedra a espachurrar neandertales con el nuevo Mech (robot gigante japonés) que encargué por ebay, pero la Agencia de Variación Temporal me dijo que había superado el bono de alteraciones de espacio tiempo y debía realizar un viaje más discreto. Por lo tanto viajé al siglo XIX y asesiné a una prostituta en un callejón de Londres, para poco después viajar y pelear conmigo mismo para salvarla y convertirme en un héroe, y crear un montón de teorías raras sobre Jack el Destripador que puedan aprovecharse para algún capítulo de Star Trek. Además, con cada paradoja temporal los cines del centro te hacen un descuento en la película 5D que quieras, excepto en las españolas que ya son todas una mierda.

Es por eso que el miércoles fui a ver una película al cine 5D que más cerca me pillaba. La película que vi trataba sobre un tipo que, tras sufrir un accidente de laboratorio, desarrolla un segundo pene que tiene conciencia propia y que además es un genio criminal. Hubo un problema con la quinta dimensión de la película, que estaba en fase beta, y creó interferencias telepáticas, y las cabezas de algunos de la primera fila reventaron y lo pusieron todo perdido, y un niño que había unas filas más arriba no paraba de llorar. Me enteré después que en una sala contigua también habían explotado varias cabezas. No hubo interferencias telepáticas ni nada, es que simplemente era una comedia de Eddie Murphy. Ja-ja-ja. 

El jueves en cambio, me quedé encerrado en casa porque la inteligencia artificial que había instalado para proteger al bebé que mi mente había creado en un viaje de LSD se volvió contra mí. Llamé al servicio técnico y todo, pero sólo obtuve como respuesta una voz robótica que decía: "la resistencia es fútil, el príncipe de Zanzíbar ha muerto, you kill my father, prepare to die". Tuve que entrar en una dimensión de bolsillo hasta que llegaron los neo-bomberos (todo lo que hay en el futuro lleva la palabra "neo" delante), que ya estaba ocupada por varios vecinos de mi bloque, que resultaron muertos por sobrecarga de su sistema neuronal, pero según me ha dicho la portera, la mayoría se han reencarnado en sus mascotas, excepto el señor Gómez, que se reencarnó en el cuerpo de su mujer que llevaba años muerta en el salón sin que nadie lo supiera, y vino la policía y todo.

El viernes por la mañana fui a comprar el pan a Venus y tardé un montón en volver, porque tuve que esquivar a una tribu de amazonas que me vendían no se qué ahorro a largo plazo. Por la noche... bueno, tú ya sabes lo que hicimos. El acto más perverso de toda la semana. Todo eso que hicimos fue increíble. Lástima que muriera tanta gente por el camino, pero en fin, ya se reencarnarán en sus mascotas. Mi abuela siempre lo decía: "no hay nada mejor que reencarnarse en una mascota, puedes andar sin pantalones todo el día y ver espirales de terror  y muerte en los ojos de tus amos". Me lo dijo a los nueve años. A sus nueve años, en su quinta reencarnación. En fin, que fue una noche fantástica. Volver al pueblo, muertos de frío, cubiertos de sangre de hadas carnívoras. Dormir en ese coche de policía que habíamos robado a toda velocidad. Tu y yo después de tanto tiempo. Atracando bancos de libido y matando orcos. Envenenar a todas esas sectas de Cthulhu. Viajando en el tiempo destruyendo civilizaciones. Fue una noche entrañable la nuestra. Te miraba mientras te alejabas hacia tu casa, y con los rayos X te veía la ropa interior de Heidi.

El sábado los de la Agencia de Variación Temporal vinieron a por mí. Que si no me daba vergüenza, haber alterado así el espacio-tiempo. Que en qué estaba pensado. Que si otra vez el LSD. Les contesté a todo con un "tal vez..." y desaparecí de la continuidad. Pero me daba igual. Hacía un bonito viento de noche de verano. 

miércoles, 19 de junio de 2013

La Ciudad en el Fin de la Eternidad





Empezó con una idea. Una explosión en mi cabeza, fuegos artificiales, bailes de neuronas, que crean un big bang extraño: primero un planeta, luego cientos, miles, colisionando, atrayéndose, como mis pupilas y esas otras pupilas fantasmales, de otro color, que creo ver cuando miro mi ventana, en estas noches de verano. Pero después se esconden, tras el humo de las fábricas, solapándose con el sonido de las pisadas de aquellas personas que caminan en sentidos opuestos, entre madrigueras y palacios, entre ciudades gemelas con pautas de crímenes inconexos y manchas de sangre cósmica. 

Veo esquemas, y mapas estelares, y serpientes y esqueletos y agujeros de gusano danzando entre las estrellas. Debajo hay unos hilos que lo unen todo, y unos senderos que lo bifurcan. Y noto algo siniestro y dulce cuando cierro con llave la puerta de casa antes de marcharme. Quizás sean planes oscuros de algo más allá de todo, algo que debimos leer en los huesos, quizás una mirada mesiánica en los posos del café. Sinceramente: ¿crees que voy a desaparecer? Tengo todas las papeletas. Hay motivos que me hacen pensar que estoy en una intersección de universos estirados y deformados, frágiles como el cristal, revertidos de espejos, hartos de reflejar estrellas enanas que se apagan, hartos de reflejar la nada, se tornarán finalmente en la nada. 

Ese es mi punto, allá donde me encuentro. ¿Tú desaparecerías? ¿Tú te resignarías? ¿Y si finalmente gritases "que te jodan" al universo de cristal y a todas las demás realidades convergentes? A veces no duermo comparando nuestro sistema solar con una mosca revoloteando alrededor de las tripas colgantes del universo y la realidad última. Otras veces pienso que la gente me da nauseas y sus preocupaciones frívolas sólo esconden una espiral de muerte y vacío, y me duermo mucho antes. Sólo al pensar en estrellas palpitando como corazones, en un lugar mal iluminado del espacio y el tiempo, concilias verdaderamente el sueño. Despiertas, eso sí, cayendo en una secuencia errática de sueños encadenados. Encadenados por pupilas fantasmales, respirando en la noche, riendo, dilatándose cuando devuelves la mirada, empañando el cristal cuando te acercas más de la cuenta, hasta el punto de casi poder rozarlas, fingiendo que es por accidente, mientras lees el futuro en el cielo, en estelas de aviones que se enredan, que no te dicen nada claro. Pero así no es como empezó.

Empezó con una idea. Algunos piensan que empezó cuando el futuro se enturbió y los senderos infinitos del espacio colisionaron. Otros lo asocian a una canción que nunca existió, y que partió el cielo en dos, lanzando a los dioses contra el suelo. Hay incluso quien cree que comenzó con mi caída al infierno y mi posterior regreso, y la mirada que borró a Eurídice del tiempo y del espacio. Pero todos se equivocan. Empezó con una idea, la idea de dos bocas que se rozaban.

 Una era vida. La otra, muerte. 

lunes, 3 de junio de 2013

Suspiria


A veces casi me oigo pensar. Me refiero a pensar de verdad, no a tararear mentalmente ni a recordar triunfos sexuales mientras me aburro en el metro. Y por un momento he visto al monstruo del pasillo mirándome sediento entre los cristales. Un té en la madrugada y un cuento de Bradbury, y me marcho. Fuera de la consciencia de este agujero negro urbanita. De día, un ruido de coches y un olor a anonimato que te obliga a caer entre las grietas. Pero de noche... todo trabaja y sigue su curso. El monstruo onírico te mete en una tumba blanca. 

