miércoles, 25 de septiembre de 2013

En el cielo no hay alcohol



Juan Antonio Castillo era un músico español. Formaba parte de un grupo, Pabellón Psiquiátrico, para el que componía y cantaba. En 1992 el grupo se separa y decide ir por libre. Su nombre artístico a partir de entonces sería Juan Antonio Canta. Debió ser un tipo interesante. Tenía un irreconciliable lado bohemio: iba de aquí para allá tocando y cantando, en un sitio y en otro, con su pelo enmarañado y sus gafas de culo de botella, a veces se dejaba bigote solo en la mitad de la boca. Llevaba una expresión seria y distraída, taciturno, pero muy inteligente, y con un curioso sentido del humor. No tenía una gran voz, pero sus canciones eran extrañas, surrealistas, divertidas. 

Una de sus canciones hablaba de un hombre cuya mujer muere en un submarino y que yace en el fondo del mar. El pobre tipo se acuerda de ella cada vez que como pescado. Otra habla sobre la desolación que le causa Madrid a un hombre de provincias. Otra, sobre su amor platónico, Catherine Deneuve. Yo la recordaba en 'Repulsión' de Roman Polanski, siendo atacada por manos que salían de los muros y degollando pobres diablos. Una de las canciones que creó se llamaba 'La danza de los cuarenta limones', no tenía demasiado sentido. Un día, un tipo de la tele le escuchó cantarla y pensó que sería divertido ver a Juan Antonio tocarla en todos sus malditos programas. Lo metió en un plató y lo rodeó de bufones disfrazados y mujeres con poca ropa revoloteando alrededor de él. Cantaba hierático entre los monstruos de circo de la tele. Debió de ser un verano de pesadilla. 

Su historia me hace saltar atrás en el tiempo y acordarme de La Última Cacería de Kraven. Es el título de una de las historias más aclamadas que se hicieron nunca sobre Spiderman. En 1987 el escritor J.M. Dematteis escribe esta historia, donde Kraven el Cazador, denostado villano de Spiderman, decide derrotar al héroe antes de quitarse la vida con honor. Kraven el Cazador nunca lo tuvo fácil.

No era un villano especialmente carismático: Kraven no mostraba la imponente locura del Duende Verde, que fue capaz de desenmascarar al héroe o matar a su amada. Tampoco tenía la inteligencia o la presencia del Doctor Octopus. Kraven, uno de los primeros villanos del hombre araña, era un tipo de la selva que se enfrentaba a Spiderman con lanzas, o redes, o trampas para animales, mientras llevaba unos ceñidos pantalones con un estampado de leopardo y un terrible chaleco con la cara de un león. Kraven el Cazador era lo que se dice un freak.

El término freak se adaptó pobremente a España deformándose en 'friki'. Aquí llamábamos frikis a todos los capullos que salían en televisión haciendo idioteces. En los 80 y 90 se llevaban mucho. Había un palurdo desdentado que contaba chistes malísimos que no se entendían, y otro palurdo desdentado y además jorobado, que no sé que hacía, simplemente iba allí y decía que era homosexual y cosas así, y también un transexual que se creía una diva. Los tipos de la tele decidieron meter a Juan Antonio en ese saco. Juan Antonio cantaba una canción, la canción de los limones, y con eso se quedó para siempre. Tiraron a la basura su humor melancólico y le volvieron loco. Era el hombre de los limones, un tipo que salían en televisión, un chiste, un gag, un pelele. Juan Antonio pierde así su propia identidad. No está seguro de haber hecho más canciones, no está seguro de haber existido antes de eso, no es capaz de razonar qué hay más allá de aquello. 

Pero antes, antes... Kraven el Cazador deja sin sentido al hombre araña y lo entierra vivo. Se pone su traje y empieza a suplantar su identidad vigilando Nueva York por las noches. Kraven no ve al hombre, sólo a la araña. Es un orgulloso cazador de la vieja Rusia. Establece que todo ser viviente tiene una Araña en algún momento de su vida. 

Cada hombre, cada mujer, cada nación, cada época tiene su Araña. Tú has sido la mía. ¡Qué gran peso! ¡Qué gran... honor!

Esas fueron las palabras de Kraven el Cazador. Spiderman sale de su tumba, lucha con Kraven, el villano lo tiene casi derrotado, pero le deja marchar. Ha comprendido: se ha enfrentado a su Araña. Me pregunto, todavía, cual fue la Araña que tuvo Juan Antonio. El héroe se marcha y Kraven, lleno de honor, se mete una escopeta en la boca y dice adiós al mundo. El cómic fue publicado en 1987. En ese mismo año, Pabellón Psiquiátrico publican su primer disco. En su portada, aparece Juan Antonio, con un maquillaje que simula su cara desgarrada, apoyando una escopeta contra su boca. ¿Qué quiere decir todo esto?

En 1987, Kraven el Cazador se vuela la puta cabeza.

Años después, Juan Antonio Castillo se ahorca en su sótano.

Me resultaba triste pensar que uno era el vencedor y otro el vencido. Nunca llegué a saber si el artista encontró a su Araña y la derrotó antes de morir. Todos tenemos una Araña, un objetivo a batir, un fantasma que tarde o temprano debemos dejar de escuchar, hacer que se desvanezca, pasar por encima de él. Es un misterio si aquel hombre, como Kraven, lo consiguió. Quizás dejó un legado y consiguió hacerse escuchar después de muerto, venciendo así a sus monstruos. Quizás después su identidad quedó despejada. Quizás no fue derrotado por su Araña después de todo. Aunque solo dejase silencio.

