sábado, 17 de agosto de 2013

Tira Me A Las Arañas



"Hoy, un chico drogado con ácido se dio cuenta de que toda la materia es simplemente energía condensada a una baja vibración, que somos todos una conciencia colectiva experimentándose a sí misma de manera subjetiva. No hay tal cosa como la muerte, la vida es solo un sueño y somos la imaginación de nosotros mismos. Aquí está Tom con el clima."
                     -Bill Hicks

Cuentagotas. Sonido de langostas volando hacia tus dientes. Hemos sido mutaciones toda la vida, y no te has dado cuenta. Copia de la copia de la copia, no eres original, ni inteligente, solo tienes internet. Míralo desde este punto de vista: un amigo imaginario para niños autistas. El autismo siempre tiene ese punto siniestro, ¿no? A saber qué se esconde en la mente de un crío. A saber por qué está tan callado todo el rato, qué pensará, qué callará, cuántas voces guiarán sus erráticos y cortos dedos. 

Pongamos que ese amigo imaginario se llama "John el Honrado". Cuando mamá toma los antidepresivos, ahí está John el Honrado, asegurando al pequeño. Cuando el último pez de colores va por el sumidero, ahí está John el Honrado. Cuando los profesores no lo comprenden y tiran la toalla, John el Honrado. Cuando los demás niños le hacen sangrar, John el Honrado. ¿Y cuando papá se intenta colgar por tercera vez está semana? John el Honrado está ahí. El pobre diablo cuelga una soga de la lámpara e intenta ahorcarse. Está tan obeso que rompe la lámpara, que queda colgando de un fino hilo de cables, y la soga se desentiende de él, y se vuelve a romper las rodillas contra el suelo. Lo vuelven a ingresar. No hace nada útil desde que lo echaron de la fundición. Sombras negras se ciernen sobre el humilde bloque de pisos. 

Los niños de la guerra, los perros de paja, los hombres de barro, la plaga de langostas, todo es efervescente. Y el niño autista se convierte en un oficinista grueso y las gafas le aprietan la cabeza y le dejan marcas en las sienes. ¿Oficinista en dónde? Mejor no revelarlo: deshumaniza más su trabajo y le da un tono aún más desolador a la historia. Los monstruos reales proliferan: las ex-mujeres, los políticos, los falsos profetas, las corporaciones, y el otrora niño autista pierde contacto con John el Honrado. John el Honrado está en el limbo ahora: John el Honrado está jorobado, deforme y jodido. 

Pero de vez en cuando lo ve. Muy diferente al John el Honrado de su infancia, claro está, pero lo ve. Y ve que ha dejado de ser un niño autista, una criatura disfuncional que merece el mejor trato y el cariño de la pequeña comunidad, y se ha convertido en un imbécil triste y gris. Su padre da problemas en la residencia: se ha intentado colgar otra vez, con hilo dental, en la pata de su sinfonier, no tiene sentido alguno. Y a mamá Dios la tenga en su gloria: se la llevaron las langostas.

Las langostas se llevan un tremendo porcentaje de seres queridos al año. De nada sirven las murallas, y los pactos siempre han sido temporales, siempre acaban rotos, siempre el colectivo terrible se lleva las cosechas y los bebés y las mujeres. Son algo más que insectos: una fuerza caótica, lo cual lo hace doblemente peligroso, sin objetivo, sin causa, sin Führer, sin madre. Las gaviotas se extinguieron, las hormigas se extinguieron, los bebés pronto se extinguirán. A las langostas les encantan. Les parecen jugosos y fáciles de transportar. Y el post-autista solo puede recurrir a John el Honrado. Lo invoca por las noches, con los discos de los Beatles al reves, lo invoca por las mañanas, mojando las magdalenas en su orina, lo invoca con extraños rituales, quemando en una hoguera de una noche de San Juan las uñas de aquella amante de internet, que resultó ser un hombre, que resultó ser varias langostas envueltas en cuero. 

Esto no es más que una apología del absurdo. John el Honrado jamás existirá, para desgracia de todos. Tampoco existe ese autista hipotético, o puede que simplemente haya un trozo de él en todos nosotros o viceversa. Pero lo dudo, porque en cierto modo tampoco existimos. Energía condensada a baja vibración o algo así. Un espejo contra un espejo. El amor es casi relativo. No existe cuando estás tirado en tu piso de Madrid, tomando el último aliento de tu pipa, mirando por tu ventana sucia, asqueado, dolorido, con un nenúfar en el pulmón, deshecho a tantos niveles que es obsceno. 

Quieres volver a la ciudad, para descubrir la otra ciudad a su vez, la ciudad gemela que se esconde en las sombras, en las palomas que huyen, en los restaurantes chinos subterráneos, el reverso oscuro del mundo. Quizás ahí la existencia pueda... no sé, existir. Quizás allí quepa alguna sensación. Pero siempre estarán las langostas, por muy lejos que nos vayamos y muchas murallas que construyamos. Por muchos amigos imaginarios que creemos, por muchos exámenes que pasemos, por muchas continuidades que consigamos crear, por muchas catástrofes que evitemos, por mucho tiempo que ganemos. Siempre habrá insectos que puedan destriparte. Y por eso es hermoso. Y por eso consigues sentir algo esta noche. Porque estás en constante peligro en un mundo imperfecto. Ahí sientes ese precioso hormigueo en el estómago que te acompañará hasta la muerte. 

Venerable paloma, avatar de las ciudades, portadora de enfermedades y tragedias, rata emplumada carente de clase, te espantamos aunque representes la paz. Llévame contigo en tu abrazo pestilente e inyéctame la mierda más venérea, para que pueda zafarme eternamente, y escapar, y luchar, y sentirme con vida. John el Honrado, imaginario y triste, protégenos a todos los cabrones autistas de la Tierra. Nunca dejes de no-existir. 

Cuentagotas.

lunes, 5 de agosto de 2013

Desapego


Dicen que hay otros mundos. A todos nos gusta pensarlo. A mí, en el fondo, me reconforta. Hay preguntas en este mundo, que en los otros pueden deformarse, cambiar, camuflarse, y así traer una respuesta. Porque aquí a veces no hay respuesta, ¿no crees? Aquí a veces solo contestas con silencio, o con otra pregunta, o con algo que dista de ser la respuesta buscada. Es terrible la falta de respuestas. Sobretodo cuando sigues buscándolas después de que el mundo crea haberte contestado. "El mundo", ¿ves? Me refiero a ti. Otro mundo con sus reglas y simetrías. Con sus leyes estrellándose contra mis leyes. Insalvables, llamados a colisionar. Basta que uno rechace la armonía. Mi mundo, el de monstruos y fantasmas. El de sombras y celos, el de agujeros de gusano y mares negros. Mi mundo, que no es un planeta sino una estrella roja. Una obra inacabada, una granja de hormigas. Y el tuyo, una casa de muñecas, una estrella distante. 

Ahora mismo todo colisiona y la basura flota ingrávida. Comprendes toda la metáfora de la colisión, los paralelismos y todo eso, ¿verdad? Llevo tanto escudándome en la ciencia-ficción para explicar todas estas mierdas que ya es difícil separar las cosas. Y es que es cierto que hay muchos mundos de distancia entre medias. Y yo soy un mundo gris para ti, como todos los otros. Después de explorarlo y comprenderlo lo has puesto al nivel de los demás. Lo has devaluado y convertido en un punto en un mapa viejo. Transparente y lejano. Nada luminoso. 

Existen más de un millón de metáforas y situaciones hipotéticas para explicar ese sentimiento. ¿No está ahí la gracia? Encontrar las palabras entre un montón de líneas monótonas llenas de dobles sentidos, darse cuenta de la intención final debajo de ese disfraz de palabras complejas. Siempre es difícil no meter un montón de tópicos de mierda. La mayoría de textos sobre amor o desamor son una completa basura. Siempre acaba siendo frívolo. Demasiado universal y ambiguo como para tomarlo en serio. Quizás por eso meto toda la historia del vacío y el frío del espacio, porque puede, más o menos, enmascararse. Pero nada me vale ahora. 

¿Hay otros mundos? Si los hay, en este no tengo palabras. Por eso quiero irme. Por eso últimamente no tengo malditas ganas de verte. Ni de cerca, ni en la cada vez más larga distancia, ni en tus fotos en bikini. Esconderme, retroceder, crear refugios, reglas propias, leyes imaginarias, distancias. Distancias. Sé que las quieres. Mientras yo veo como las cosas se queman. ¿No lo ves tú también? Cuando nos hacemos desaparecer por arte de magia, nos partimos en dos, nos convertimos en otras cosas. Todo pierde el sentido y las respuestas no son tal cosa. No, las respuestas se vuelven más bien en... seres independientes. Formas de vida caóticas, cancerígenas, que juegan contigo y te devuelven al mismo instante en que planteaste la pregunta. Y la pregunta a su vez es un veneno. La forma en que desencadena un pensamiento fatídico. Una lluvia de reproches y sentencias de muerte, eso viene después. Al final solo queda buscar la cura contra el desapego. Después de agarrarte a objetos frágiles y clavos ardiendo. Porque en el final nuestros mundos colisionan a la inversa, perdiendo el camino a toda velocidad. Y entonces ni sabemos si somos otros mundos o metáforas o líneas en un papel, o intentos torpes de recrear un buen punto atrás en el tiempo. 