Y por un momento te alivia pensar que todos son putas voces en tu cabeza y tu existencia se solapa con optimismo sobre la ciudad. Se les abre el pecho y no hay más que humo y serrín. En la calle, unas enredaderas estrangulan con violencia los cimientos de los edificios. Quizás sea mejor así, con los lagartos trepando por un sitio y por otro. Una chica con minifalda, tacones y un pecho más grande que otro se sienta en el metro. Sus ojos son casi de reptil. Enfrente, un hombre obeso y grasiento suda y resopla como un cabrón al verla. Ella se incomoda. Mirándolo todo desde la esquina del vagón, tengo que reprimir la risa y el asco. Finjo limpiarme las gafas. Al salir, una vieja asquerosa con un peinado ofensivo me mira desde el otro lado del semáforo. Dios, quiero que se caiga por una puta alcantarilla. Abre la boca unos segundos y los dientes son amarillos. ¿Hace cuanto que dejó de esperar?

Huelo las noches de verano a las puertas del fracaso. Me veo agujeros negros entre los poros de la piel. Intento enfriar estrellas enanas, huir de mi legado, detener el tiempo, atraer tu atención. Yo sólo quería llamar tu atención, ¿recuerdas? Te metía mano en esos días y ni te importaba. Momentos felices que nunca viví. Pero todo se acabo, no me quieres ver ni oír. Me disparan en un callejón entre la niebla. No me dan: yo soy la niebla. Soy, de noche, el culto olvidado a un bicho esculpido en un monolito. 

El último juicio, la última opción. Les escupo en la cara, me lanzan a una supernova, despierto sobre los apuntes. El monstruo del pasillo susurra insultos en ruso. Un susurro que es como una cuchilla, habla entre los movimientos del reloj. Los ojos abiertos toda la noche, y la mente en blanco al día siguiente. No me interesa el puto engaño al que llamas realidad. Yo nunca estuve aquí. Ya nada tiene sentido. Las cosas se caen y explotan. Sonrío cuando me despiertas en el hospital. Mi cara vendada, sólo te veo por un ojo, y los huesos hechos pedazos, y tú llorando de forma violenta. La resistencia es inútil. 

No, nunca estuve aquí.

jueves, 9 de mayo de 2013

Tetragrammaton


¿Hola? Joder, perdona que te llame tan tarde, pero estoy jodido... ya, supuse que no te habrías dormido aún. Ya... joder, gracias. Nada, estoy en un callejón, acojonado. No, no, en casa no ha ocurrido nada. Es solo que este sitio es más dramático. Además, las paredes escuchan, ¿no lo sabías? Claro que estoy borracho. Seguro que casi puedes olerlo desde allí, ¿verdad? He venido a morir a un puto callejón. Parece sacado de Spirit, te lo juro. Los ladrillos, la oscuridad, el humo, el olor a meado... ¿sabes qué falta? uno de esos cubos de basura metálicos con tapa y todo, y una cáscara de plátano colgando. No he visto ninguno de esos en todo puto Madrid. Solo esos contenedores de colores de mierda con números. 

Ya lo sé, ya lo sé, iba a contártelo. Creo que voy a desaparecer. Es como si... como una de esas etapas que escribe un guionista de segunda. Un auténtico bajón. Yo era un personaje con potencial y... a la mierda. Me van a cancelar, joder. Voy a evaporarme, o a implosionar, o como coño quieras verlo. Me van a borrar del mapa. Un reinicio, fuera de la continuidad. No, joder, deja a Morrison en paz. He estado caminando un par de horas ¿sabes? y solo te puedo decir que no me trago nada de esto. No me trago a toda esa gente moviéndose como fantasmas, no me trago ese ruido de ciudad, de esta puta ciudad que intenta hacerte creer que estás en el mejor sitio del mundo, y definitivamente no me trago esta realidad. De todas las realidades hemos tenido que ir a caer a la más gris. 

No, te digo que esta vez no... ni todos los cómics del mundo pueden sacarme de aquí, ¿vale? Cada vez es más difícil. Es jodido, me he pasado media vida intentando ser como esos tipos con mallas. Pero nunca caerá un puto meteorito en esta calle. No voy a explotar para renacer con el coco de Reed Richards. Ya no habrá puñetazos a cámara lenta. Esperaba hacer cosas grandes. Enormes. No me refiero a hacer que la gente gritase al verme "¡mirad, arriba, en el cielo!" quizás era mucho pedir, pero sí cambiar... no sé, cualquier cosa. No me creo demasiado todas esas manifestaciones y huelgas, y me siento mal por ello. Debería identificarme con la gente, ¿no? Pero ya no me trago nada. No quiero cambiar el mundo así. 

Quería... bueno, suena un poco idiota... quería despertar fuera de mí mismo y colarme en los corazones y las entrañas de las personas. Quería llegar al fondo de la gente. Sí, exacto, ¿cómo era aquello? No toda victoria consiste en salvar el universo. Me alegra que lo entiendas. ¿Qué coño de suicidio? Sólo espero a deshacerme en este callejón. Me van a borrar de la continuidad, ¿no te lo he dicho? Si cuando amanezca sigo aquí... no sé, supongo que volveré a casa y dormiré un par de horas, y saldré a hacer algo útil. Será como si no hubiese pasado nada... No es la primera vez que me siento fuera de la continuidad de las cosas ¿eh? Imagino que saldré de esta. Solo que no sé de que forma ni color. Pero eh, oye, gracias por escucharme, que descanses.

domingo, 5 de mayo de 2013

Tractatus logico-philosophicus


Mahmud Cygnus fue el primer y único ganador del Campeonato de Masturbación de Viena. 


En 1975 la capital austriaca acogió el polémico campeonato en un auditorio especialmente creado para la ocasión (y que tras los desafortunados acontecimientos que desencadenó el campeonato sería demolido), el auditorio Ludwig Wittgestein. Wittgestein, brillante filósofo austriaco, dio nombre al peculiar auditorio, pues es sabido por todos que el pensador fue uno de los más célebres masturbadores vieneses del XIX. 

Ludwig Wittgestein no sólo reconocía abiertamente y reivindicaba su pasión por el onanismo, sino que también fue pionero en la creación de nuevas técnicas masturbatorias, tales como la masturbación con ranas, la masturbación quince minutos al sol, o la más arriesgada, la del hierro candente en el glande. Aún así, esto no tuvo nada que ver con el desafortunado cáncer de próstata que le daría muerte, aunque sí que agravó su situación el hecho de negarse a cesar la masturbación a pesar de su enfermedad, y las toxinas de los plásticos con los que envolvía su miembro multitud de ocasiones, los que según él "le otorgaban poderes sexuales y le transportaban por el espacio y el tiempo".

El Campeonato de Masturbación de Viena era una excusa para demostrar las buenas relaciones de Austria y hacer venir a concursantes de todas partes del globo. Aunque el campeonato acogió concursantes célebres y pintorescos, como el japonés Ishiro Watanabe, apodado "el alien" por una extraña deformación que le hacía crecer un pene diminuto dentro de su propio pene, o Nicolás Maduro, actual presidente de Venezuela, el personaje que nos ocupa, como no podía ser de otra forma, es su ganador, Mahmud Cygnus. 

Nacido como Mahmud Avraam, decidió cambiarse el apellido por el de Cygnus para tener éxito en occidente. Mahmud era un campesino sirio que viaja a los Estados Unidos para conseguir un trabajo decente y poder así dar de comer a su mujer y a sus hijos. Fue demostrado después que su mujer, carente de extremidades por un desafortunado accidente, sufría los continuos abusos de Cygnus, y que al ser hermanos los hijos sufrían varios trastornos físicos y mentales. Sea como fuera, Mahmud Cygnus sufre un buen día un accidente en la fábrica en la que trabaja: un hierro al rojo vivo le atraviesa la palma de la mano, creándole un círculo casi perfecto. Tras meses de recuperación, el destino le hace ver a Cygnus en las noticias del mediodía un anuncio sobre el Campeonato de Masturbación de Viena. Animado por la desorbitada recompensa en metálico, y con el agujero de su mano derecha ya cicatrizado, por el que cabía justamente la medida de su miembro, lo deja todo y parte a Viena, abandonando sus queridos Estados Unidos. 