"Acuna las almas perdidas de los que pensaron que había que apostar por lo que no se tenía", dijo él.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Elecciones múltiples


Soñé con ser un hombre múltiple. Descomponerme en varios seres, cien versiones de mí mismo. Pero no podría ser, de ninguna manera, un ejército de inseguridades y complejos y miedos enterrados, así que cada uno debía de tener una personalidad distinta a la mía. Cada copia triunfaría en algún aspecto en el que yo hubiera fracasado. Unos podrían ser mentes maestras o triunfadores, o simplemente personas seguras de sí mismas; aunque otros bien podrían convertirse en cabrones violentos y sociópatas.  

Tenía curiosidad por ver cómo se desarrollarían en el mundo todas esas copias de mí mismo, como ramificaciones de mi propia existencia, de forma egoísta pensé en hacer míos sus logros, y suyos mis fallos. Si alguno triunfaba podría matarlo y suplantarlo, pensé al principio, pero no sería capaz de eso. Sólo mantendría el contacto y vería el desarrollo de sus vidas. Sería un juego de ensayo y error, ver qué funcionaría y qué no, imitar a mis clones y aprender de sus personalidades, sin saber que venían todas de mi personalidad propia, y sería un círculo vicioso al final de todo. Y estaría viendo sus vidas mientras la mía se quedaba ahí parada. Eran vidas paralelas, al final de todo. ¿Me pasaría la vida mirando las de mis copias?

Sería una opción terriblemente cobarde. Desgastar la vida mirando otras vidas. Prestando atención a otros sujetos. Tendrían mi piel y mis tripas, pero más adentro, mucho más adentro, estarían hechos de un material distinto al mío. Serían tan distantes que los acabaría odiando. Era imposible que fueran almas gemelas a la mía, si es que las copias poseían alma. Serían caparse de clonarse a sí mismas también y el mundo se llenaría de más y más de ellos, y se reproducirían también follando con mujeres a las que yo no conocería, y predicarían su palabra en todas partes, y dejarían su huella en el mundo, y al final por mucho que cambiasen y se distanciasen del original, del alma verdadera, serían tan imperfectos y miserables como cualquiera. 

Me obsesionó tanto la idea que creé un montón de vidas paralelas en mi cabeza. No dejaba de imaginar el espectro de posibilidades que tendrían todos mis yo alternativos. Me obsesioné pensando en el desarrollo de la vida de personas que no deberían importarme un carajo. Me ahogué en problemas inexistentes, pasé noches sin dormir imaginando las elecciones múltiples de un yo hipotético, elecciones que seguramente nunca llevaría a cabo o que directamente eran imposibles de realizar porque solo eran sombras del pasado. Quería vivir tantas vidas que me olvidé de la realidad y todo se emborronó y cayó en picado. Sólo pude combatirlo con cinismo e insomnio, una vez me atreví a levantarme. Pronto, las copias, los hombres múltiples, los futuros posibles, fueron desapareciendo. Toda esa idea quedó enterrada al fin. Eliminé todo horizonte de expectativas. No habría más copias ilegítimas ni finales pactados. 

Al final me importó una mierda el camino que tomasen los demás. 

sábado, 14 de septiembre de 2013

Retrovisor






Supongo que las cosas funcionan de otra forma y en otro sentido ahora. Te veo por el retrovisor como en aquella canción. Ha pasado un relativo tiempo y todo funciona hacia el lado contrario. A lo lejos, una especie de perro salvaje. Eso es lo que veo ahora en mi cabeza. Un maldito animal que muerde y arranca las pieles. Y eso es obviamente lo que siempre quise ser. ¿No es comprensible? Imagínate, un animal, un espíritu de las montañas y los bosques, desde el principio de la existencia hasta su triste final, ajeno a ti por suerte, ensamblado y construido a partir de viejos animales y fantasmas en extinción. 

Soy arañas y carneros y perros escondidos, soy hojas y árboles y el terror de la noche, el agua que fluye y que parece un lamento de los muertos, la mierda contaminada que te corre por el gaznate. Porque nunca conseguí estrecharte contra lo poco que queda existente de mí. Porque solo así encuentro las palabras. Todo se acaba en un punto previamente pactado y malformado. He conseguido ser un tipo decente, pero aún así veo tus trucos. Veo al otro tipo. Y me desprendo del asfalto y la tierra de los humanos, y solo siento desapego, la palabra que nació para estar unida a ti.

Monstruos y sangre, ácido de batería. La ciudad me acoge entre sus alas de murciélago y su tos, pero algo va relativamente mal. Eres tú, el engranaje que lo desmonta todo. Eres tú, lo que el café y el insomnio ven en la aurora. Siento como si bajo mi piel fuese otro tipo. Superior, metódico, cínico. Y solo te veo por el retrovisor, girando la cabeza, como una sombra del tiempo pasado, como polvo de estrellas.

Borracho hasta morir. Muerto por fin. ¿Era ese el objetivo, la muerte metafórica y poética del tipo que una vez fui? Una muerte poética que desencadena un desapego y un Año Uno en la ciudad. Todo se descompone y se vuelve nuevo. Tu ya no me quieres oír ni hablar y el mundo se construye otra vez y no soy necesario, y tú tampoco. Todo se vuelven muros de carne e intentos de simpatía. Todo es un nuevo lugar, una membrana, un renacer. Perdona si desaparezco, pero es la verdad, y todo se desmorona y muda de piel mientras versiones de nosotros, pasadas y futuras, se levantan otra vez para enroscarse, tú con mejor fortuna que yo, pero renaciendo al fin y al cabo. El Otro, mi otro yo, la otra realidad, emerge y se disecciona a sí misma.