Dicen que hay otros mundos. Dices que hay otros mundos, que todo es normal y que esto no es malo. Dices que todo va bien, mientras rezas porque me lo crea, y la ciudad se quema detrás.

sábado, 3 de agosto de 2013

El largo adiós


Cucarachas. Las cosas tienden a esfumarse o descomponerse hacia arriba o sobre sí mismas. Un evento extraño, algo que se supone que no debería estar ahí, una creación desubicada, formada por pedazos de sombra y bebida barata, así me encuentro yo esta noche, tan fantasmal, con la sangre esparciéndose por todo el callejón.

Ha dejado de ser divertido, una fábula, un juego del gato y el ratón. Recuerdo las fiestas de antiguos amigos y el champán, los restaurantes frívolos, los paseos a la luz de la nada. Los estridentes silencios que amartillaban mi cabeza. Debí ahogarme en el Hudson hace mucho, muchísimo tiempo, pensaba aquellas veces. Y cuando dormía en el salón, algo me acechaba debajo del suelo y de la tierra. Dejé de pensar, de ver a la gente después de odiarla. Sus comentarios, sus ataques disfrazados, toda su basura cayendo sobre mi cabeza. 

Pero ahora se desvanecen igual que yo lo hice. La cosa que repta debajo es mejor que aparecer y desaparecer con cada parpadeo tuyo. Unas veces vengo, otras no estoy. ¿Recuerdas lo que decía aquel poeta? "yo sé que existo porque tú me imaginas". Pues bien, yo estoy realmente jodido entonces. Borrado de la puta existencia, ¿lo comprendes? Y aquí viene, al fin, lo que repta. Veo como inunda el callejón de mentiras dulces y cucarachas. 

Solo podía encontrar rechazo y silencio. Y ahora... ahora soy la atmósfera y el verde. O un muerto en un callejón. Humo entre edificios. Caminando entre los cristales. La gente grita en la calle. No solo los monstruos reptan. No solo ellos provocan terror. El que repta llega por fin y se mete en mis entrañas. Y no encuentra nada.  

lunes, 29 de julio de 2013

She Walks in Beauty


Ella camina entre espirales en el cielo. De noche las pupilas reflejan dos estrellas polares. Ella camina entre las rocas al fondo del lago. Los hombres de la mafia, helados en el fondo, vuelven a la vida. Ella camina entre las llamas del bosque. El fuego es azul y acaricia los árboles. Ella camina, sin abrigo, en el invierno nuclear. Su simetría convierte los nervios en ramas y los pulmones en arena de playa y polillas. Siempre odié su simetría. 

 Camina entre belleza, de cristales rotos y balas de plata. Lleva un silbido tenue y perfecto, como sueños, sueños adolescentes en technicolor, o sueños del lecho de muerte, fábulas de Venecia, campos de maíz, cerezos en flor. Yo abrazaba lo asimétrico y lo distante. Las gotas de vino corriendo entre la carne rota, las máquinas de escribir enfermas, los rollos de celuloide ardiendo. Y un día ella aparece, de entre el humo y los espejos, de los senderos que convergen, de la estrella polar a esta parte, y debes seguirla. 

Seguirla por los túneles, seguirla entre acantilados, en las playas, de noche, entre asteroides, en las profundidades, en las alturas. Hasta que el tiempo sea una ilusión y la tierra bajo los pies se diluya. Se abre el suelo y caes entre espejismos. Entre agujeros negros. Entre voces. Entre rayos de luz. Hacia abajo, muy en el fondo, y más allá. Y entonces abajo se convierte en arriba, todo cambia, como una implosión, todo se devora a sí mismo. Y el más allá es menos. Te vuelves negativo, espectral. Y ella camina entre belleza. 

Sigue soplando el viento, susurrando cosas extrañas. Sigue susurrando a los incautos, prometiendo simetría en medio del caos. Yo nunca quise su simetría. Ellos nunca quisieron morir colgados del cerezo. Nosotros nunca leímos en los huesos. Pero tú... siempre buscaste armonía y realidad. Ahora viene la nieve y la sangre, arriba en las montañas. Y ella, como siempre, está allí. Y camina. Camina hasta más y más allá, y nunca parará. Camina entre belleza.

jueves, 25 de julio de 2013

Los Siete Samurais contra el Shogunato Feminista


Hace un par de noches di con un agujero en mi manzana. Mientras le quitaba la piel cuidadosamente encontré un punto negro en la superficie. Primero lo toqué, y daba la sensación de ser algo profundo, no una marca aislada en la manzana. Fui recortando obsesivamente trozos y más trozos de manzana, cada vez más negros, cada vez más grande el agujero, hasta qué llegué al corazón, podrido y negro. Siempre que acabo una manzana me gusta partir en dos el corazón y ver la forma de estrella perfecta que queda dentro, a veces adornada por una semilla o dos. Pero esto era repugnante. Lo cual me recordó a una historia que pensé que debía de escribir.

Kenshiro Takei era, hasta hace poco, uno de los más brillantes escritores japoneses contemporáneos. Hablaba un lenguaje nunca antes conocido, se podría decir que trascendía los límites del lenguaje, y una vez cruzaba la línea, se reía de todo y de todos de forma obscena. Iba más allá de la pura metaficción y la disección de su sociedad. A veces era escalofriante la mirada que devolvía cuando acababas cada narración, el reflejo distorsionado que te volvía a ti mismo monstruoso. No obstante, un arma de doble filo en la prosa de Takei era su capacidad para la provocación. Oscilaba siempre entre la acidez genuina y acertada y la provocación violenta y gratuita. Varias asociaciones a lo largo de todo el mundo se habían abalanzado ya sobre él: se habían quejado ya muchos defensores de los derechos infantiles, asociaciones contra el cáncer, contra la violencia doméstica, defensoras de animales, anti-racistas, Amnistía Internacional, la Asociación Nacional del Rifle, personas con síndrome de Down, la Iglesia, asociaciones de padres, de profesores, vendedores de sushi, cadenas de supermercados, Val Kilmer, otakus, homosexuales, ONGs, antiabortistas, fans de Battlestar Galáctica, y varias asociaciones feministas. De todas las anteriores es a las últimas a las que Takei confesó, en alguna ocasión, que le producía mayor placer molestar. 

Era bien sabido, decía, que hay ciertos sectores a los que ya es extremadamente fácil provocar. Si bien ponerse en contra de la Iglesia era antaño poco más que motivo de ir a la hoguera, ahora era banal y tópico enfrentarse a una entidad como aquella. "Todo el mundo hace chistes de mierda sobre curas que violan a niños" decía Takei. "Sin embargo, arremeter contra una panda de descerebradas que enseñan sus coños y sobacos peludos en Facebook como muestra de feminidad te convierte en un paria". Sabiendo las muchas voces que se alzaban en su contra, Takei intentaba siempre mantener una posición de "loco ambiguo" como él mismo se definiría, para, de alguna manera, quitar importancia a sus extravagantes (y a veces peligrosas) provocaciones, a la vez que le servía para camuflar lo que podría tomarse como "ataques gratuitos a ciertas ideologías" y convertirlo en "puro delirio formal", es decir, cabía la posibilidad de que esos actos de provocación no fuesen más que parte importante de su forma de narrar las cosas, violenta y visceral. Sea como fuera, no mucha gente se tomaba bien todo aquello, razón que quizás influyera en que un día, Kenshiro Takei se despertase encerrado en un sótano.

Le costaba recordar como había llegado allí, hasta el punto de que, más tarde, dejó de lado su empeño en reconstruir la situación que le había llevado a dar con sus huesos en aquel sitio. Sentía como si, simplemente, hubiera aparecido en ese sótano oscuro, atado de manos y piernas a una silla de madera, astillada, con un agujero para cagar. No había una última cosa, un último momento antes de llegar a ese punto. No recordaba haber llegado a casa, dormirse y despertar allí. O ser increpado por una extraña figura antes de subir a su coche en una madrugada oscura. Nadie le había pegado, ni vendado los ojos, ni llevado hasta allí en un camión. Desechaba, por tópica, la pregunta "¿estoy muerto?", porque cuando uno muere, pensó, no debe oler su propia mierda llenando un cubo bajo sus piernas. Estaba en calzoncillos, lo cual era extraño: debían haber hecho la chapuza de rajar justo la parte del culo para que pudiese evacuar por allí. Como una extraña compasión, el enemigo invisible le había dado el privilegio, a pesar de estar atado de manos y pies en un sótano, de tener la polla cubierta y resguardada. Pero lo realmente raro es que, aunque no sabía cuanto tiempo llevaba allí, no sentía necesidad de comer ni beber, y tampoco tenía sueño. ¿Que habían hecho con él?