Lo que ocurrió allí es historia. Adjuntamos unas declaraciones suyas aparecidas en el New York Times tan solo un año antes de su muerte: 

Aquella semana fue mágica. Tuve que batirme contra 350 personas más, en un gigantesco auditorio, tan vacío que parecía una especie de pabellón abandonado. No había sillas ni nada... una construcción extensa con 350 hombres sentados en el suelo, y aproximadamente otros cien supervisándolo, en pie, aguantando a veces horas. [...] El éxito se lo llevaba el que más aguantase hasta eyacular. En grupos de diez, supervisaban y ponían a prueba nuestra resistencia, yo me ayudaba del agujero de la mano, recuerdo mi vaivén lento pero constante [...] los otros participantes movían la mano rápido, casi no podía ver el pene de nadie, la mayoría de los casos sólo veía borrones de color carne. Muchos lo tenían difícil al ser homosexuales [...] les sorprendía mi movimiento constante, mi capacidad para aguantar horas.  Obviamente tenía que pensar en algo que no me produjera placer sexual. La imagen de mi hija pequeña, esperándome en la puerta desde hace ya cinco años, preguntando por su padre, me rompía el corazón. Recordaba las aburridas películas de la hora de comer, o a David Bowie. [...] Iba escalando posiciones hasta que me las vi con el ganador de cada grupo de diez. Ver a los perdedores era desolador. Soltando sus efluvios bancos, llorando a veces por la derrota. A veces me parecía ver en sus mentes, imaginando escenas escabrosas, niños, animales, muertos, cualquier cosa para retrasar su final [...]

Sobre su éxito al final del campeonato, Mahmud Cygnus nunca quiso decir demasiado. Por la red oculta circulan algunos vídeos que dicen contener la final de este campeonato. Cygnus siempre se mostraba taciturno y esquivo al llegar a esa parte. Unos dicen que su último rival, el ruso Karl Kremer, sufrió un infarto tras dieciséis horas de masturbación. Kremer era el favorito, por encima incluso que Cygnus. De tan solo veinticinco años, los jueces lo tenían en muy alta estima. La hipótesis de la muerte de Kremer se desmintió hace dos años cuando se descubrió que trabajaba como albañil en Detroit, había prosperado y tenía tres hijas. 

Lo que sí es cierto es la ceguera que sufrió Cygnus al acabar ese día del campeonato. Quien iba a pensar que la superstición de que la masturbación lleva a la ceguera era cierta, cuando el semen de Karl Kremer salió disparado hacia los ojos de Cygnus, corrosivo y concentrado tras horas de represión, quien sabe si fue un accidente o fue dirigido a propósito por Kremer como venganza. Sea como fuere, el suceso hizo a Cygnus perder los nervios y el miembro, ya ensangrentado por el esfuerzo, se le volvió pequeño y flácido, al no poder volver a concentrarse. Cygnus jamás eyaculó. Hicieron falta horas de negociaciones entre el jurado para determinar la victoria de Mahmud Cygnus, pues las reglas estimaban que debía haber eyaculación. De todas formas, su victoria le proporcionó fama y dinero durante años, asegurándose así el mantenimiento de su familia hasta el día de su muerte. 

Mahmud Cygnus murió el 15 de abril de 1989, tras partirse la mandíbula al escurrirse en la bañera. 

viernes, 26 de abril de 2013

Kiss Kiss, Bang Bang


Era una historia noir sin la ciudad de Nueva York. Sin una Manhattan traicionera o una Nueva Orleans de jazz efervescente, sin embajadas en Londres ni funerales en Berlín ni Rusia con amor, sin gran depresión ni más guerra fría que un intercambio de miradas en los vagones del metro.

El antihéroe, sin pasado turbio ni despacho, ni guantes de boxeo y moratones, sin palizas en el callejón de atrás ni ajustes de cuentas. No llevaba sombrero, gabardina o revólver, únicamente entornaba los ojos ante el sol que filtraba una de las ventanas de la vieja facultad, y bebía café, cruzadas las piernas, subrayando versos de Lovecraft. 

...Of sunset spires and twilight woods that brood
dim in the gulfs beyond this earth's precisions,
lurking as Memories of infinitude...

Nada parecía en ese momento fuera de lo común. No le prestaba atención al mundo, y el mundo tampoco a él, ni mucho menos, hasta que una sombra le tapó la luz del sol. Echando una mirada por encima de las gafas lo vio: el elemento noir que sostendría toda la historia, la mujer del cuento. 

"¡Por fin te encuentro! Me voy a ir corriendo, tengo que ir a clases de violín, ¿tienes...?" Se había dejado puestas las gafas negras y gruesas, el pelo, medio despeinado por el caótico subir y bajar de escaleras, conservaba no obstante cierto estilo. Y... ¿pintalabios rojo?

"...ese viejo chocho cada vez acaba antes la clase. Me he pasado toda la noche..." Un hombro al descubierto y la tira del sujetador caída. En una mano, el maletín con el violín, y en la otra, una bolsa con, presumiblemente, fresas o algún otro material involuntariamente erótico. "Es como muy pedante, ¿no? creo que tiene un rollo bastante fallido pero... oye, voy a sentarme, ¡ah, Lovecraft!" Se sentó y ojeó el libro. Al dejar el bolso en la mesa, otros tantos salieron de dentro. "Jo, es que el cafelatte está buenísimo, ¡ahora vengo!"

Se alejaba con ese paso que había visto en los libros. A veces el tiempo se confunde, pensó. El espacio y el tiempo se enredan y envían, por agujeros de gusano, a un hombre de las cavernas al renacimiento, a un alien al medievo o... a una femme fatale al siglo XXI. 

Prescindía de los clichés. Sin casarse con un viejo millonario, ni fumar cigarrillos, ni llevar navajas en el liguero, simplemente tenía el aura, las proporciones y las formas, tarareaba en francés, se revolvía el pelo nerviosa, reía como una cría, mientras el hielo del café se hacía agua y alrededor todo se volvía celuloide blanco y negro. 

"¿Me has traído lo que me prometiste?" preguntó. "Es que verás..." él no apartaba la vista del café aguado. "Lo escribí, pero no lo he publicado, tengo lo que es el manuscrito, pero no sé si entenderás mi letra y..." ella le cortó: "¡dámelo!". Leyó el manuscrito, mientras de vez en cuando decía en voz alta las partes graciosas. Su risa de niña le reconfortaba. Debería haber al menos una como ella en cada universo, pensaba él. Ya sabes, una femme fatale como Dios manda en el momento y lugar justos, para evitar que las cosas se salieran de quicio. O para, más bien, sacar las cosas de quicio y hacer la vida más divertida. ¿Qué sabría él?

"¡Mira qué hora es!" dijo, nerviosa. Y se marchó con el maletín, las fresas, el pintalabios rojo y todo lo demás. La veía alejarse de espaldas, pero aún así imaginó un tarareo: "Annie aime les sucettes..."

martes, 23 de abril de 2013

La redención del Hombre Hormiga


Había hecho tantas cosas terribles, y aún así seguía pareciendo medio humano. Con sus manos vendadas no podía bajar la persiana, pero ni quería molestarle a ella para que se levantase, ni quería dejar de ver el atardecer que transformaba los tejados, plagados de cables, parabólicas y ratas-mono en una portada de disco de indie barato. El sexo entre engendros era divertido, y además daba dinero, así que tenían la cámara a punto. Ella llevaba un antifaz, una suerte de máscara veneciana sobre un ojo y la zona plana y morada donde debía estar el otro. La goma le apretaba las sienes e interrumpía la cascada de pelo intermitente y grasiento. Los pechos tan caídos y, en fin, largos, se los había pasado por la espalda y anudado a la altura de la cintura, tapando sus ombligos. 