 Y no encuentra motivos para quedarse.  

martes, 10 de septiembre de 2013

Damian Wayne


La gente suele quejarse de todo tipo de mierdas. Los que pierden el móvil o suspenden un examen o les grita su jefe no saben lo que es la mala suerte. La verdadera mala suerte sería tener el maldito cuerpo lleno de tumores, como ese tipo que vi en la tele, cuyo pelo grasiento no podía caer tranquilamente sin toparse con una hilera de protuberancias apestosas; o ver a tus seres queridos devorados por una jirafa. Joder, esos putos bichos ni siquiera comen carne, imagínate si sería mala suerte. Paso el día pensando esas cosas, sintiendo gratitud por mi existencia. En lugar de respirar en una bolsa de cartón o ir al psicólogo, me palpo la nuca y suspiro aliviado al no notar ninguna malformación o alguna cabeza secundaria o cosas así. Me puedo pasar horas en el Retiro, frente al Ángel Caído. Ese cabrón sí que tenía pinta de haberlo pasado realmente mal. 

Hace poco desapareció un conocido. Lo conocía de vista, era camarero en la cafetería de al lado de mi trabajo. Era eficiente, siempre preguntaba cómo querías la leche del café, siempre tenía cambio, y tenía la amabilidad de acercarse a arreglar la puta máquina de tabaco cuando dejaba de funcionar, que era varias veces a la semana. Era un tipo grueso y con el pelo hacia atrás, de aspecto cansado. Cerraba a la hora que yo salía del trabajo, a veces lo veía marcharse, con una chaqueta y una camisa debajo. Parecía fuera de lugar en esos instantes, sin su uniforme y su cambio en los bolsillos. Ajeno a mi universo cotidiano. Deseé que se hubiese ido lejos y que estuviese viviendo la vida por ahí, con los bolsillos llenos de los billetes de cincuenta que le cambiaba todas las semanas. 

Poco después de la noticia de la desaparición dejé de darle vueltas al tema. Pasó algo que no tenía nada que ver pero que luego consideré un hecho paralelo, aunque no lo fuera en absoluto. En una de las visitas al pueblo entré con los pocos amigos que seguían en pie al único pub decente que había por allí. Era sábado y serían como las cuatro de la mañana o así. Estaba casi vacío, pero algunos aguantaban estoicamente. Sentado en la barra, en un festival de tonos azules y naranjas, había un familiar mío. Un primo segundo o algo así, parentescos lejanos del pueblo que nunca recuerdas del todo. Le saludé y pedí una canción de Placebo. Momentos después me acerqué a él, estaba algo bebido.

Entablamos una conversación trivial y le pregunté qué tal se le había dado la noche. Hacía unas horas que había vuelto de un pueblo de por allí, de la misma comarca, que quedaba a una media hora. "Sinara", me parece que se llamaba. Era un nombre bien extraño. Igual lo pronunció mal. Decía que Sinara era maravilloso y que se había ido a beber al lado de las cúpulas malvas, donde van siempre todas las tías. Que Sinara es pequeño pero te recibe con los brazos abiertos, que Sinara lo lleva en el corazón. Nunca lo había visto tan melancólico. Normalmente solo hablábamos de qué tal nos había parecido el último capítulo de Breaking Bad o de si había visto alguna peli coreana buena o cosas así. No paraba de hablar de Sinara. Estaba triste de haber vuelto: todos sus amigos se habían marchado ya de allí y él tuvo que seguirlos porque solo no recordaba que desvío tenía que tomar para volver. Me despedí de él cuando todos se fueron y me dijo que tenía que llevarme a Sinara algún día. No debió acordarse de ello después de la resaca, porque no volvió a mencionarme ese sitio, y tampoco quise preguntarle. 

En esto que meses después me enteré de que el tío de la cafetería había muerto. Se fue a caminar una mañana y le dio un infarto, y debió de caerse por ahí. No quise imaginarme cómo lo encontraron ni cómo debía oler. Me lo imaginé con el uniforme de camarero, no pude evitarlo. El cadáver con ese maldito uniforme puesto. Sonaba ridículo. Preferí que no hubiese aparecido. Suena cruel, terrible, pero durante un tiempo pensé que se fue a ese sitio, a Sinara. A beber y a follar junto a las cúpulas malvas. Desaparecería su rostro cansado de una vez. Pensé si no será a Sinara donde van los que dejan de existir. 

Siempre le he dado vueltas a aquello de "pienso, luego existo". Deduje que, si dejamos de pensar, desaparecemos por unos instantes de la existencia. Iríamos a parar a una especie de cruce de caminos entre la realidad de las cosas. Y a ese punto lo llamo Sinara. Allí es donde va todo lo que deja de existir. Si mueres aquí, vas a Sinara, si mueres en sueños, vas a Sinara, si muere un personaje de novela, o de película, va a Sinara. Un personaje muerto es tan inexistente como un muerto real. Oh, sí, pensarás que el muerto real ha dejado cosas escritas, y grabaciones, y objetos, y fotos tontas en las redes sociales. Pero solo ocurre que el personaje ficticio tiene la ventaja de no dejar unos restos putrefactos bajo el suelo y la mierda. 

Me alegra ver como las cosas aún no están demasiado podridas. Pienso que cuando algo se pudre y se muere, otra cosa vuelve a crecer encima, y seguirá allí hasta que se pudra y crezca de nuevo algo en su lugar, y así siempre. Las cosas no mueren, solo se transforman y cambian de lugar y te pasas la puta vida buscándolas como loco. Si un hombre manco muere, ¿su fantasma es manco? ¿dónde está el maldito brazo? ¿es un fantasma aparte? Cosas así. Son preguntas idiotas que no tienen respuesta, pero que aún así no pueden evitar formularse.