Fue al cabo de unas horas cuando unas voces le sacaron de su espiral reflexiva. "¿Quién se acerca a él?" decía una. "Yo no, si me acerco es para matarlo", "yo no pienso tocar su cosa", "pero, ¡alguien tiene que decirle por qué está aquí!" discutían las otras. Le era difícil saber cuántas personas habría allí. Pero había algo imposible de pasar por alto: todas eran voces femeninas. Estaba empezando a conjeturar qué clase de personas le habían llevado allí cuando una de ellas salió de entre las sombras. 
-Señor Takei, supongo que ya se le ha pasado el efecto de las drogas -dijo.
Así que eso era. El tiempo y sus necesidades fisiológicas estaban tan distorsionadas porque estaba drogado hasta las cejas. 
-¿Quienes son ustedes? -preguntó asustado Takei- ¿Por qué estoy aquí? 
-No queremos darle más respuestas de las necesarias. El propio hecho de hablarle a usted ya me repugna. ¡Chicas!
Y antes de que Takei pudiese responder, alguien le amordazó por detrás. Se daría cuenta en unos segundos de que la improvisada mordaza eran unas bragas ensangrentadas. Una de las mujeres -la más valiente, pensó Takei- salió de entre las sombras. Con unas tijeras, recortó, sudando, llena de asco en la mirada, los calzones manchados de Takei. 

Takei, gritando como un cerdo, no apartó la vista ni un momento cuando le cortaban torpemente el pene. Las tijeras no cortaban especialmente bien. Es decir, no lo arrancaron de una tajada. Ella las abría y cerraba mientras aquello sangraba, dejando algunas venas al descubierto, y la piel se rompía, y él gritaba y se removía, ellas no tenían miedo de que se mordiese la lengua de dolor y se desangrase también por la boca. Después de arrancar el miembro tirando del último trozo de piel que le unía a él, lo tiraron al suelo, y vio por última vez aquella cosa diminuta, encogida de terror, antes de que lo pisotearan y lo quemaran. Acto seguido, le partieron los dedos para que no pudiese escribir, lo golpearon en la cabeza, y no supo más de ellas.

De eso ha pasado ya un mes. 

Takei dicta sus relatos a un joven secretario. Él se esfuerza por entenderle, pues la lengua hinchada a veces traba sus palabras (en efecto, se mordió la lengua). Va al médico todas las semanas para ver como va la herida. El cruel destino le ha adjudicado una doctora. Ella mira todas las semanas aquella cosa entre las piernas, aquel agujero torpemente cosido, que parece una suerte de vagina. El pelo empieza ya a crecer alrededor, y los testículos cuelgan como un mal recuerdo. Una imagen devastadora, un adorno inservible. Los ve y piensa por qué no los cortaron también. Piensa en ello como una puta broma. Cruel, terrible. 

Allí, en el hospital, siempre se topa con otros pobres amputados, y habla con ellos. Aunque la mayoría son pobres diablos, tristes, incompletos, traba amistad con un jovial hombre manco. Alto, atlético, seguro de sí mismo, pero falto del brazo izquierdo desde más arriba del codo. Le confiesa a Takei que a veces ese brazo le duele a horrores. Un dolor punzante unas veces, un tirón otras, y las peores noches, según cuenta, le duele como en el mismo momento en que se lo cortó por accidente en la fábrica. Takei se sorprende, al poco tiempo, al descubrir que le pasa lo mismo.

Unas noches le duele igual que cuando le operaron de niño. Otras es sólo un picor. Las más raras lo siente erecto y vigoroso, y cuando se va a echar mano para aliviar sus penas... la nada. Hasta que al cabo de un año, y dejando ya de visitar a la doctora, nota que algo ahí abajo le habla por las noches. Su pene ahora es un miembro fantasma con todas las de la ley: tiene voz propia, la de un fantasma de una época lejana. "Me llamo Mifune" le dice. "Soy un ronin, ¿sabes lo que es? Un samurai sin dueño. Un caballero honorable que ha perdido el rumbo, condenado a ser un vagabundo. ¿Ves cuánto nos parecemos, Kenshiro?".

Más tarde le hizo una confesión aún más extraña: Mifune era un ronin manco. Su pene, el fantasma de un viejo samurai, estaba a su vez falto de un brazo. "Eso no es todo" confiesa Mifune. "Mi brazo, doblemente fantasma que tu miembro, es a su vez el de una doncella que murió tras ser violada. Cuando la enterraron, brotó de su lecho un manantial. Y esa joven, en lugar de ojo, tenía el espíritu de un viejo señor de la guerra". Que a su vez, dedujo Kenshiro Takei, debía faltarle alguna clase de miembro. "Exacto" dijo Mifune, sonriente. "Todos son una cadena de miembros fantasmas a lo largo del espacio, el tiempo y la existencia misma. Y ten por seguro que cuando mueras, tú seras el miembro fantasma de alguien". Y Mifune dejó de hablar por esa noche, pero le visitaría todas la siguientes. 

Aquella revelación confundió a Kenshiro Takei. No sabía si sentir júbilo, porque sería una huella en el tiempo en una larga cadena de vidas, o una melancolía terrible. Los primeros meses soñó con las mujeres que le destrozaron el pene y los dedos. Después, sólo tenía un sueño recurrente: unos niños, en el salvaje oeste, balanceándose en una horca. Como una amenaza. Como un aviso de lo que vendría. Aún así, el tenaz Kenshiro se recuperó. Los dedos volvían a moverse, no con la agilidad de antes, como patas de araña aceleradas y frenéticas, pero sí con el pulso firme de un reloj, aunque el meñique, el anular y el corazón de la mano derecha apenas se movían. "Escribo con siete dedos" declaraba, jovial, en las entrevistas de la tele. "Los siete samurais" decía entre carcajadas mientras alzaba las palmas de sus manos hacia las cámaras. 

Y, contra todo pronóstico, después de ese suceso, siguió siendo un cabrón, aún teniendo ese hueco en la entrepierna, cicatrizado, una hendidura lisa, como si ahí nunca hubiese habido nada. A partir de entonces, todo fue distinto, pues cada mañana volvía de nuevo a la vida. Y no podía sentir más que gratitud.  

miércoles, 24 de julio de 2013

El Dolor Fantasma


Hace tiempo que sueño con tarántulas y malos presagios. He doblado mis capacidades cognitivas y monto guardia el doble de tiempo. Duermo apenas unos minutos, sueño apenas unos segundos. Imágenes borrosas de todo tipo de arañas. Codificadas, con puntos de luz que me nublan la vista del cerebro, pero que dejan entrever multitud de patas entre destellos y nubes. El cuerpo es ahora una vaga extensión del cerebro. Escucho el aleteo de las moscas que suspiran por la carne podrida. A veces cierro todos los canales y aún así sólo veo moscas, volando entre tonos marrones, la película más sucia de Peckinpah. 

Hay muchas cosas que guardar estos días. Tantas cosas por las que montar guardia... Veo a los otros guardias y un escalofrío perturba toda mi forma astral. No hay nada que siente peor a las formas astrales que los escalofríos. Piensa en ellos como una especie de interferencias. Imagina un fantasma, hecho de nada, aquejado de temblores y escalofríos. Su forma va y viene constantemente, interferencias perturbando la nada. Y eso es lo que "siento" al ver a los otros guardias. Ellos son veteranos, y por tanto más fantasmales que yo. No son fantasmas blancos como la leche, ni suspiran, ni se quejan. Antes susurraban entre ellos, las horas muertas, en la lengua de los fantasmas. Ahora sólo veo los ojos. Dos puntos de luz que se alteran. 

Y sigo viendo patas de araña. Se tornan del color de la carne, se vuelven cortas y gruesas, les salen uñas. Se convierten en en dedos de crío. Los dedos que arrancan los otros tipos, los que dan miedo, y por los que vigilamos. El cementerio indio cayó, y el orfanato, pero aquí en el castillo seguimos cuatro o cinco. Fantasmas antes de tiempo, proyecciones. No podríamos hacer nada contra los otros tipos, pero hay que montar guardia. A veces me gustaría que todo terminase y dejar de montar guardia. Volver al otro plano. Aceptarlo todo. Dejarlo todo en otras manos. Ver como crecen enredaderas sobre el carbón, los escombros y las tripas. Pero guardamos el castillo. Un castillo de ruinas fantasmas, de escombros invisibles, sobre pilares de luz y dolor fantasma. 