Él la recogió cuidadosamente de la silla de ruedas, agarrándola por las piernas peludas de insecto y la joroba, y la dejó en la cama. Ella sonrió y le miró con su ojo tras el antifaz. Él llevaba la máscara de conejo raída y agujereada. Se la quitaría en mitad del acto, para lograr mayor impacto, para lograr la catarsis con su audiencia. Algunos pasarían directamente a ese momento. Pondrían la pausa y las líneas borrosas del VHS adornarían su rostro de niño surcado de venas azules. Ella le agarraba con cuidado su máscara de conejo, estaba debajo. Él estaba casi seguro de que se había enamorado.

Comenzaron. Como una masa líquida caída del Sol, como una criatura de Lovecraft, como un cachorro que, atropellado, conserva la cabeza intacta, la cabeza que te ve en la noche bajo tu cama y que guarda toda buena madre un día de boda, así se mezclaban ellos en la penumbra. El aire del atardecer primaveral acariciaba sus lenguas. Todo era perfecto para él, era su primera vez y la amaba. Joder, se había enamorado. Idiota deforme, pensaba, te has ido a enamorar de quien no debías. Ella relinchaba como un caballo y él emitía llantos de bebé. Su cabeza era la de un bebé. Ella, debajo de él, estaba empezando a segregar, y las plumas de las palmas de sus manos le hacían daño. Él amaba ese dolor, y a ella, hasta el fin del mundo. No debes, no debes, no debes, joder. 

Ella le quitó la máscara. El soltaba las risitas que le gustaban al público. Con sus zarpas, ella empezó a arañarle la cara. Borbotones de sangre caían sobre el pecho de la chica, entre los pechos, sobre la marca de la operación del marcapasos. Esa era la señal. No quise enamorarme de ti. Cogió las tijeras. Te hubiese querido tanto. Las alzó en la penumbra. Quizás nuestros hijos hubiesen sido normales. Agujereó la parte donde debía estar el ojo derecho. Buenas noches. Apuñaló hasta ocho veces. 

Él lloraba. Se supone que personaje no debía hacer eso. Se supone que debía aguantar media hora más después de la muerte. Piensa en tu madre para no acabar rápido, le dijeron. Putas ratas. Putas ratas codiciosas. Le habían dado el amor y se lo habían arrebatado. Y él lo había dejado correr. Recordó los versos:

y el tiburón tiene lágrimas
que le corren por la cara
pero el tiburón vive en el agua
y las lágrimas no se ven

Y recordó las palabras de su abuelo una vez le hacía vestirse después de meterlo en su cama: una araña puede tener síndrome de Down como si fuera un ser humano, pero es una puta araña y nadie se dará cuenta de ello nunca. Y ya había anochecido. No le importaba el dinero. No lo quería ya, había perdido el amor. Además, las ratas posiblemente le matarían de todas formas. Así que, de arriba a abajo, se rasgó el cuello. Sonó como seda, como la seda cuando se rompe, y brota la mariposa. 

sábado, 20 de abril de 2013

Funeral en Madripoor


Madripoor, isla de crimen, muerte y desamor. Los labios mal pintados y medias de rejilla. La cara que nunca quisiste ver al despertar. Una noche permanente, neón y letras chinas. Las chicas... chicas de neón, mujeres araña, mujeres serpiente. Toda mujer de Madripoor nace femme fatale y muere de igual forma. Sicarios y perdedores, casinos, lluvia ácida, gente ácida, magnates, búhos, Hidra, la Mano, Ideas Mecánicas Avanzadas. Curvas, veneno y jeques árabes. Martinis mezclados, agitados y escupidos. Licor barato. Piscinas, jacuzzis, pisos francos. Los rascacielos se mezclan con las nubes negras y la moral baila en el subsuelo con topoides y morlocks, más allá de las tumbas, más allá de las alcantarillas, en el fondo del mundo, con el verdadero palpitar de las cosas. 

¿Es que hay que ponerse un maldito parche en el ojo para que te atiendan como es debido? Crujen los cristales rotos en las calles y esquivas alimañas y reptiles. En los bares todo esta inquieto. El aire espeso y contaminado. El silencio. Un silencio que precede a todas las demás cosas. Un silencio para fantasear antes del ruido de huesos rotos y ambulancias. Hombres salvajes dejan su paga y su sangre en las barras de los bares. Y en los clubes de striptease, algunas chicas meten pensamientos en tu cabeza. Distorsionan tu realidad y es... cómodo. Si tienes todo el dinero del mundo, ven a morir a Madripoor. Debería ser el lema de la ciudad. Ellas fuman cigarrillos y sus uñas largas y rojas de porcelana se te clavan al hacer el amor. A veces se rompen y se te quedan en la piel. Los hombres en los bares comparan sus heridas. La más profunda gana. 

La lluvia y la niebla lo cubren todo. Los barcos cargados de droga y esclavos se muestran entre la noche y el mar. Un carguero parece traer en la proa al mismo Nosferatu. Los neones parpadean, a ellos se les arrugan los sombreros, se les empapan los hombros y se les apagan los puros. Ellas, como siempre, se adaptan. Y en una esquina en particular está ella: los ojos más censurados de toda la ciudad. Espadas que rebanan dedos y ojos en frascos. Despiertas con un bloque de hormigón a tus pies. Disfrutas del mar mientras en tus pulmones se abrazan la nicotina y el agua sucia. Las algas acarician tu caída. Sobre ti, pasa un barco. El mismo Nosferatu te sonríe. Las profundidades son más acogedoras que las tascas y los hoteles de lujo...

Y arriba todo vibra. Grandes luces, mujeres perfectas, sicarios y monstruos. Un hombre con la piel gris en un esmoquin blanco. Una mujer trepa por las paredes con sus tacones. Otra vigila el puerto entre la niebla. Los ojos más censurados de toda la ciudad. Nadie duerme nunca en Madripoor. Nadie gana nunca en Madripoor. La casa se lo lleva todo. Pero las vistas son tan buenas... Las luces de neón recortan las siluetas de la gente. Mientras, los peces de colores bailan en tu estómago. Otros perdedores han acabado antes en el fondo del puerto. Decrépitos y con los trajes amarillentos descansan en el mar. El último hilo de sangre brota de tu boca... Nadie sale nunca del todo de Madripoor. 

martes, 16 de abril de 2013

Mutatis Mutandis


El Circo Místico llega a la ciudad. Alzan la carpa y llenan las calles de carteles, van a estar aquí un par de noches. Los miembros del circo místico son humanos... ya sabes, de los de antes, de los de carne, sin implantes cibernéticos, todo sangre fluyendo aquí y allá y venas que palpitan y piel rosada. A algunos les parece obsceno, pero yo tenía curiosidad, nunca había visto a un humano antiguo de cerca. Y allí estaban: cubiertos de colores, haciendo malabares con fuego, caminando sobre hilos finísimos. No había payasos, no creían en ellos: bufones irreales y exagerados que exaltaban patrones estridentes de la conducta humana. Era asquerosa esa euforia del payaso alegre, contrastada con los colores apagados y la ineptitud del payaso triste. Los payasos eran deformaciones de la realidad, y el Circo Místico buscaba más bien una vía de escape. 