Me pregunto dónde va la gente ficticia cuando muere, y si el legado que deja es igual que el de un tipo real. Me pregunto si hay un paraíso ficticio para ellos y para los peces de colores. A veces quiero gritar, por pura gratitud. 

jueves, 22 de agosto de 2013

Solo un Animal


Él era un tipo grande y retrasado, con unos dientes enormes y separados y unas manos que aplastaban cabezas, se llamaba Billy Crom. Era en el barrio poco más que un monstruo, con sus ojos desorbitados y pelo grasiento, su porte encorvado de gorila, fue ignorante y jovial durante un tiempo, pero había crecido y ya no le dejaban acercarse a los críos, supongo que era por su aspecto siniestro. Tenía voz de niño, pero era mayor, bastante mayor. Aunque era tonto de remate algo tenía en la cabeza, una especie de destello de lucidez, y cuando se veía a sí mismo sentía que no podía desperdiciar su vida útil. No quería verse reducido a caminar por la calle con papá, de la mano, gritando y llamando la atención de los vecinos y yendo a malditos colegios especiales con gente con la cabeza más rara que la suya. No, no, que va. Pobre papá, sus gafas tristes, su bigote canoso, su dolor de cadera. Debía ayudar a papá, y así se dedicó a ayudarle en la tienda de clavos durante una larga temporada. 

Con el tiempo se fue a ayudar al taller de su tío. Era enorme y fuerte y podía cargar con cualquier cosa. Tenía una memoria fotográfica y reconocía todas las herramientas. Con el tiempo acabó correteando por el taller rápido como un mono, los clientes no veían ese sitio sin él. Y una cliente era especial: la señorita Marla, que venía a arreglar su mini, o a acompañar a su marido a arreglar el mercedes. A Billy Crom no le gustaba el marido de la señora Marla, porque siempre llevaba su traje de rayas y sus dientes juntos, y la carne flácida y roja alrededor del anillo de casado, y su gomina resplandeciente, y sus ojos, pequeñas bombillas, luces distantes. Además otra razón era que a él le gustaba la señora Marla. Era elegante y le trataba bien, no como a un mono a un niño de cinco años. Por eso se acabó acostando con ella. 

Billy Crom, decían en el barrio, estaba bien dotado. La señora Marla lo acabó sabiendo, aunque no podría decirlo porque obviamente era secreto. ¿Cómo llegaron a aquello? Supongo que fue un cúmulo de cosas. Pero ella le dominó. Espérame al lado de la Iglesia, Billy Crom, decía ella acercándose a él. Ella lo manejaba todo pero él era una bestia cuando follaban. Desnudo en el cuarto del motel, haciendo todo eso, no se le diferenciaba de un animal. Billy suponía, por cómo le trataban y miraban, que él era al fin y al cabo un animal. Follaba y sudaba como un animal y la señora Marla lo sentía. Él aullaba como un animal encima, mientras se agarraba al cabecero de la cama. Y ella no podía más que verlo venir y le arañaba la cara. A oscuras no era tan terrible. Pronto todo se descontroló. Ella le vio el rostro a la luz de las farolas de fuera, y miró hacia otro lado. La bestia le agarraba la cara para que le mirara. No soy un monstruo, solo un animal. Al fin y al cabo ella le había llevado a eso. ¿Por qué taparle el rostro? Quizás sólo quería verse dentro de una inmensa fuerza de la naturaleza. Un tornado, una bestia como Billy. Quizás su marido a ella también le repugnara. Son hombres como aquel los temibles, y no los monstruos. Quizás pensó en todo ello antes de morir. 

La policía encontró el cadáver poco después. De Billy Crom poco se supo. A veces lo ven en el bosque. A veces lo ven en sueños. 

miércoles, 21 de agosto de 2013

Avalon


Camina entre galerías de carne muerta y ruinas galesas, intentando encontrar. Le dijeron que la magia se desarrollaba en las ruinas. Allá donde la gente ha dejado las cosas aparcadas y olvidadas, y las plantas consumen antiguas fundiciones o estaciones de tren, es donde inevitablemente crece la magia. Lleva noches sin dormir, con comida pasada y Moby Dick en la mochila. Y hace un calor de muerte incluso a la sombra de las paredes de las ruinas. Lejos del hogar y aún así extrañamente unido a todo lo que le rodea, consciente, temeroso.

En algunos pueblos, especialmente los más pequeños y con menos habitantes, es casi siempre en los que más encuentra. En las paredes o en el suelo, o en los dientes de las personas, la magia palpita fuerte. Hubo uno en el que casi cae contra el suelo nada más cruzar el cartel de bienvenida. Imposible que no haya raíces mágicas en esos lugares. Un pueblo de cien habitantes, conocidos y llenos de secretismo y amores y odios, con iglesias diminutas, o las pequeñas tiendas, que constituyen el punto donde encontrar información. Informaciones pequeñas y erráticas, claro, concernientes a las gentes del pueblo y sus desventuras patéticas y trágicas, pero son en verdad rumores, y éstos rumores son importantes, dicen, para la vitalidad de la magia.

 Rumores en todos los sentidos posibles de la palabra. Rumor del viento, que se lleva las hojas secas y los insectos, y no es más que una forma básica, natural y automática de la magia. Rumor como ruido confuso de voces, casi ruidos blancos, un sonido que bien chirría o bien sisea, pero nunca sabes que es. Ese elemento de la magia que solo ves por el rabillo del ojo. Y los rumores como mentiras reveladoras. Hay muchas mentiras sobre la magia, que aún así son inmensamente reveladoras y te acercan a la verdad. Las ficciones siempre son extensiones, no lo olvides, ortopedias de la realidad misma. 

A todo esto, ¿por qué buscaba él la magia? No tenía ni idea. La realidad era a veces asqueante, y en cierto modo debía pasar página. Muchos creían que no la había pasado, que seguía en la misma página aburrida, en ese final del prólogo escrito por un tipo no tan bueno como el que hizo el libro. Se quería alejar un tiempo de la gente y buscar la vida que había detrás, arrastrarse al fondo de las cosas. 