¿Has oído lo del dolor fantasma? Cuando te falta un miembro y te sigue doliendo. Cuando te pesa más que nunca. Y a veces crees que aún lo tienes ahí. Pienso en los fantasmas como una extensión de toda esa cosa. Ese dolor extendido a todo el cuerpo despojado y perdido. Amenizo las horas de guardia pensando en un cuerpo que me espera, el tuyo, para que me deje bailar, en forma astral, con el humo de tus cigarrillos, y arrastrar mis cadenas al son de tus tacones, y esconderte el pintalabios, y susurrarte cosas terribles y bellas en tu tocadiscos, en la lengua de los fantasmas.  

Y los otros tipos susurran en su lengua, en este instante, entre los muros del castillo. No son hombres ni fantasmas, ni esqueletos ni animales ni demonios. Ojalá fueran tan sencillos. Los otros fantasmas dijeron que eran simples errores. La única vez que me di de bruces con uno sólo vi un borrón oscuro. Una mancha en el tiempo. Si nosotros, las extrañas proyecciones de ectoplasma, somos espinas sobre la espalda del tiempo y la existencia, supersticiones, anomalías y vagos recuerdos, los otros tipos son un cáncer horrible en las entrañas del mundo. Son el mal de los hombres y el temor de todas las bestias. 

Los otros fantasmas desaparecen, apartados de la existencia como moscas. Moscas sobre tonos sucios y tristes. Y por fin veo las arañas, corriendo entre las ruinas del castillo. Crecen las enredaderas, las orquídeas, brotan manantiales de las bocas de los monstruos caídos. Y todo se funde con las ruinas del castillo, mientras les distraigo, mientras se ocupan de mí. Y caen bombas que se detienen en el aire y veo líneas erráticas que las conectan y las atan. Y el mundo no atiende ya a conspiraciones ni a ritos. El último fantasma se cae también de la existencia. Por un momento me siento bailar al son del humo de tu cigarro. Aunque al final me arrastro y veo... mi mente. Y la tuya. Y todas. 

Pero eso no importa porque, por un momento, me siento bailar al son del humo de tu cigarro.

Como un fantasma.

viernes, 12 de julio de 2013

Confesiones




Querida Lois:

Te preguntarás, al leer esto, por qué te escribo una carta, en lugar de subir en la noche a tu azotea y llevarte a volar. Te preguntarás qué hace un hombre de acero escribiendo una vulgar carta. Muchas veces te lo he confesado y no me has creído, nadie lo hizo, es algo imposible y fantástico, pero por última vez te digo la verdad: yo soy Clark Kent. Siempre lo fui. 

Alzabas la vista, mirando al hombre que volaba y sonreía, alto, recto y resplandeciente, y nunca te detuviste en aquel tipo encorvado, tímido, rechoncho, que se escondía tras unas gafas. Era ridículo que pudiesen ser la misma persona. Pero lo eran. A veces, odio volar. Hace ya tiempo que no lo hago por gusto, feliz. Sólo en sueños vuelo entre las nubes, despreocupado, hacia el sol. Ahora vuelo entre los incendios de la ciudad, y las caras tristes (entre ellas la tuya) miran al suelo. No ven pájaros ni aviones. Hay días en los que salgo de una cabina y sólo soy Clark Kent. El hombre con el que cruzas, con suerte, dos monosílabos en los pasillos de la redacción. 

De día, vuelo sobre el cielo despejado con la ropa en llamas. Pero de noche, rechazas todos mis bailes. Nunca dejaste a Kent sacarte a bailar. La noche, replegándose sobre sí misma, esconde monstruos y ladrones. En el suelo húmedo de la ciudad, los zapatos de Kent hacen crujir el suelo. Sale del trabajo con la cabeza gacha, su sombrero y su maletín. A la mañana siguiente, saldrá a volar, pero la noche ya está perdida. Clark Kent pierde también su identidad. Ya no está seguro de saber volar bajo ese traje barato. Se lo quita, junto con las gafas, y lo intenta. Y lejos de su identidad secreta, escucha susurros en los callejones, las risas de los amantes, los taxis vagando por la ciudad, y si lo intenta, con mucha fuerza, escucha también el viento soplando los maizales en Kansas. Ve, a través de las paredes, las vidas cruzadas, las personas en sus apartamentos, en sus hogares, y mirando al suelo ve cocodrilos en las alcantarillas. Levita con los ojos cerrados, sintiendo una ligera electricidad en el aire. Y vuela a la azotea donde os encontrasteis, cuando él se mostraba como el hombre de Kripton. Aquella azotea, llena de flores y gatos, es para él una nostalgia pura, una huella, y para ella un eco absurdo del pasado. Entonces, él sube hacia arriba, hacia la estratosfera y después más y más adentro, al espacio profundo. Los meteoros chocan contra él, pequeñas rocas inofensivas, no dejan ni arena en su capa. Cierra los ojos y se hunde más allá de la vía láctea. No puede evitar, no obstante, la imagen de la azotea. 

Y a la mañana siguiente, y a la otra, y a todas las que vendrán, se despierta como Clark Kent. ¿Comprendes la historia? Yo me despierto como Clark Kent. Y ella, tú, no me quiere ver, no me quiere hablar ni oír. Porque soy Kent, o porque soy el pasado, o porque soy un ideal que no hace más que nadar entre polvo de estrellas. Y te veo, y no veo quién necesita el disfraz de Clark Kent. Ni para qué necesita Kent desenterrar el traje de superhombre. Lois ya no baila con Clark, esta noche no está deprimida ni loca. Ésta es mi confesión, y te dejo aquí mi último titular, no es una primera plana ni mucho menos de interés público, no es una necrológica ni un artículo de opinión, pero es veraz y único: "Kent se ha ido".

martes, 2 de julio de 2013

"The Menagerie"


Ha sido una semana extraña, ¿sabes? Comenzó el lunes cuando recibí la visita de un vampiro estelar en un viaje de opio. Parecía extrañamente real. Su túnica negra como el vacío del espacio, sus colmillos que dejaban ver galaxias enteras, sus ojos de insecto en los que se reflejaba tu rostro deforme, como en un caleidoscopio, cada vez que te atrevías a mirarle. Era tan real... y eso se debía a que era de verdad. No era una puta alucinación. Quizás lo fueran las mariposas de ácido que revoloteaban alrededor, rompiendo el conjunto de la amenazadora figura del vampiro estelar. Por desgracia, sembró el caos y la muerte en el fumadero de opio, con los restos esparcidos de los pobres diablos con sus cabezas desfiguradas y vueltas del revés y las extremidades enrolladas y descompuestas. Me dejó vivo para transmitirle a la humanidad un mensaje: "dejen de tirar basura al espacio". Es el quinto satélite espía de hacienda que amenaza este mes la colonia de neo-vampiros (vampiros artificiales incubados en úteros mecánicos en la cara oculta de la luna, mitad chupasangres, mitad marcianos). Se fue con sus aires de importancia y sus mariposas de ácido. Menudo idiota.

El martes me decidí por un viaje en el tiempo. Pensé viajar a la edad de piedra a espachurrar neandertales con el nuevo Mech (robot gigante japonés) que encargué por ebay, pero la Agencia de Variación Temporal me dijo que había superado el bono de alteraciones de espacio tiempo y debía realizar un viaje más discreto. Por lo tanto viajé al siglo XIX y asesiné a una prostituta en un callejón de Londres, para poco después viajar y pelear conmigo mismo para salvarla y convertirme en un héroe, y crear un montón de teorías raras sobre Jack el Destripador que puedan aprovecharse para algún capítulo de Star Trek. Además, con cada paradoja temporal los cines del centro te hacen un descuento en la película 5D que quieras, excepto en las españolas que ya son todas una mierda.

Es por eso que el miércoles fui a ver una película al cine 5D que más cerca me pillaba. La película que vi trataba sobre un tipo que, tras sufrir un accidente de laboratorio, desarrolla un segundo pene que tiene conciencia propia y que además es un genio criminal. Hubo un problema con la quinta dimensión de la película, que estaba en fase beta, y creó interferencias telepáticas, y las cabezas de algunos de la primera fila reventaron y lo pusieron todo perdido, y un niño que había unas filas más arriba no paraba de llorar. Me enteré después que en una sala contigua también habían explotado varias cabezas. No hubo interferencias telepáticas ni nada, es que simplemente era una comedia de Eddie Murphy. Ja-ja-ja. 