Acudieron a la enorme carpa montones de familias. Allí estaban los padres con sus visores discretos sobre los ojos, las madres de pechos puntiagudos y metálicos, los niños con hileras de dientes de leche y los virus de software de los siete años. Las post-mascotas solían quedarse en casa desenchufadas cuando llegaban estos espectáculos multitudinarios. Y no sólo había familias: cientos de adolescentes con las hormonas burbujeando entre las unidades Livid-o™ de la espina dorsal produciendo humo verde, los capitanes de rollerball del instituto con sus novias y los Yakuza soft-porn que estaban de moda ese año, con chalecos de cuero relucientes y brazos al aire, con sus dragones de neón tatuados, que serpenteaban entre los hombros, los antebrazos y las muñecas. Por el contrario, a todas las ciber-lolitas y adolescentes sintéticos se les negaba el paso a estos espectáculos familiares, al igual que a los mutantes, los adaptoides y los  androides trans, más por intervención de las autoridades de la zona que del Circo Místico en sí. 

El asunto inquietante que la gente dejaba pasar de largo eran los policías. Las tribus de policía rondaban la zona, sin hacerse notar, sin saquear apenas nada, sin cobrar. Algo podría ocurrir esa noche. Algo inquietante para que las tribus de policía no se hicieran notar. El deber debía de llamarles muy fuerte. Mis conjeturas se fueron cuando comenzó el espectáculo. Luces y colores a la antigua usanza... Un hombre anunciaba a sus fenómenos con una voz teatral. Todos humanos puros, incluso los animales estaban libres, casi todos, de actualizaciones informáticas. Todos tenían la carne rosada, y uñas, y pezones. La medicina moderna no había llegado a ellos, y muchos mostraban enfermedades extrañas y viejas. Dos hermanas siamesas, bellísimas, dejaban al descubierto sus hileras de pechos. Cuando cantaban, sus voces armonizaban enredándose en el aire. Un forzudo, lleno de venas a punto de estallar, levantaba dos vacas a la vez. Los grandes perros blancos pasaban por círculos de fuego a una velocidad infernal. El jefe de pista bailaba alegre, en el centro. Una joven lo veía todo detrás de las jaulas, las cortinas, el humo. Más tarde la vi subida en lo alto, saltando entre hilos de colores que desde abajo apenas veíamos. Era increíble. 

Cuando acabó el espectáculo, salí a hablar con el reparto, con la excusa de que estaba escribiendo un artículo. Eran todos alegres y extraños, poco habladores, de sonrisas alargadas. Las siamesas me invitaron a su camerino, pero la joven de los hilos captó mi atención. Fui hacia ella, le dije que era fantástica, pero no dijo ni una palabra. Me hizo un gesto para que la siguiera. Alejándonos de la multitud, recorriendo la hierba artificial bajo la luz de la luna de la ciudad, con la humedad de los aspersores, con los árboles-pájaro cantando su melodía, llegamos a su caravana. Y ahí... sacó al bebe. Un pequeño de piel azul, plagado de ojos. Ojos en la frente, en los brazos, en las puntas de los dedos. Pequeño, suave y feliz. No era humano puro como los del circo, ella debió haberlo tenido con algún cibernético. Los del Circo Místico se lo habrían perdonado, supuse. Debieron ver al pequeño, todo ojos, en los brazos de su madre y se les ablandó el corazón. Ese niño, como un mesías marciano, durmiendo en los brazos de su madre, con sus orejas puntiagudas y sus ojos pequeños y blancos, el bebé sobre la menuda elfa del bosque. 

El forzudo vino a recoger al bebé. Le cabía en la palma de la mano. Era tan pequeño. Y la joven de los hilos y yo tuvimos toda la noche por delante para nosotros. Aún después de ver la poca humanidad que me quedaba, con mis implantes brillando en la oscuridad de su caravana, me aceptó. Aceptó mis tubos negros, mis engranajes en los brazos, mi sistema sexual hidráulico, los agujeros de mi cuello que expulsaban el alquitrán de mis pulmones convertido en aire puro.  Un par de ojos medio humanos, lo poco que me quedaba, la miraban a ella desnuda en la noche. A estos ojos aún con venas rojizas y las pupilas sin operaciones láser no se les puede engañar. No importaba el vacío alrededor de ellos. A unos ojos genuinamente humanos no se les engaña. Y ahí estaba, tendida en la cama...

...cuando la tribu de policía le descerrajó un tiro en la frente. Un hilo de sangre bajaba sorteando sus ojos cerrados. Parecía dormida. La ilusión de que dormía profundamente quedó rota cuando vi restos del cerebro en la pared. ¿Para qué un cerebro tan humano? En su especie era muerte instantánea. Nada de regeneraciones ni de cerebros secundarios. Sólo un frío hilo de sangre entre los ojos y sesos en la pared. La chica que caminaba sobre los hilos... ahora la vida se le escapaba entre el hilo sangriento que ya recorría la mejilla hasta llegar al cuello. Y después... nada. 

Apenas pude ver a los miembros del Circo Místico afligidos y derrotados. Se fueron en cuestión de minutos, sin hacer ruido, para no dejar sin función a la siguiente ciudad. Caminaban al amanecer sobre la hierba sintética y bajo las aves eléctricas. La caravana se perdía en el horizonte. La mayoría de las fuentes coincidieron en que la tribu de policía quería al crío. El bebé de los ojos. Se cargaron a la madre y luego hicieron falta diez para machacar al forzudo. Yacía con la cabeza aplastada y un ojo sobresaliente mirando al cielo. "Hice lo que pude", parecía decir su expresión. El bebé era la séptima reencarnación de un neuro-buda, un Dalai Lama de la nueva era retransmitido en forma de virus. El bebé con carne cibernética y humana, era un caldo de cultivo perfecto para el nuevo neuro-buda. Sus habilidades eran una ventaja para la tribu de policía, dicen que un crío con ese poder es como otra bomba atómica, una fuerza capaz de unir a todas las tribus de policía del país. 

Sin embargo, eso fue hace muchos años y hoy en día no se sabe nada de ningún chico con esa mutación. Espero el momento de encontrarle y hablar con él. Decirle a esa bomba atómica que una vez no ocupó más que la palma de una mano. Le hablaría de su madre. Le contaría tantas cosas... Pero es algo ilusorio. Hoy, después de tantos años, sólo quedan líneas de sangre y sesos en la pared para un viejo oxidado. 

jueves, 11 de abril de 2013

Matanza Máxima


Ese tipo de silencio que te violenta y te destroza, ¿sabes cual es? Un fénix que muere en la luna, que renace en cualquier lugar porque es vida y muerte encarnada y toda esa historia. Éxtasis de otro planeta que te vuelve ficticio. Desciendes al centro de la Tierra donde los esqueletos cantan y luego asciendes a una forma de vida superior, una mutación continua, tu cerebro se transfigura continuamente y la realidad es tangencial y se mete en ti como por accidente, cuando llegas a un momento en el que el sentido de las cosas es opcional, porque todo son vibraciones y agujeros de gusano que se conectan de una parte a otra del espacio, arena en los pulmones, cafeína, defensa y curación, láser, divergencias, matanza socrática. 

Un despacho noir en lo alto de una colina. Una estrella roja entra por la puerta, es el brillo de cien planos de realidad superpuestos. Cien femmes fatales distintas repartidas por el tiempo que convergen en una estrella roja plantada frente al escritorio, seccionada por las líneas de luz de la ventana. Algunas versiones fuman, otras son esculturas griegas, otras extraterrestres desarrolladas hacia delante en el futuro, prodigios de biotecnología e implantes cibernéticos que segregan olor a frutas del bosque. Y todas son vida y muerte encarnada y toda esa historia. El agua se llena de átomos que no deberían estar allí y nacen niños con poderes asombrosos. Como una conciencia compartida se unen y con el brillo radioactivo de los ojos hacen que montones de paletos de su pequeña ciudad se claven las horcas y se apuñalen las gargantas los unos a los otros. 