Y ahora, otro día abrasador más entre las ruinas. Encuentra rumores en las cortezas de los árboles, susurros de épocas de las que nunca había oído hablar. La hierba, seca y afilada, le repite las palabras de los espíritus del bosque. Espíritus que reptan o que vuelan, invisibles o tan cercanos que te aplastan, ficticios, mentiras reales, los gritos de los perros y los truenos, el chirriar de los columpios, los pasos de las hormigas, el frío imposible en la noche del verano, el vino del estío, el final del camino, un pequeño punto azul. La magia se revela y se mete de lleno en los subterráneos y cortocircuita los semáforos, y los rascacielos se pierden de verdad entre las nubes y el tiempo, y las ruinas se extienden y se deforman y dejan de llamarse ruinas, todo se llena de aleteos y raíces. 

Le dijeron que en las ruinas encontraría, y no se equivocaron. Deshidratado, con Moby Dick entre los brazos, mira directamente al sol. "Nos vemos en la siguiente página", susurra al mundo. 

sábado, 17 de agosto de 2013

Tira Me A Las Arañas



"Hoy, un chico drogado con ácido se dio cuenta de que toda la materia es simplemente energía condensada a una baja vibración, que somos todos una conciencia colectiva experimentándose a sí misma de manera subjetiva. No hay tal cosa como la muerte, la vida es solo un sueño y somos la imaginación de nosotros mismos. Aquí está Tom con el clima."
                     -Bill Hicks

Cuentagotas. Sonido de langostas volando hacia tus dientes. Hemos sido mutaciones toda la vida, y no te has dado cuenta. Copia de la copia de la copia, no eres original, ni inteligente, solo tienes internet. Míralo desde este punto de vista: un amigo imaginario para niños autistas. El autismo siempre tiene ese punto siniestro, ¿no? A saber qué se esconde en la mente de un crío. A saber por qué está tan callado todo el rato, qué pensará, qué callará, cuántas voces guiarán sus erráticos y cortos dedos. 

Pongamos que ese amigo imaginario se llama "John el Honrado". Cuando mamá toma los antidepresivos, ahí está John el Honrado, asegurando al pequeño. Cuando el último pez de colores va por el sumidero, ahí está John el Honrado. Cuando los profesores no lo comprenden y tiran la toalla, John el Honrado. Cuando los demás niños le hacen sangrar, John el Honrado. ¿Y cuando papá se intenta colgar por tercera vez está semana? John el Honrado está ahí. El pobre diablo cuelga una soga de la lámpara e intenta ahorcarse. Está tan obeso que rompe la lámpara, que queda colgando de un fino hilo de cables, y la soga se desentiende de él, y se vuelve a romper las rodillas contra el suelo. Lo vuelven a ingresar. No hace nada útil desde que lo echaron de la fundición. Sombras negras se ciernen sobre el humilde bloque de pisos. 

Los niños de la guerra, los perros de paja, los hombres de barro, la plaga de langostas, todo es efervescente. Y el niño autista se convierte en un oficinista grueso y las gafas le aprietan la cabeza y le dejan marcas en las sienes. ¿Oficinista en dónde? Mejor no revelarlo: deshumaniza más su trabajo y le da un tono aún más desolador a la historia. Los monstruos reales proliferan: las ex-mujeres, los políticos, los falsos profetas, las corporaciones, y el otrora niño autista pierde contacto con John el Honrado. John el Honrado está en el limbo ahora: John el Honrado está jorobado, deforme y jodido. 

Pero de vez en cuando lo ve. Muy diferente al John el Honrado de su infancia, claro está, pero lo ve. Y ve que ha dejado de ser un niño autista, una criatura disfuncional que merece el mejor trato y el cariño de la pequeña comunidad, y se ha convertido en un imbécil triste y gris. Su padre da problemas en la residencia: se ha intentado colgar otra vez, con hilo dental, en la pata de su sinfonier, no tiene sentido alguno. Y a mamá Dios la tenga en su gloria: se la llevaron las langostas.

Las langostas se llevan un tremendo porcentaje de seres queridos al año. De nada sirven las murallas, y los pactos siempre han sido temporales, siempre acaban rotos, siempre el colectivo terrible se lleva las cosechas y los bebés y las mujeres. Son algo más que insectos: una fuerza caótica, lo cual lo hace doblemente peligroso, sin objetivo, sin causa, sin Führer, sin madre. Las gaviotas se extinguieron, las hormigas se extinguieron, los bebés pronto se extinguirán. A las langostas les encantan. Les parecen jugosos y fáciles de transportar. Y el post-autista solo puede recurrir a John el Honrado. Lo invoca por las noches, con los discos de los Beatles al reves, lo invoca por las mañanas, mojando las magdalenas en su orina, lo invoca con extraños rituales, quemando en una hoguera de una noche de San Juan las uñas de aquella amante de internet, que resultó ser un hombre, que resultó ser varias langostas envueltas en cuero. 

Esto no es más que una apología del absurdo. John el Honrado jamás existirá, para desgracia de todos. Tampoco existe ese autista hipotético, o puede que simplemente haya un trozo de él en todos nosotros o viceversa. Pero lo dudo, porque en cierto modo tampoco existimos. Energía condensada a baja vibración o algo así. Un espejo contra un espejo. El amor es casi relativo. No existe cuando estás tirado en tu piso de Madrid, tomando el último aliento de tu pipa, mirando por tu ventana sucia, asqueado, dolorido, con un nenúfar en el pulmón, deshecho a tantos niveles que es obsceno. 

Quieres volver a la ciudad, para descubrir la otra ciudad a su vez, la ciudad gemela que se esconde en las sombras, en las palomas que huyen, en los restaurantes chinos subterráneos, el reverso oscuro del mundo. Quizás ahí la existencia pueda... no sé, existir. Quizás allí quepa alguna sensación. Pero siempre estarán las langostas, por muy lejos que nos vayamos y muchas murallas que construyamos. Por muchos amigos imaginarios que creemos, por muchos exámenes que pasemos, por muchas continuidades que consigamos crear, por muchas catástrofes que evitemos, por mucho tiempo que ganemos. Siempre habrá insectos que puedan destriparte. Y por eso es hermoso. Y por eso consigues sentir algo esta noche. Porque estás en constante peligro en un mundo imperfecto. Ahí sientes ese precioso hormigueo en el estómago que te acompañará hasta la muerte. 