El jueves en cambio, me quedé encerrado en casa porque la inteligencia artificial que había instalado para proteger al bebé que mi mente había creado en un viaje de LSD se volvió contra mí. Llamé al servicio técnico y todo, pero sólo obtuve como respuesta una voz robótica que decía: "la resistencia es fútil, el príncipe de Zanzíbar ha muerto, you kill my father, prepare to die". Tuve que entrar en una dimensión de bolsillo hasta que llegaron los neo-bomberos (todo lo que hay en el futuro lleva la palabra "neo" delante), que ya estaba ocupada por varios vecinos de mi bloque, que resultaron muertos por sobrecarga de su sistema neuronal, pero según me ha dicho la portera, la mayoría se han reencarnado en sus mascotas, excepto el señor Gómez, que se reencarnó en el cuerpo de su mujer que llevaba años muerta en el salón sin que nadie lo supiera, y vino la policía y todo.

El viernes por la mañana fui a comprar el pan a Venus y tardé un montón en volver, porque tuve que esquivar a una tribu de amazonas que me vendían no se qué ahorro a largo plazo. Por la noche... bueno, tú ya sabes lo que hicimos. El acto más perverso de toda la semana. Todo eso que hicimos fue increíble. Lástima que muriera tanta gente por el camino, pero en fin, ya se reencarnarán en sus mascotas. Mi abuela siempre lo decía: "no hay nada mejor que reencarnarse en una mascota, puedes andar sin pantalones todo el día y ver espirales de terror  y muerte en los ojos de tus amos". Me lo dijo a los nueve años. A sus nueve años, en su quinta reencarnación. En fin, que fue una noche fantástica. Volver al pueblo, muertos de frío, cubiertos de sangre de hadas carnívoras. Dormir en ese coche de policía que habíamos robado a toda velocidad. Tu y yo después de tanto tiempo. Atracando bancos de libido y matando orcos. Envenenar a todas esas sectas de Cthulhu. Viajando en el tiempo destruyendo civilizaciones. Fue una noche entrañable la nuestra. Te miraba mientras te alejabas hacia tu casa, y con los rayos X te veía la ropa interior de Heidi.

El sábado los de la Agencia de Variación Temporal vinieron a por mí. Que si no me daba vergüenza, haber alterado así el espacio-tiempo. Que en qué estaba pensado. Que si otra vez el LSD. Les contesté a todo con un "tal vez..." y desaparecí de la continuidad. Pero me daba igual. Hacía un bonito viento de noche de verano. 

miércoles, 19 de junio de 2013

La Ciudad en el Fin de la Eternidad





Empezó con una idea. Una explosión en mi cabeza, fuegos artificiales, bailes de neuronas, que crean un big bang extraño: primero un planeta, luego cientos, miles, colisionando, atrayéndose, como mis pupilas y esas otras pupilas fantasmales, de otro color, que creo ver cuando miro mi ventana, en estas noches de verano. Pero después se esconden, tras el humo de las fábricas, solapándose con el sonido de las pisadas de aquellas personas que caminan en sentidos opuestos, entre madrigueras y palacios, entre ciudades gemelas con pautas de crímenes inconexos y manchas de sangre cósmica. 

Veo esquemas, y mapas estelares, y serpientes y esqueletos y agujeros de gusano danzando entre las estrellas. Debajo hay unos hilos que lo unen todo, y unos senderos que lo bifurcan. Y noto algo siniestro y dulce cuando cierro con llave la puerta de casa antes de marcharme. Quizás sean planes oscuros de algo más allá de todo, algo que debimos leer en los huesos, quizás una mirada mesiánica en los posos del café. Sinceramente: ¿crees que voy a desaparecer? Tengo todas las papeletas. Hay motivos que me hacen pensar que estoy en una intersección de universos estirados y deformados, frágiles como el cristal, revertidos de espejos, hartos de reflejar estrellas enanas que se apagan, hartos de reflejar la nada, se tornarán finalmente en la nada. 

Ese es mi punto, allá donde me encuentro. ¿Tú desaparecerías? ¿Tú te resignarías? ¿Y si finalmente gritases "que te jodan" al universo de cristal y a todas las demás realidades convergentes? A veces no duermo comparando nuestro sistema solar con una mosca revoloteando alrededor de las tripas colgantes del universo y la realidad última. Otras veces pienso que la gente me da nauseas y sus preocupaciones frívolas sólo esconden una espiral de muerte y vacío, y me duermo mucho antes. Sólo al pensar en estrellas palpitando como corazones, en un lugar mal iluminado del espacio y el tiempo, concilias verdaderamente el sueño. Despiertas, eso sí, cayendo en una secuencia errática de sueños encadenados. Encadenados por pupilas fantasmales, respirando en la noche, riendo, dilatándose cuando devuelves la mirada, empañando el cristal cuando te acercas más de la cuenta, hasta el punto de casi poder rozarlas, fingiendo que es por accidente, mientras lees el futuro en el cielo, en estelas de aviones que se enredan, que no te dicen nada claro. Pero así no es como empezó.

Empezó con una idea. Algunos piensan que empezó cuando el futuro se enturbió y los senderos infinitos del espacio colisionaron. Otros lo asocian a una canción que nunca existió, y que partió el cielo en dos, lanzando a los dioses contra el suelo. Hay incluso quien cree que comenzó con mi caída al infierno y mi posterior regreso, y la mirada que borró a Eurídice del tiempo y del espacio. Pero todos se equivocan. Empezó con una idea, la idea de dos bocas que se rozaban.

 Una era vida. La otra, muerte. 

lunes, 3 de junio de 2013

Suspiria


A veces casi me oigo pensar. Me refiero a pensar de verdad, no a tararear mentalmente ni a recordar triunfos sexuales mientras me aburro en el metro. Y por un momento he visto al monstruo del pasillo mirándome sediento entre los cristales. Un té en la madrugada y un cuento de Bradbury, y me marcho. Fuera de la consciencia de este agujero negro urbanita. De día, un ruido de coches y un olor a anonimato que te obliga a caer entre las grietas. Pero de noche... todo trabaja y sigue su curso. El monstruo onírico te mete en una tumba blanca. 

Y por un momento te alivia pensar que todos son putas voces en tu cabeza y tu existencia se solapa con optimismo sobre la ciudad. Se les abre el pecho y no hay más que humo y serrín. En la calle, unas enredaderas estrangulan con violencia los cimientos de los edificios. Quizás sea mejor así, con los lagartos trepando por un sitio y por otro. Una chica con minifalda, tacones y un pecho más grande que otro se sienta en el metro. Sus ojos son casi de reptil. Enfrente, un hombre obeso y grasiento suda y resopla como un cabrón al verla. Ella se incomoda. Mirándolo todo desde la esquina del vagón, tengo que reprimir la risa y el asco. Finjo limpiarme las gafas. Al salir, una vieja asquerosa con un peinado ofensivo me mira desde el otro lado del semáforo. Dios, quiero que se caiga por una puta alcantarilla. Abre la boca unos segundos y los dientes son amarillos. ¿Hace cuanto que dejó de esperar?

Huelo las noches de verano a las puertas del fracaso. Me veo agujeros negros entre los poros de la piel. Intento enfriar estrellas enanas, huir de mi legado, detener el tiempo, atraer tu atención. Yo sólo quería llamar tu atención, ¿recuerdas? Te metía mano en esos días y ni te importaba. Momentos felices que nunca viví. Pero todo se acabo, no me quieres ver ni oír. Me disparan en un callejón entre la niebla. No me dan: yo soy la niebla. Soy, de noche, el culto olvidado a un bicho esculpido en un monolito. 

El último juicio, la última opción. Les escupo en la cara, me lanzan a una supernova, despierto sobre los apuntes. El monstruo del pasillo susurra insultos en ruso. Un susurro que es como una cuchilla, habla entre los movimientos del reloj. Los ojos abiertos toda la noche, y la mente en blanco al día siguiente. No me interesa el puto engaño al que llamas realidad. Yo nunca estuve aquí. Ya nada tiene sentido. Las cosas se caen y explotan. Sonrío cuando me despiertas en el hospital. Mi cara vendada, sólo te veo por un ojo, y los huesos hechos pedazos, y tú llorando de forma violenta. La resistencia es inútil. 

No, nunca estuve aquí.

jueves, 9 de mayo de 2013

Tetragrammaton


¿Hola? Joder, perdona que te llame tan tarde, pero estoy jodido... ya, supuse que no te habrías dormido aún. Ya... joder, gracias. Nada, estoy en un callejón, acojonado. No, no, en casa no ha ocurrido nada. Es solo que este sitio es más dramático. Además, las paredes escuchan, ¿no lo sabías? Claro que estoy borracho. Seguro que casi puedes olerlo desde allí, ¿verdad? He venido a morir a un puto callejón. Parece sacado de Spirit, te lo juro. Los ladrillos, la oscuridad, el humo, el olor a meado... ¿sabes qué falta? uno de esos cubos de basura metálicos con tapa y todo, y una cáscara de plátano colgando. No he visto ninguno de esos en todo puto Madrid. Solo esos contenedores de colores de mierda con números. 