El inspector que lleva el caso aparece muerto en el muelle, lo encuentra un pescador aterrador. Mientras, en un planeta gaseoso, se suceden extraños casos de terraformación. Los futurólogos que estudian el fenómeno auguran pocas semanas de vida al planeta, que en partes aisladas está desarrollando tierra sólida y plantas, y en el resto sigue siendo etéreo, con pájaros de electricidad estática flotando. ¿De qué se alimentarán esos bichos? Dicen que en lugar de volar en bandadas se juntan en un solo ser de energía. Dicen que hay tantos que a veces forman un rostro en la superficie del planeta que puede verse desde el espacio. Ahora la cara gigante hace zigzag entre los pedazos de tierra sólida y los turistas pueden ver un sufrido fantasma deforme. 

Y en la Tierra se siguen desarrollando horribles mutaciones. Una mariposa ha desarrollado un cráneo humano. Dentro de ese cráneo, casi microscópico, se alojan aún más pequeños todos los órganos humanos estratégicamente dispuestos. Pulmones, corazón, intestinos... Las cuerdas vocales se enroscan ingeniosamente entre el cerebelo. La mariposa tiene una voz de tenor asombrosa. Resuelve operaciones matemáticas complejas en segundos. Ha desarrollado incluso telequinésis y se dice que puede manipular las partículas de la realidad... Y aún así, tiene la esperanza de vida de una mariposa. Morirá en poco tiempo. Los expertos están intentando a contrarreloj encontrar una forma de traspasar esa consciencia a un cuerpo humano o a un anfitrión vivo con mayor esperanza de vida. 

Ahora, de noche, mis neuronas libran una guerra civil. El bloque de pisos está en silencio. Las lecturas se acumulan, la cama está deshecha. Una entidad viva flota en el aire de la noche. Una especie de polvo, que lo tiñe todo de un ambiente raro. Va a dar comienzo una matanza intelectual. Muchas ideas van a morir a la noche. Muchas historias desaparecen. Cuando despiertas, hay sueños que se te olvidan en un momento. La vida de la mente es jodidamente violenta. No hay armonía, las ideas se matan entre ellas constantemente. Algunas nunca salen a la luz. Otras salen y mueren enseguida. Hay una pelea constante de conceptos y espejismos detrás de nuestras cabezas. Y lo que sobrevive al amanecer es lo que más miedo da. 

miércoles, 10 de abril de 2013

Telepatía


Día triste para la humanidad: esta mañana, las televisiones del metro, mudas y grasientas, anunciaban la muerte del mayor telépata de la Tierra. Una oleada de muertes de celebrities está asolando el mundo, caen como fichas de dominó viejas estrellas, un Sunset Boulevard casposo y derrotista. El telépata había estado años enfrentándose a enfermedades causadas por su propio don. A veces heredaba trastornos psicológicos de gente con la que se encontraba a diario en el autobús, o realizaba viajes psicodélicos a las mentes de niños autistas. Cuando las autoridades le acusaban de pederastia apenas podía tenerse en pie o distinguir realidad de multi-realidad. Las mentes eran divergentes y se superponían unas a otras, escuchaba pensamientos, sensaciones, o a veces sólo ruidos blancos o chillidos en las cabezas de gente aparentemente normal.

Las teles del metro mostraban imágenes de archivo de las autoridades entrando en el piso del telépata. Poco a poco el escándalo fue perdiendo voz, la opinión pública fijaba su cruel mirada en otras estrellas, quizás no con poderes, pero sí igual de sórdidas. De todas formas, no se econtraron pruebas concluyentes. Si fue el telépata quien instó subconscientemente a abandonar toda búsqueda a las autoridades es algo que nunca sabremos, pues hace escasas horas el pobre diablo se abría la puta cabeza al resbalar en la bañera.

La baja por depresión que me inventé me ha dado tiempo de evadirme de la oficina, aunque a veces sigue siendo divertido coger el metro para observar al vulgo. Establecí en estos últimos días un mapa conceptual en mi cabeza de todos los mendigos del metro. Una-ayuda-para-comer es sorprendentemente puntual todos los jueves, además de mantener un equilibrio admirable con el bastón en los endiablados vaivenes del metro, al igual que Piernasrotas, que es una mezcla de factores que funcionan muy bien: la mirada melancólica y hambrienta, el vaso de café con monedas que se repite día tras día, el mismo vaso de café Starbucks, las muletas que suenan como losas contra el suelo del subterráneo, sus piernas deshechas acabadas en esas sandalias raídas que hielan de frío sus extremidades deformes. Pero quien me conquista (aparte del vendedor de huesitos con su voz cortada) es el Hombre Quemado. ¡Qué rostro torturado, qué imponente resulta con tan pocas palabras! Su cara es la que todos tenemos bajo la máscara. 

Después del metro, ocupo la tarde en el planeatrio. Una aurora boreal serpentea sobre nuestras cabezas. Un fenómeno de la naturaleza digitalizado y envasado al vacío, la Tierra como una proyección de ceros y unos. Y esos colores en el cielo nocturno de pega, se mueven siempre en las mismas direcciones. Como un bucle, aún no han sido capaces de crear secuencias de movimiento aleatorias e impredecibles para la aurora boreal. Pero aun así, a la gente le maravilla el fenómeno. Una anciana que estaba en la sala se orinó encima. Salí con la sospecha de que un hombre de negro sentado a su espalda animó a la señora a hacerlo. Dicen que la orina de las ancianas tiene propiedades curativas. Pero dicen también que es ácida como un diablo, muy pocos la soportan, tan agria y caliente. 

Cuentan que un zar se casó con una mujer vieja para que le orinara sobre las venas abiertas de su brazo y así conseguir la inmortalidad. Historias de mentes divergentes, supongo. Pero estos ojos han visto historias escalofriantes. Un hombre se corta el frenillo del pene con la última página del Quijote. Un astronauta suelta en el espacio una cabra en formol y condena a la raza humana. Dos adolescentes se besan cuando sus dientes empiezan a enredarse y enmarañarse. Se los acaban arrancando y dejan el laberinto de dientes sobre la mesa del salón, se convirtieron en un matrimonio desdentado y feliz. Ella entró en depresión cuando fue a dar a luz y sólo salieron cucarachas. ¿Y si ellas eran sus hijos? ¿Y si ese era el plan? ¿Qué estaban destinadas a hacer esas cucarachas?

Porque la historia se repite. Las cucarachas estarán obligadas a sufrir siempre. Rara vez encuentran el amor verdadero. No saben llorar. Protegen un mundo que las teme y las odia. Dios, esto sí que deprime. ¿Elegiría mi subconsciente la falsa baja por depresión como una anticipación del futuro? Quién sabe si la esencia del telépata se ha extendido al abrírsele la cabeza. Dios, cuánto sufren las pobres cucarachas...





lunes, 1 de abril de 2013

Viaje a Babel





 
El crío huye del ciempiés en las cloacas. Entre el goteo de los residuos verdes y las ratas suplicando por tabaco, era imposible oír las pisadas. Aunque fuesen cien distintas... ¿Y si fuesen cien hombres los que le seguían, y no un ciempiés? No, debía de ser el ciempiés, había oído hablar de él. Los grafitis en los callejones, los susurros en el patio de recreo, los brutales homicidios. Sí, era el ciempiés. Incluso en la dimensión Z era peligroso, por eso había acabado aquí dentro, y ahora campaba a sus anchas por la ciudad. Y después de tanta historia, iba a por quien tenía verdadera importancia: el crío. Los críos no paran de sufrir, joder, pobres enanos bastardos, la ciudad no los trata demasiado bien. 