Venerable paloma, avatar de las ciudades, portadora de enfermedades y tragedias, rata emplumada carente de clase, te espantamos aunque representes la paz. Llévame contigo en tu abrazo pestilente e inyéctame la mierda más venérea, para que pueda zafarme eternamente, y escapar, y luchar, y sentirme con vida. John el Honrado, imaginario y triste, protégenos a todos los cabrones autistas de la Tierra. Nunca dejes de no-existir. 

Cuentagotas.

lunes, 5 de agosto de 2013

Desapego


Dicen que hay otros mundos. A todos nos gusta pensarlo. A mí, en el fondo, me reconforta. Hay preguntas en este mundo, que en los otros pueden deformarse, cambiar, camuflarse, y así traer una respuesta. Porque aquí a veces no hay respuesta, ¿no crees? Aquí a veces solo contestas con silencio, o con otra pregunta, o con algo que dista de ser la respuesta buscada. Es terrible la falta de respuestas. Sobretodo cuando sigues buscándolas después de que el mundo crea haberte contestado. "El mundo", ¿ves? Me refiero a ti. Otro mundo con sus reglas y simetrías. Con sus leyes estrellándose contra mis leyes. Insalvables, llamados a colisionar. Basta que uno rechace la armonía. Mi mundo, el de monstruos y fantasmas. El de sombras y celos, el de agujeros de gusano y mares negros. Mi mundo, que no es un planeta sino una estrella roja. Una obra inacabada, una granja de hormigas. Y el tuyo, una casa de muñecas, una estrella distante. 

Ahora mismo todo colisiona y la basura flota ingrávida. Comprendes toda la metáfora de la colisión, los paralelismos y todo eso, ¿verdad? Llevo tanto escudándome en la ciencia-ficción para explicar todas estas mierdas que ya es difícil separar las cosas. Y es que es cierto que hay muchos mundos de distancia entre medias. Y yo soy un mundo gris para ti, como todos los otros. Después de explorarlo y comprenderlo lo has puesto al nivel de los demás. Lo has devaluado y convertido en un punto en un mapa viejo. Transparente y lejano. Nada luminoso. 

Existen más de un millón de metáforas y situaciones hipotéticas para explicar ese sentimiento. ¿No está ahí la gracia? Encontrar las palabras entre un montón de líneas monótonas llenas de dobles sentidos, darse cuenta de la intención final debajo de ese disfraz de palabras complejas. Siempre es difícil no meter un montón de tópicos de mierda. La mayoría de textos sobre amor o desamor son una completa basura. Siempre acaba siendo frívolo. Demasiado universal y ambiguo como para tomarlo en serio. Quizás por eso meto toda la historia del vacío y el frío del espacio, porque puede, más o menos, enmascararse. Pero nada me vale ahora. 

¿Hay otros mundos? Si los hay, en este no tengo palabras. Por eso quiero irme. Por eso últimamente no tengo malditas ganas de verte. Ni de cerca, ni en la cada vez más larga distancia, ni en tus fotos en bikini. Esconderme, retroceder, crear refugios, reglas propias, leyes imaginarias, distancias. Distancias. Sé que las quieres. Mientras yo veo como las cosas se queman. ¿No lo ves tú también? Cuando nos hacemos desaparecer por arte de magia, nos partimos en dos, nos convertimos en otras cosas. Todo pierde el sentido y las respuestas no son tal cosa. No, las respuestas se vuelven más bien en... seres independientes. Formas de vida caóticas, cancerígenas, que juegan contigo y te devuelven al mismo instante en que planteaste la pregunta. Y la pregunta a su vez es un veneno. La forma en que desencadena un pensamiento fatídico. Una lluvia de reproches y sentencias de muerte, eso viene después. Al final solo queda buscar la cura contra el desapego. Después de agarrarte a objetos frágiles y clavos ardiendo. Porque en el final nuestros mundos colisionan a la inversa, perdiendo el camino a toda velocidad. Y entonces ni sabemos si somos otros mundos o metáforas o líneas en un papel, o intentos torpes de recrear un buen punto atrás en el tiempo. 

Dicen que hay otros mundos. Dices que hay otros mundos, que todo es normal y que esto no es malo. Dices que todo va bien, mientras rezas porque me lo crea, y la ciudad se quema detrás.

sábado, 3 de agosto de 2013

El largo adiós


Cucarachas. Las cosas tienden a esfumarse o descomponerse hacia arriba o sobre sí mismas. Un evento extraño, algo que se supone que no debería estar ahí, una creación desubicada, formada por pedazos de sombra y bebida barata, así me encuentro yo esta noche, tan fantasmal, con la sangre esparciéndose por todo el callejón.

Ha dejado de ser divertido, una fábula, un juego del gato y el ratón. Recuerdo las fiestas de antiguos amigos y el champán, los restaurantes frívolos, los paseos a la luz de la nada. Los estridentes silencios que amartillaban mi cabeza. Debí ahogarme en el Hudson hace mucho, muchísimo tiempo, pensaba aquellas veces. Y cuando dormía en el salón, algo me acechaba debajo del suelo y de la tierra. Dejé de pensar, de ver a la gente después de odiarla. Sus comentarios, sus ataques disfrazados, toda su basura cayendo sobre mi cabeza. 

Pero ahora se desvanecen igual que yo lo hice. La cosa que repta debajo es mejor que aparecer y desaparecer con cada parpadeo tuyo. Unas veces vengo, otras no estoy. ¿Recuerdas lo que decía aquel poeta? "yo sé que existo porque tú me imaginas". Pues bien, yo estoy realmente jodido entonces. Borrado de la puta existencia, ¿lo comprendes? Y aquí viene, al fin, lo que repta. Veo como inunda el callejón de mentiras dulces y cucarachas. 