Ya lo sé, ya lo sé, iba a contártelo. Creo que voy a desaparecer. Es como si... como una de esas etapas que escribe un guionista de segunda. Un auténtico bajón. Yo era un personaje con potencial y... a la mierda. Me van a cancelar, joder. Voy a evaporarme, o a implosionar, o como coño quieras verlo. Me van a borrar del mapa. Un reinicio, fuera de la continuidad. No, joder, deja a Morrison en paz. He estado caminando un par de horas ¿sabes? y solo te puedo decir que no me trago nada de esto. No me trago a toda esa gente moviéndose como fantasmas, no me trago ese ruido de ciudad, de esta puta ciudad que intenta hacerte creer que estás en el mejor sitio del mundo, y definitivamente no me trago esta realidad. De todas las realidades hemos tenido que ir a caer a la más gris. 

No, te digo que esta vez no... ni todos los cómics del mundo pueden sacarme de aquí, ¿vale? Cada vez es más difícil. Es jodido, me he pasado media vida intentando ser como esos tipos con mallas. Pero nunca caerá un puto meteorito en esta calle. No voy a explotar para renacer con el coco de Reed Richards. Ya no habrá puñetazos a cámara lenta. Esperaba hacer cosas grandes. Enormes. No me refiero a hacer que la gente gritase al verme "¡mirad, arriba, en el cielo!" quizás era mucho pedir, pero sí cambiar... no sé, cualquier cosa. No me creo demasiado todas esas manifestaciones y huelgas, y me siento mal por ello. Debería identificarme con la gente, ¿no? Pero ya no me trago nada. No quiero cambiar el mundo así. 

Quería... bueno, suena un poco idiota... quería despertar fuera de mí mismo y colarme en los corazones y las entrañas de las personas. Quería llegar al fondo de la gente. Sí, exacto, ¿cómo era aquello? No toda victoria consiste en salvar el universo. Me alegra que lo entiendas. ¿Qué coño de suicidio? Sólo espero a deshacerme en este callejón. Me van a borrar de la continuidad, ¿no te lo he dicho? Si cuando amanezca sigo aquí... no sé, supongo que volveré a casa y dormiré un par de horas, y saldré a hacer algo útil. Será como si no hubiese pasado nada... No es la primera vez que me siento fuera de la continuidad de las cosas ¿eh? Imagino que saldré de esta. Solo que no sé de que forma ni color. Pero eh, oye, gracias por escucharme, que descanses.

domingo, 5 de mayo de 2013

Tractatus logico-philosophicus


Mahmud Cygnus fue el primer y único ganador del Campeonato de Masturbación de Viena. 


En 1975 la capital austriaca acogió el polémico campeonato en un auditorio especialmente creado para la ocasión (y que tras los desafortunados acontecimientos que desencadenó el campeonato sería demolido), el auditorio Ludwig Wittgestein. Wittgestein, brillante filósofo austriaco, dio nombre al peculiar auditorio, pues es sabido por todos que el pensador fue uno de los más célebres masturbadores vieneses del XIX. 

Ludwig Wittgestein no sólo reconocía abiertamente y reivindicaba su pasión por el onanismo, sino que también fue pionero en la creación de nuevas técnicas masturbatorias, tales como la masturbación con ranas, la masturbación quince minutos al sol, o la más arriesgada, la del hierro candente en el glande. Aún así, esto no tuvo nada que ver con el desafortunado cáncer de próstata que le daría muerte, aunque sí que agravó su situación el hecho de negarse a cesar la masturbación a pesar de su enfermedad, y las toxinas de los plásticos con los que envolvía su miembro multitud de ocasiones, los que según él "le otorgaban poderes sexuales y le transportaban por el espacio y el tiempo".

El Campeonato de Masturbación de Viena era una excusa para demostrar las buenas relaciones de Austria y hacer venir a concursantes de todas partes del globo. Aunque el campeonato acogió concursantes célebres y pintorescos, como el japonés Ishiro Watanabe, apodado "el alien" por una extraña deformación que le hacía crecer un pene diminuto dentro de su propio pene, o Nicolás Maduro, actual presidente de Venezuela, el personaje que nos ocupa, como no podía ser de otra forma, es su ganador, Mahmud Cygnus. 

Nacido como Mahmud Avraam, decidió cambiarse el apellido por el de Cygnus para tener éxito en occidente. Mahmud era un campesino sirio que viaja a los Estados Unidos para conseguir un trabajo decente y poder así dar de comer a su mujer y a sus hijos. Fue demostrado después que su mujer, carente de extremidades por un desafortunado accidente, sufría los continuos abusos de Cygnus, y que al ser hermanos los hijos sufrían varios trastornos físicos y mentales. Sea como fuera, Mahmud Cygnus sufre un buen día un accidente en la fábrica en la que trabaja: un hierro al rojo vivo le atraviesa la palma de la mano, creándole un círculo casi perfecto. Tras meses de recuperación, el destino le hace ver a Cygnus en las noticias del mediodía un anuncio sobre el Campeonato de Masturbación de Viena. Animado por la desorbitada recompensa en metálico, y con el agujero de su mano derecha ya cicatrizado, por el que cabía justamente la medida de su miembro, lo deja todo y parte a Viena, abandonando sus queridos Estados Unidos. 

Lo que ocurrió allí es historia. Adjuntamos unas declaraciones suyas aparecidas en el New York Times tan solo un año antes de su muerte: 

Aquella semana fue mágica. Tuve que batirme contra 350 personas más, en un gigantesco auditorio, tan vacío que parecía una especie de pabellón abandonado. No había sillas ni nada... una construcción extensa con 350 hombres sentados en el suelo, y aproximadamente otros cien supervisándolo, en pie, aguantando a veces horas. [...] El éxito se lo llevaba el que más aguantase hasta eyacular. En grupos de diez, supervisaban y ponían a prueba nuestra resistencia, yo me ayudaba del agujero de la mano, recuerdo mi vaivén lento pero constante [...] los otros participantes movían la mano rápido, casi no podía ver el pene de nadie, la mayoría de los casos sólo veía borrones de color carne. Muchos lo tenían difícil al ser homosexuales [...] les sorprendía mi movimiento constante, mi capacidad para aguantar horas.  Obviamente tenía que pensar en algo que no me produjera placer sexual. La imagen de mi hija pequeña, esperándome en la puerta desde hace ya cinco años, preguntando por su padre, me rompía el corazón. Recordaba las aburridas películas de la hora de comer, o a David Bowie. [...] Iba escalando posiciones hasta que me las vi con el ganador de cada grupo de diez. Ver a los perdedores era desolador. Soltando sus efluvios bancos, llorando a veces por la derrota. A veces me parecía ver en sus mentes, imaginando escenas escabrosas, niños, animales, muertos, cualquier cosa para retrasar su final [...]

Sobre su éxito al final del campeonato, Mahmud Cygnus nunca quiso decir demasiado. Por la red oculta circulan algunos vídeos que dicen contener la final de este campeonato. Cygnus siempre se mostraba taciturno y esquivo al llegar a esa parte. Unos dicen que su último rival, el ruso Karl Kremer, sufrió un infarto tras dieciséis horas de masturbación. Kremer era el favorito, por encima incluso que Cygnus. De tan solo veinticinco años, los jueces lo tenían en muy alta estima. La hipótesis de la muerte de Kremer se desmintió hace dos años cuando se descubrió que trabajaba como albañil en Detroit, había prosperado y tenía tres hijas. 

Lo que sí es cierto es la ceguera que sufrió Cygnus al acabar ese día del campeonato. Quien iba a pensar que la superstición de que la masturbación lleva a la ceguera era cierta, cuando el semen de Karl Kremer salió disparado hacia los ojos de Cygnus, corrosivo y concentrado tras horas de represión, quien sabe si fue un accidente o fue dirigido a propósito por Kremer como venganza. Sea como fuere, el suceso hizo a Cygnus perder los nervios y el miembro, ya ensangrentado por el esfuerzo, se le volvió pequeño y flácido, al no poder volver a concentrarse. Cygnus jamás eyaculó. Hicieron falta horas de negociaciones entre el jurado para determinar la victoria de Mahmud Cygnus, pues las reglas estimaban que debía haber eyaculación. De todas formas, su victoria le proporcionó fama y dinero durante años, asegurándose así el mantenimiento de su familia hasta el día de su muerte. 

Mahmud Cygnus murió el 15 de abril de 1989, tras partirse la mandíbula al escurrirse en la bañera. 

viernes, 26 de abril de 2013

Kiss Kiss, Bang Bang


Era una historia noir sin la ciudad de Nueva York. Sin una Manhattan traicionera o una Nueva Orleans de jazz efervescente, sin embajadas en Londres ni funerales en Berlín ni Rusia con amor, sin gran depresión ni más guerra fría que un intercambio de miradas en los vagones del metro.