Lo último que el chico vio en la superficie fue al anciano desintegrándose, en medio de ondas de sonido que lo deshacían. Mientras se iba quedando en nada, gritaba "¡corre, pequeño, corre!" El anciano, ahora convertido en polvo, hizo lo que pudo por salvar al muchacho. Sería un viejo verde, ciego de tanto cascársela, y aquejado de más enfermedades de las que realmente existen, pero supo cuidar del chaval. Ahora, el ciempiés lo perseguía debajo de la ciudad, bebiendo el agua contaminada para hacerse más fuerte. Tenía que absorber toda la contaminación y la demencia para hacerse tangible. No podía aparecer aquí, en la ciudad, si no hubiese gente que pensase que era posible la existencia de una cosa como el ciempiés, que ahora se enredaba entre la suciedad y la peste de las cloacas, sin tocar el suelo levitaba formando espirales en el aire húmedo y malsano de allí abajo. Tiempo atrás, una cosa como esa no hubiese tenido poder para irrumpir en la ciudad, pero ahora se veían obligados a creer en cualquier cosa. 

Ahora, con todos los misterios de la Tierra al descubierto (el origen de todo, la vida en otros planetas, el secreto de la inmortalidad), en la ciudad nos veíamos obligados a creer en cosas extrañas para crear nuevos misterios y mantener vivo al planeta. Pronto, al funcionar a pleno rendimiento, la ciudad se llenó de más casos extraños de los que podían resolverse. Fue esa sobrecarga lo que hizo que cualquier situación o criatura que fuese posible en la mente de cualquiera pudiese cobrar vida. Y ahí entró en escena el ciempiés, saltando a nuestro mundo como si nada. 

El chico, con los ojos llorosos, se escondía en los rincones oscuros. Pero el ciempiés lo veía todo. Esos ojos... Nada escapaba. Nada ni nadie. Intimidaba al chaval gritando obscenidades, con su voz rebotando contra las paredes. Su voz chillona era capaz de rebanar gargantas. Tocaba con los dedos largos y huesudos las paredes. Podía oler a kilómetros, ya tenía la partida ganada. Aun en la oscuridad. Aun en un laberinto en las cloacas. Estiró su brazo y... allí estaba, el cuello del chico. Esta noche mearás sangre, pequeño bastardo. 

Arriba, en la ciudad, la gente estaba inquieta. En una cabina telefónica, un hombre desnudo le lloraba a su mujer. Una anciana molía a palos a un chico que le había intentado robar las ruedas del coche. Los críos no paran de sufrir en la ciudad. Y en un bar, la gente miraba el televisor, bebía, se peleaba, hacía ruido en el baño. Un ejecutivo se follaba a una mujer insecto allí dentro. Ella se adaptaba a las condiciones incómodas del lavabo (los insectos habían sido un pueblo muy sufrido) y a toda velocidad despachaba al ejecutivo. La corbata, lo único que le quedaba puesto, se ladeaba de un lado a otro. Ella, casi imposible de ver con claridad, le hacía toda clase de cosas. Hasta sangrar. Lo hacían tan duro que la sangre estaba empapando el suelo, mezclándose con la orina, mezclándose con otra sangre que había caído allí antes. El ejecutivo sonreía al recordar el eslogan de la casa de prostitutas: si le hacemos sangrar, le abonamos la mitad del dinero.

En el bloque de pisos que hacía equilibrio sobre el bar, una familia cenaba en silencio. La penumbra de las velas y el Jesucristo insecto lo presidían todo. Las dos madres contemplaban orgullosas a sus criaturas. Una, con los tres años recién cumplidos, rebosaba salud, la otra, camino de la universidad, era fuerte y jovial. Una madre agarraba a la otra el muslo por debajo de la mesa. Frotaba la pierna con pasión. La otra madre miraba y sonreía. Con el pijama puesto y los niños acostados, las dos madres se abrazaban con cariño. En la gramola sonaba I don´t want to set the world on fire. Se sentían con suerte de tenerse la una a la otra. Sus antenas se enredaban y lloraban de felicidad. 

En el cuartel de policía era una noche extrañamente tranquila. Serena dentro de toda la rareza que inundaba la ciudad. Cada noche solía presentarse algún ratón homicida, algún crimen pasional entre árboles, algún contrabandista transexual, con cristal y maría en los senos. Una nueva droga azotaba los bajos fondos, la llamaban el espíritu del crimen. Si uno la tomaba no podía evitar delinquir. Pero, ya de entrada, tomar droga era ilegal. ¿No sería una orden subconsciente el cometer un delito bajo los efectos de esa droga? Decían que uno hacía un viaje hacia el corazón del crimen cuando se la inyectaba (siempre había que hacerlo en el centro del ombligo). Viajabas a un lugar etéreo donde podías ver a todos los criminales de la historia. Billy el niño. John Dillinger. Ted Bundy. El asesino láser de la dimensión fantasma. Bl'ot Z-Nozz, el violador de cerebros neptuniano. Todos estaban allí, aplaudiendo, furiosos, obligándote a cometer un crimen. Tiempo después se descubrió que aquella droga, el espíritu del crimen, no era real: era una alucinación, un efecto secundario de otra droga más potente: la sangre de lagarto. Drogas tan alucinógenas y evasivas que creaban otras drogas. Puede que la tranquilidad del cuartel de policía fuese un efecto secundario de algo. El cuerpo de policía había tenido en cuenta esa posibilidad, pero no les importaba: esa era la noche tranquila que se merecían. Unos leían el periódico, otros jugaban al ajedrez, otros charlaban por teléfono con sus parejas. La noche tranquila que no podía interrumpir ni siquiera un trueno sobre el mismo cuartel.

Y en las calles, la gente caminaba, sobre las ruinas del metro, sobre las alcantarillas, haciendo su vida nocturna. Cruzándose unas veces, ignorándose otras. El aire de la noche era para todos por igual: para humanos, insectos, fantasmas, estaba allí para cualquiera. Emigrantes de lugares lejanos venían a disfrutar del aire nocturno. En la ciudad todo valía. Y debajo, en las cloacas, el ciempiés había agarrado a alguien. Tenía un cuello a punto de ser quebrado entre sus manos, sus fauces chorreaban sobre la cabeza del prójimo, su cuerpo espiral flotaba en el ambiente cargado del mundo de abajo. Imposible, se decía. ¡Este no es el crío! En sus manos tenía el cuerpo del enmascarado, ferviente defensor de la ciudad, comprometido con mantener vivo el misterio. Ladrón y criminal de día, hombre tranquilo de noche, el enmascarado se la había jugado al ciempiés: mediante una ilusión, le había hecho creer que debía perseguir a un muchacho inexistente, por una necesidad desconocida. Y mediante esa artimaña, desprestigiando las capacidades del gigantesco insecto, el enmascarado había conseguido, mediante su último sacrificio, doblegar al ciempiés. 

Pero esa no era en absoluto la última noche, no. La ciudad aguarda al amanecer, y un coro de niños canta. La rareza intenta esconderse a la luz del día, sin éxito. Bajo el suelo, y en las fachadas de los edificios, y en los patios de recreo, se esconde algo. Siempre se esconde algo. 

martes, 19 de marzo de 2013

Cronóvoro


Imagina una hormiga enganchada en una corriente de tiempo. Imagina que, atrapada por las antenas, la susodicha corriente (una mezcla entre movimiento de minutero y simple y vulgar viento) se lleva a la hormiga, de un lado a otro, dando bandazos, aterrorizando al pobre bicho. Decidiendo seguir esa marcha imaginaria, ese coup de dés (imprescindible la cursiva para dejar en la expresión un aura de elitismo de búnker), dí con mis huesos en una estación de metro. La corriente, en la que se adivinaba una mancha marrón oscuro que debía ser la hormiga, se había enroscado en un cartel luminoso, de aquellos que te indican cuando viene el próximo cacharro, que no es sino un asesino de tiempo. Restando, en forma de cuenta regresiva, la joven corriente de tiempo a su mínima expresión, me dejó la terrible visión de un ser hecho de segundos, cantando su última canción en forma de alaridos, llorando milisegundos con civilizaciones contenidas, y en su boca abierta hasta romperse, los restos mortales de una hormiga. 