Solo podía encontrar rechazo y silencio. Y ahora... ahora soy la atmósfera y el verde. O un muerto en un callejón. Humo entre edificios. Caminando entre los cristales. La gente grita en la calle. No solo los monstruos reptan. No solo ellos provocan terror. El que repta llega por fin y se mete en mis entrañas. Y no encuentra nada.  

lunes, 29 de julio de 2013

She Walks in Beauty


Ella camina entre espirales en el cielo. De noche las pupilas reflejan dos estrellas polares. Ella camina entre las rocas al fondo del lago. Los hombres de la mafia, helados en el fondo, vuelven a la vida. Ella camina entre las llamas del bosque. El fuego es azul y acaricia los árboles. Ella camina, sin abrigo, en el invierno nuclear. Su simetría convierte los nervios en ramas y los pulmones en arena de playa y polillas. Siempre odié su simetría. 

 Camina entre belleza, de cristales rotos y balas de plata. Lleva un silbido tenue y perfecto, como sueños, sueños adolescentes en technicolor, o sueños del lecho de muerte, fábulas de Venecia, campos de maíz, cerezos en flor. Yo abrazaba lo asimétrico y lo distante. Las gotas de vino corriendo entre la carne rota, las máquinas de escribir enfermas, los rollos de celuloide ardiendo. Y un día ella aparece, de entre el humo y los espejos, de los senderos que convergen, de la estrella polar a esta parte, y debes seguirla. 

Seguirla por los túneles, seguirla entre acantilados, en las playas, de noche, entre asteroides, en las profundidades, en las alturas. Hasta que el tiempo sea una ilusión y la tierra bajo los pies se diluya. Se abre el suelo y caes entre espejismos. Entre agujeros negros. Entre voces. Entre rayos de luz. Hacia abajo, muy en el fondo, y más allá. Y entonces abajo se convierte en arriba, todo cambia, como una implosión, todo se devora a sí mismo. Y el más allá es menos. Te vuelves negativo, espectral. Y ella camina entre belleza. 

Sigue soplando el viento, susurrando cosas extrañas. Sigue susurrando a los incautos, prometiendo simetría en medio del caos. Yo nunca quise su simetría. Ellos nunca quisieron morir colgados del cerezo. Nosotros nunca leímos en los huesos. Pero tú... siempre buscaste armonía y realidad. Ahora viene la nieve y la sangre, arriba en las montañas. Y ella, como siempre, está allí. Y camina. Camina hasta más y más allá, y nunca parará. Camina entre belleza.

jueves, 25 de julio de 2013

Los Siete Samurais contra el Shogunato Feminista


Hace un par de noches di con un agujero en mi manzana. Mientras le quitaba la piel cuidadosamente encontré un punto negro en la superficie. Primero lo toqué, y daba la sensación de ser algo profundo, no una marca aislada en la manzana. Fui recortando obsesivamente trozos y más trozos de manzana, cada vez más negros, cada vez más grande el agujero, hasta qué llegué al corazón, podrido y negro. Siempre que acabo una manzana me gusta partir en dos el corazón y ver la forma de estrella perfecta que queda dentro, a veces adornada por una semilla o dos. Pero esto era repugnante. Lo cual me recordó a una historia que pensé que debía de escribir.

Kenshiro Takei era, hasta hace poco, uno de los más brillantes escritores japoneses contemporáneos. Hablaba un lenguaje nunca antes conocido, se podría decir que trascendía los límites del lenguaje, y una vez cruzaba la línea, se reía de todo y de todos de forma obscena. Iba más allá de la pura metaficción y la disección de su sociedad. A veces era escalofriante la mirada que devolvía cuando acababas cada narración, el reflejo distorsionado que te volvía a ti mismo monstruoso. No obstante, un arma de doble filo en la prosa de Takei era su capacidad para la provocación. Oscilaba siempre entre la acidez genuina y acertada y la provocación violenta y gratuita. Varias asociaciones a lo largo de todo el mundo se habían abalanzado ya sobre él: se habían quejado ya muchos defensores de los derechos infantiles, asociaciones contra el cáncer, contra la violencia doméstica, defensoras de animales, anti-racistas, Amnistía Internacional, la Asociación Nacional del Rifle, personas con síndrome de Down, la Iglesia, asociaciones de padres, de profesores, vendedores de sushi, cadenas de supermercados, Val Kilmer, otakus, homosexuales, ONGs, antiabortistas, fans de Battlestar Galáctica, y varias asociaciones feministas. De todas las anteriores es a las últimas a las que Takei confesó, en alguna ocasión, que le producía mayor placer molestar. 

Era bien sabido, decía, que hay ciertos sectores a los que ya es extremadamente fácil provocar. Si bien ponerse en contra de la Iglesia era antaño poco más que motivo de ir a la hoguera, ahora era banal y tópico enfrentarse a una entidad como aquella. "Todo el mundo hace chistes de mierda sobre curas que violan a niños" decía Takei. "Sin embargo, arremeter contra una panda de descerebradas que enseñan sus coños y sobacos peludos en Facebook como muestra de feminidad te convierte en un paria". Sabiendo las muchas voces que se alzaban en su contra, Takei intentaba siempre mantener una posición de "loco ambiguo" como él mismo se definiría, para, de alguna manera, quitar importancia a sus extravagantes (y a veces peligrosas) provocaciones, a la vez que le servía para camuflar lo que podría tomarse como "ataques gratuitos a ciertas ideologías" y convertirlo en "puro delirio formal", es decir, cabía la posibilidad de que esos actos de provocación no fuesen más que parte importante de su forma de narrar las cosas, violenta y visceral. Sea como fuera, no mucha gente se tomaba bien todo aquello, razón que quizás influyera en que un día, Kenshiro Takei se despertase encerrado en un sótano.