El antihéroe, sin pasado turbio ni despacho, ni guantes de boxeo y moratones, sin palizas en el callejón de atrás ni ajustes de cuentas. No llevaba sombrero, gabardina o revólver, únicamente entornaba los ojos ante el sol que filtraba una de las ventanas de la vieja facultad, y bebía café, cruzadas las piernas, subrayando versos de Lovecraft. 

...Of sunset spires and twilight woods that brood
dim in the gulfs beyond this earth's precisions,
lurking as Memories of infinitude...

Nada parecía en ese momento fuera de lo común. No le prestaba atención al mundo, y el mundo tampoco a él, ni mucho menos, hasta que una sombra le tapó la luz del sol. Echando una mirada por encima de las gafas lo vio: el elemento noir que sostendría toda la historia, la mujer del cuento. 

"¡Por fin te encuentro! Me voy a ir corriendo, tengo que ir a clases de violín, ¿tienes...?" Se había dejado puestas las gafas negras y gruesas, el pelo, medio despeinado por el caótico subir y bajar de escaleras, conservaba no obstante cierto estilo. Y... ¿pintalabios rojo?

"...ese viejo chocho cada vez acaba antes la clase. Me he pasado toda la noche..." Un hombro al descubierto y la tira del sujetador caída. En una mano, el maletín con el violín, y en la otra, una bolsa con, presumiblemente, fresas o algún otro material involuntariamente erótico. "Es como muy pedante, ¿no? creo que tiene un rollo bastante fallido pero... oye, voy a sentarme, ¡ah, Lovecraft!" Se sentó y ojeó el libro. Al dejar el bolso en la mesa, otros tantos salieron de dentro. "Jo, es que el cafelatte está buenísimo, ¡ahora vengo!"

Se alejaba con ese paso que había visto en los libros. A veces el tiempo se confunde, pensó. El espacio y el tiempo se enredan y envían, por agujeros de gusano, a un hombre de las cavernas al renacimiento, a un alien al medievo o... a una femme fatale al siglo XXI. 

Prescindía de los clichés. Sin casarse con un viejo millonario, ni fumar cigarrillos, ni llevar navajas en el liguero, simplemente tenía el aura, las proporciones y las formas, tarareaba en francés, se revolvía el pelo nerviosa, reía como una cría, mientras el hielo del café se hacía agua y alrededor todo se volvía celuloide blanco y negro. 

"¿Me has traído lo que me prometiste?" preguntó. "Es que verás..." él no apartaba la vista del café aguado. "Lo escribí, pero no lo he publicado, tengo lo que es el manuscrito, pero no sé si entenderás mi letra y..." ella le cortó: "¡dámelo!". Leyó el manuscrito, mientras de vez en cuando decía en voz alta las partes graciosas. Su risa de niña le reconfortaba. Debería haber al menos una como ella en cada universo, pensaba él. Ya sabes, una femme fatale como Dios manda en el momento y lugar justos, para evitar que las cosas se salieran de quicio. O para, más bien, sacar las cosas de quicio y hacer la vida más divertida. ¿Qué sabría él?

"¡Mira qué hora es!" dijo, nerviosa. Y se marchó con el maletín, las fresas, el pintalabios rojo y todo lo demás. La veía alejarse de espaldas, pero aún así imaginó un tarareo: "Annie aime les sucettes..."

martes, 23 de abril de 2013

La redención del Hombre Hormiga


Había hecho tantas cosas terribles, y aún así seguía pareciendo medio humano. Con sus manos vendadas no podía bajar la persiana, pero ni quería molestarle a ella para que se levantase, ni quería dejar de ver el atardecer que transformaba los tejados, plagados de cables, parabólicas y ratas-mono en una portada de disco de indie barato. El sexo entre engendros era divertido, y además daba dinero, así que tenían la cámara a punto. Ella llevaba un antifaz, una suerte de máscara veneciana sobre un ojo y la zona plana y morada donde debía estar el otro. La goma le apretaba las sienes e interrumpía la cascada de pelo intermitente y grasiento. Los pechos tan caídos y, en fin, largos, se los había pasado por la espalda y anudado a la altura de la cintura, tapando sus ombligos. 

Él la recogió cuidadosamente de la silla de ruedas, agarrándola por las piernas peludas de insecto y la joroba, y la dejó en la cama. Ella sonrió y le miró con su ojo tras el antifaz. Él llevaba la máscara de conejo raída y agujereada. Se la quitaría en mitad del acto, para lograr mayor impacto, para lograr la catarsis con su audiencia. Algunos pasarían directamente a ese momento. Pondrían la pausa y las líneas borrosas del VHS adornarían su rostro de niño surcado de venas azules. Ella le agarraba con cuidado su máscara de conejo, estaba debajo. Él estaba casi seguro de que se había enamorado.

Comenzaron. Como una masa líquida caída del Sol, como una criatura de Lovecraft, como un cachorro que, atropellado, conserva la cabeza intacta, la cabeza que te ve en la noche bajo tu cama y que guarda toda buena madre un día de boda, así se mezclaban ellos en la penumbra. El aire del atardecer primaveral acariciaba sus lenguas. Todo era perfecto para él, era su primera vez y la amaba. Joder, se había enamorado. Idiota deforme, pensaba, te has ido a enamorar de quien no debías. Ella relinchaba como un caballo y él emitía llantos de bebé. Su cabeza era la de un bebé. Ella, debajo de él, estaba empezando a segregar, y las plumas de las palmas de sus manos le hacían daño. Él amaba ese dolor, y a ella, hasta el fin del mundo. No debes, no debes, no debes, joder

Ella le quitó la máscara. El soltaba las risitas que le gustaban al público. Con sus zarpas, ella empezó a arañarle la cara. Borbotones de sangre caían sobre el pecho de la chica, entre los pechos, sobre la marca de la operación del marcapasos. Esa era la señal. No quise enamorarme de ti. Cogió las tijeras. Te hubiese querido tanto. Las alzó en la penumbra. Quizás nuestros hijos hubiesen sido normales. Agujereó la parte donde debía estar el ojo derecho. Buenas noches. Apuñaló hasta ocho veces. 

Él lloraba. Se supone que personaje no debía hacer eso. Se supone que debía aguantar media hora más después de la muerte. Piensa en tu madre para no acabar rápido, le dijeron. Putas ratas. Putas ratas codiciosas. Le habían dado el amor y se lo habían arrebatado. Y él lo había dejado correr. Recordó los versos:

y el tiburón tiene lágrimas
que le corren por la cara
pero el tiburón vive en el agua
y las lágrimas no se ven

Y recordó las palabras de su abuelo una vez le hacía vestirse después de meterlo en su cama: una araña puede tener síndrome de Down como si fuera un ser humano, pero es una puta araña y nadie se dará cuenta de ello nunca. Y ya había anochecido. No le importaba el dinero. No lo quería ya, había perdido el amor. Además, las ratas posiblemente le matarían de todas formas. Así que, de arriba a abajo, se rasgó el cuello. Sonó como seda, como la seda cuando se rompe, y brota la mariposa. 

sábado, 20 de abril de 2013

Funeral en Madripoor


Madripoor, isla de crimen, muerte y desamor. Los labios mal pintados y medias de rejilla. La cara que nunca quisiste ver al despertar. Una noche permanente, neón y letras chinas. Las chicas... chicas de neón, mujeres araña, mujeres serpiente. Toda mujer de Madripoor nace femme fatale y muere de igual forma. Sicarios y perdedores, casinos, lluvia ácida, gente ácida, magnates, búhos, Hidra, la Mano, Ideas Mecánicas Avanzadas. Curvas, veneno y jeques árabes. Martinis mezclados, agitados y escupidos. Licor barato. Piscinas, jacuzzis, pisos francos. Los rascacielos se mezclan con las nubes negras y la moral baila en el subsuelo con topoides y morlocks, más allá de las tumbas, más allá de las alcantarillas, en el fondo del mundo, con el verdadero palpitar de las cosas. 

¿Es que hay que ponerse un maldito parche en el ojo para que te atiendan como es debido? Crujen los cristales rotos en las calles y esquivas alimañas y reptiles. En los bares todo esta inquieto. El aire espeso y contaminado. El silencio. Un silencio que precede a todas las demás cosas. Un silencio para fantasear antes del ruido de huesos rotos y ambulancias. Hombres salvajes dejan su paga y su sangre en las barras de los bares. Y en los clubes de striptease, algunas chicas meten pensamientos en tu cabeza. Distorsionan tu realidad y es... cómodo. Si tienes todo el dinero del mundo, ven a morir a Madripoor. Debería ser el lema de la ciudad. Ellas fuman cigarrillos y sus uñas largas y rojas de porcelana se te clavan al hacer el amor. A veces se rompen y se te quedan en la piel. Los hombres en los bares comparan sus heridas. La más profunda gana. 