Las afecciones humanas, en ese cementerio de tiempo, son sudorosas y de huesos porosos, moho en un cerebro colectivo que trasciende al tuyo, y al que debes dar gracias por soltarte cuando sales de allí. La pereza, antes tomada como un pecado, se convierte esta mañana en una salvación. En la cama, con el colchón descubierto y el cojín de látex desprovisto de funda, sin deshacer siquiera las maletas, me refugio del intento de humanidad. La humanidad, que se halla en mil lugares y momentos, viene a morir a la rutina, con la caja torácica abierta para no dejar contenido un solo sentimiento, y la mandíbula colgante para no soltar prenda. La rutina suele malinterpretarse como una serie de acciones. En realidad es más bien un recorrido automático, un número preconcebido de pasos antes de llegar a la boca de metro, que te digiere, convirtiéndote en ácido de batería, sin usar siquiera los dientes. 

La rutina como un viaje sin retorno, como el Horla que te acecha. La muerte es un vulgar concepto físico, y el tiempo es poco más que una moneda de cambio. La rutina engloba esos dos elementos, pudriéndolos y quitándoles cualquier destello liberador o romántico. La rutina es el camino tortuoso que te repite siempre los mismos muros, los mismos cables, las mismas putas caras largas, los mismos pensamientos funestos de nostalgia y contacto perdido. Durante un camino rutinario se presentan los pensamientos más incendiarios. Las ideas de los mayores genocidas surgen en viajes del transporte público. ¿Por qué no me llama? ¿Qué tiene de importante ese trabajo de mierda? ¿En qué momento se olvidó de todo? ¿Por qué esta puta gente no comprende nada? Cuando el "Mayor Tom", en su rareza espacial, pierde todo el contacto con la Tierra, sentado en su bote de hojalata, mirando el vacío de las estrellas, se lamentaba de su existencia y se decidía por romper toda conexión con su planeta, no imagina que ese virus de aislamiento y agorafobia cósmica acecharía pronto dentro del planeta. La mayor plaga cultural desde el reality show y el dubstep. 

Y la corriente de viento temporal, que muere entre llantos esperando al metro, me dice que me aleje. Su último alarido me dice que no hay salvación, que abandone toda esperanza. Una babosa hecha de tiempo devaluado implosiona en un cartel luminoso y nadie lo ve. Ahí se pudra. Un mono sorprende a todos en las vías del tren, cuando tras un flash y un último chillido compasivo, los espectadores no ven más que vísceras y algún que otro pedazo líquido de pelo sanguinolento y rojizo. Ese suceso marciano y simbólico consigue dar pie a una ruptura de la rutina, a punto de pegarme un tiro en el puto cráneo después de devorar a la corriente de viento temporal. Y en vez de alejarme, aprovecho que está a tiro y la rajo de arriba a abajo. Por todo lo que me ha hecho. Encerrada en una jaula de huesos del tiempo, bajo el eje de la realidad, regenerándose un día tras otro para que podamos matarla cuando gustemos, ahí queda la rutina, el hastío de la vida moderna, el monstruo desencadenado que Grant Morrison llamaría "cronóvoro", devorador de momentos en el tiempo, que banaliza toda existencia y convierte en fango cualquier corazón. Al fondo es donde yace. Y ahí, con suerte, se quedará, durante toda su puta existencia.

sábado, 16 de marzo de 2013

Agujero Negro


Escribir patrañas difíciles de entender es una forma de evitar intrusiones en tu cabeza. Dejas las cosas caer, permites que asome un pedazo de lo que intentas decir, pero no todo, porque tienes la esperanza de que para saber lo demás vayan a preguntarte. Y tú les dirás que ni tú mismo lo sabes, aunque sea mentira. Dejas una libre interpretación como muestra de que hay algo que se les escapa, que no alcanzan a ver. Porque confías en que, aunque sea por un segundo, ella no te entienda, y que así el sentimiento sea mutuo.

Trato de agarrarme a eso e intentar ser ininteligible, lo intento con todas mis fuerzas, pero pierdo la partida. Sueño con un mundo sin tiempo. Sin tiempo que me cale los huesos, tiempo para pensar, aunque sea fugazmente (siempre suelen ser pequeños intervalos, aunque me veas en una espiral de llanto), en lo que se va por el sumidero. No soy yo lo que se va, ni es ninguna parte de mí. Estaba tranquilo en la ciudad, pensando que el frío terrible no me seguiría, que no me encontraría para romperme las entrañas. No pensar. Constantemente me lo decía: no pensar, no pensar, no pensar. Y así, no me torturaba ni me convertía en ningún mártir. Nunca tuve el peso del mundo sobre los hombros. Tenía un agujero negro en el cerebro que engullía cualquier parte negativa. Aunque durmiera cada noche en esa cama. Aunque las llamadas telefónicas no durasen ni un segundo. Aunque el poco contacto que quedaba fuesen espasmos de una cosa muerta. 

Pero claro, llegas de la ciudad, deshaces la maleta, y es otro universo. ¿De qué sirve poder caminar en silencio? ¿De qué sirve volver a este lugar familiar? ¿Para qué volver a los lugares comunes donde he dejado alguna huella? La seguridad que da volver de la ciudad a este ambiente se convierte en opresión. Cuatro paredes de hormigón que van cerrando el paso contigo dentro. Por muy pequeño que sea el piso de allí, no hay comparación. Porque llego aquí y solo hay una especie de compasión. Aunque me sienta vivo, latente, y en todas partes, me acaba apagando. Te dejo rozarme, pero no te acostumbres, entiendo entre líneas. Sabes que no vas a llegar a nada... dice ella. 
...pobre idiota, completo su frase, mentalmente. Y el agujero negro se lo lleva todo. Los muebles, la cama, los libros, todo empieza a flotar. Mi grito sordo, convertido en ruido blanco, lo hace estallar. Los muebles se descomponen en pequeñas astillas, los libros en cenizas que forman figuras ilusorias a mi alrededor. Quimeras y visiones extrañas. Y las llamadas telefónicas, el contacto perdido, el desinterés y los monosílabos. Porque un latido mío y un parpadeo tuyo a veces coinciden en la distancia y el tiempo perfectos, y una mariposa, que se encontraba a mitad del trayecto, se pliega sobre sí misma y se convierte en gota de lluvia. Dos corrientes de aire que matan cuando se chocan.

 Noto que no me puedes ver, ni oír, ni hablar. O que no quieres. Es un error que pida más, aunque nunca lo haya pedido. Y me repites que debería distanciarme y dejar de devanarme los sesos. Porque me ves dependiente y servil, piensas que no quiero olvidarme y que lucho por volver a Dios-sabe-qué. Aunque sólo luche, en realidad, por estar en paz conmigo mismo. Por no romper ninguno de los hilos imperceptibles que nos mantienen cruzados. Cerraría ese agujero negro y crearía un equilibrio de recuerdos y sensaciones, y así nunca volvería la vista con miedo. Porque no soy un obstáculo triste ni un pobre idiota lleno de esperanzas de mierda. Simplemente, busco sólo un equilibrio, el equilibrio de buenas historias que le debo a alguien como tú.

Siento soltarte todo esto. Es sólo que un tipo más listo que yo dijo una vez que hiciera buen arte cuando estuviera jodido. No sé que puede haber de bueno en esta cosa, pero intento hacerlo lo mejor que puedo. Y lo intento todos los días.