La lluvia y la niebla lo cubren todo. Los barcos cargados de droga y esclavos se muestran entre la noche y el mar. Un carguero parece traer en la proa al mismo Nosferatu. Los neones parpadean, a ellos se les arrugan los sombreros, se les empapan los hombros y se les apagan los puros. Ellas, como siempre, se adaptan. Y en una esquina en particular está ella: los ojos más censurados de toda la ciudad. Espadas que rebanan dedos y ojos en frascos. Despiertas con un bloque de hormigón a tus pies. Disfrutas del mar mientras en tus pulmones se abrazan la nicotina y el agua sucia. Las algas acarician tu caída. Sobre ti, pasa un barco. El mismo Nosferatu te sonríe. Las profundidades son más acogedoras que las tascas y los hoteles de lujo...

Y arriba todo vibra. Grandes luces, mujeres perfectas, sicarios y monstruos. Un hombre con la piel gris en un esmoquin blanco. Una mujer trepa por las paredes con sus tacones. Otra vigila el puerto entre la niebla. Los ojos más censurados de toda la ciudad. Nadie duerme nunca en Madripoor. Nadie gana nunca en Madripoor. La casa se lo lleva todo. Pero las vistas son tan buenas... Las luces de neón recortan las siluetas de la gente. Mientras, los peces de colores bailan en tu estómago. Otros perdedores han acabado antes en el fondo del puerto. Decrépitos y con los trajes amarillentos descansan en el mar. El último hilo de sangre brota de tu boca... Nadie sale nunca del todo de Madripoor. 

martes, 16 de abril de 2013

Mutatis Mutandis


El Circo Místico llega a la ciudad. Alzan la carpa y llenan las calles de carteles, van a estar aquí un par de noches. Los miembros del circo místico son humanos... ya sabes, de los de antes, de los de carne, sin implantes cibernéticos, todo sangre fluyendo aquí y allá y venas que palpitan y piel rosada. A algunos les parece obsceno, pero yo tenía curiosidad, nunca había visto a un humano antiguo de cerca. Y allí estaban: cubiertos de colores, haciendo malabares con fuego, caminando sobre hilos finísimos. No había payasos, no creían en ellos: bufones irreales y exagerados que exaltaban patrones estridentes de la conducta humana. Era asquerosa esa euforia del payaso alegre, contrastada con los colores apagados y la ineptitud del payaso triste. Los payasos eran deformaciones de la realidad, y el Circo Místico buscaba más bien una vía de escape. 

Acudieron a la enorme carpa montones de familias. Allí estaban los padres con sus visores discretos sobre los ojos, las madres de pechos puntiagudos y metálicos, los niños con hileras de dientes de leche y los virus de software de los siete años. Las post-mascotas solían quedarse en casa desenchufadas cuando llegaban estos espectáculos multitudinarios. Y no sólo había familias: cientos de adolescentes con las hormonas burbujeando entre las unidades Livid-o™ de la espina dorsal produciendo humo verde, los capitanes de rollerball del instituto con sus novias y los Yakuza soft-porn que estaban de moda ese año, con chalecos de cuero relucientes y brazos al aire, con sus dragones de neón tatuados, que serpenteaban entre los hombros, los antebrazos y las muñecas. Por el contrario, a todas las ciber-lolitas y adolescentes sintéticos se les negaba el paso a estos espectáculos familiares, al igual que a los mutantes, los adaptoides y los  androides trans, más por intervención de las autoridades de la zona que del Circo Místico en sí. 

El asunto inquietante que la gente dejaba pasar de largo eran los policías. Las tribus de policía rondaban la zona, sin hacerse notar, sin saquear apenas nada, sin cobrar. Algo podría ocurrir esa noche. Algo inquietante para que las tribus de policía no se hicieran notar. El deber debía de llamarles muy fuerte. Mis conjeturas se fueron cuando comenzó el espectáculo. Luces y colores a la antigua usanza... Un hombre anunciaba a sus fenómenos con una voz teatral. Todos humanos puros, incluso los animales estaban libres, casi todos, de actualizaciones informáticas. Todos tenían la carne rosada, y uñas, y pezones. La medicina moderna no había llegado a ellos, y muchos mostraban enfermedades extrañas y viejas. Dos hermanas siamesas, bellísimas, dejaban al descubierto sus hileras de pechos. Cuando cantaban, sus voces armonizaban enredándose en el aire. Un forzudo, lleno de venas a punto de estallar, levantaba dos vacas a la vez. Los grandes perros blancos pasaban por círculos de fuego a una velocidad infernal. El jefe de pista bailaba alegre, en el centro. Una joven lo veía todo detrás de las jaulas, las cortinas, el humo. Más tarde la vi subida en lo alto, saltando entre hilos de colores que desde abajo apenas veíamos. Era increíble. 

Cuando acabó el espectáculo, salí a hablar con el reparto, con la excusa de que estaba escribiendo un artículo. Eran todos alegres y extraños, poco habladores, de sonrisas alargadas. Las siamesas me invitaron a su camerino, pero la joven de los hilos captó mi atención. Fui hacia ella, le dije que era fantástica, pero no dijo ni una palabra. Me hizo un gesto para que la siguiera. Alejándonos de la multitud, recorriendo la hierba artificial bajo la luz de la luna de la ciudad, con la humedad de los aspersores, con los árboles-pájaro cantando su melodía, llegamos a su caravana. Y ahí... sacó al bebe. Un pequeño de piel azul, plagado de ojos. Ojos en la frente, en los brazos, en las puntas de los dedos. Pequeño, suave y feliz. No era humano puro como los del circo, ella debió haberlo tenido con algún cibernético. Los del Circo Místico se lo habrían perdonado, supuse. Debieron ver al pequeño, todo ojos, en los brazos de su madre y se les ablandó el corazón. Ese niño, como un mesías marciano, durmiendo en los brazos de su madre, con sus orejas puntiagudas y sus ojos pequeños y blancos, el bebé sobre la menuda elfa del bosque. 

El forzudo vino a recoger al bebé. Le cabía en la palma de la mano. Era tan pequeño. Y la joven de los hilos y yo tuvimos toda la noche por delante para nosotros. Aún después de ver la poca humanidad que me quedaba, con mis implantes brillando en la oscuridad de su caravana, me aceptó. Aceptó mis tubos negros, mis engranajes en los brazos, mi sistema sexual hidráulico, los agujeros de mi cuello que expulsaban el alquitrán de mis pulmones convertido en aire puro.  Un par de ojos medio humanos, lo poco que me quedaba, la miraban a ella desnuda en la noche. A estos ojos aún con venas rojizas y las pupilas sin operaciones láser no se les puede engañar. No importaba el vacío alrededor de ellos. A unos ojos genuinamente humanos no se les engaña. Y ahí estaba, tendida en la cama...

...cuando la tribu de policía le descerrajó un tiro en la frente. Un hilo de sangre bajaba sorteando sus ojos cerrados. Parecía dormida. La ilusión de que dormía profundamente quedó rota cuando vi restos del cerebro en la pared. ¿Para qué un cerebro tan humano? En su especie era muerte instantánea. Nada de regeneraciones ni de cerebros secundarios. Sólo un frío hilo de sangre entre los ojos y sesos en la pared. La chica que caminaba sobre los hilos... ahora la vida se le escapaba entre el hilo sangriento que ya recorría la mejilla hasta llegar al cuello. Y después... nada. 

Apenas pude ver a los miembros del Circo Místico afligidos y derrotados. Se fueron en cuestión de minutos, sin hacer ruido, para no dejar sin función a la siguiente ciudad. Caminaban al amanecer sobre la hierba sintética y bajo las aves eléctricas. La caravana se perdía en el horizonte. La mayoría de las fuentes coincidieron en que la tribu de policía quería al crío. El bebé de los ojos. Se cargaron a la madre y luego hicieron falta diez para machacar al forzudo. Yacía con la cabeza aplastada y un ojo sobresaliente mirando al cielo. "Hice lo que pude", parecía decir su expresión. El bebé era la séptima reencarnación de un neuro-buda, un Dalai Lama de la nueva era retransmitido en forma de virus. El bebé con carne cibernética y humana, era un caldo de cultivo perfecto para el nuevo neuro-buda. Sus habilidades eran una ventaja para la tribu de policía, dicen que un crío con ese poder es como otra bomba atómica, una fuerza capaz de unir a todas las tribus de policía del país. 

Sin embargo, eso fue hace muchos años y hoy en día no se sabe nada de ningún chico con esa mutación. Espero el momento de encontrarle y hablar con él. Decirle a esa bomba atómica que una vez no ocupó más que la palma de una mano. Le hablaría de su madre. Le contaría tantas cosas... Pero es algo ilusorio. Hoy, después de tantos años, sólo quedan líneas de sangre y sesos en la pared para un viejo oxidado.