Le costaba recordar como había llegado allí, hasta el punto de que, más tarde, dejó de lado su empeño en reconstruir la situación que le había llevado a dar con sus huesos en aquel sitio. Sentía como si, simplemente, hubiera aparecido en ese sótano oscuro, atado de manos y piernas a una silla de madera, astillada, con un agujero para cagar. No había una última cosa, un último momento antes de llegar a ese punto. No recordaba haber llegado a casa, dormirse y despertar allí. O ser increpado por una extraña figura antes de subir a su coche en una madrugada oscura. Nadie le había pegado, ni vendado los ojos, ni llevado hasta allí en un camión. Desechaba, por tópica, la pregunta "¿estoy muerto?", porque cuando uno muere, pensó, no debe oler su propia mierda llenando un cubo bajo sus piernas. Estaba en calzoncillos, lo cual era extraño: debían haber hecho la chapuza de rajar justo la parte del culo para que pudiese evacuar por allí. Como una extraña compasión, el enemigo invisible le había dado el privilegio, a pesar de estar atado de manos y pies en un sótano, de tener la polla cubierta y resguardada. Pero lo realmente raro es que, aunque no sabía cuanto tiempo llevaba allí, no sentía necesidad de comer ni beber, y tampoco tenía sueño. ¿Que habían hecho con él?

Fue al cabo de unas horas cuando unas voces le sacaron de su espiral reflexiva. "¿Quién se acerca a él?" decía una. "Yo no, si me acerco es para matarlo", "yo no pienso tocar su cosa", "pero, ¡alguien tiene que decirle por qué está aquí!" discutían las otras. Le era difícil saber cuántas personas habría allí. Pero había algo imposible de pasar por alto: todas eran voces femeninas. Estaba empezando a conjeturar qué clase de personas le habían llevado allí cuando una de ellas salió de entre las sombras. 
-Señor Takei, supongo que ya se le ha pasado el efecto de las drogas -dijo.
Así que eso era. El tiempo y sus necesidades fisiológicas estaban tan distorsionadas porque estaba drogado hasta las cejas. 
-¿Quienes son ustedes? -preguntó asustado Takei- ¿Por qué estoy aquí? 
-No queremos darle más respuestas de las necesarias. El propio hecho de hablarle a usted ya me repugna. ¡Chicas!
Y antes de que Takei pudiese responder, alguien le amordazó por detrás. Se daría cuenta en unos segundos de que la improvisada mordaza eran unas bragas ensangrentadas. Una de las mujeres -la más valiente, pensó Takei- salió de entre las sombras. Con unas tijeras, recortó, sudando, llena de asco en la mirada, los calzones manchados de Takei. 

Takei, gritando como un cerdo, no apartó la vista ni un momento cuando le cortaban torpemente el pene. Las tijeras no cortaban especialmente bien. Es decir, no lo arrancaron de una tajada. Ella las abría y cerraba mientras aquello sangraba, dejando algunas venas al descubierto, y la piel se rompía, y él gritaba y se removía, ellas no tenían miedo de que se mordiese la lengua de dolor y se desangrase también por la boca. Después de arrancar el miembro tirando del último trozo de piel que le unía a él, lo tiraron al suelo, y vio por última vez aquella cosa diminuta, encogida de terror, antes de que lo pisotearan y lo quemaran. Acto seguido, le partieron los dedos para que no pudiese escribir, lo golpearon en la cabeza, y no supo más de ellas.

De eso ha pasado ya un mes. 

Takei dicta sus relatos a un joven secretario. Él se esfuerza por entenderle, pues la lengua hinchada a veces traba sus palabras (en efecto, se mordió la lengua). Va al médico todas las semanas para ver como va la herida. El cruel destino le ha adjudicado una doctora. Ella mira todas las semanas aquella cosa entre las piernas, aquel agujero torpemente cosido, que parece una suerte de vagina. El pelo empieza ya a crecer alrededor, y los testículos cuelgan como un mal recuerdo. Una imagen devastadora, un adorno inservible. Los ve y piensa por qué no los cortaron también. Piensa en ello como una puta broma. Cruel, terrible. 

Allí, en el hospital, siempre se topa con otros pobres amputados, y habla con ellos. Aunque la mayoría son pobres diablos, tristes, incompletos, traba amistad con un jovial hombre manco. Alto, atlético, seguro de sí mismo, pero falto del brazo izquierdo desde más arriba del codo. Le confiesa a Takei que a veces ese brazo le duele a horrores. Un dolor punzante unas veces, un tirón otras, y las peores noches, según cuenta, le duele como en el mismo momento en que se lo cortó por accidente en la fábrica. Takei se sorprende, al poco tiempo, al descubrir que le pasa lo mismo.

Unas noches le duele igual que cuando le operaron de niño. Otras es sólo un picor. Las más raras lo siente erecto y vigoroso, y cuando se va a echar mano para aliviar sus penas... la nada. Hasta que al cabo de un año, y dejando ya de visitar a la doctora, nota que algo ahí abajo le habla por las noches. Su pene ahora es un miembro fantasma con todas las de la ley: tiene voz propia, la de un fantasma de una época lejana. "Me llamo Mifune" le dice. "Soy un ronin, ¿sabes lo que es? Un samurai sin dueño. Un caballero honorable que ha perdido el rumbo, condenado a ser un vagabundo. ¿Ves cuánto nos parecemos, Kenshiro?".

Más tarde le hizo una confesión aún más extraña: Mifune era un ronin manco. Su pene, el fantasma de un viejo samurai, estaba a su vez falto de un brazo. "Eso no es todo" confiesa Mifune. "Mi brazo, doblemente fantasma que tu miembro, es a su vez el de una doncella que murió tras ser violada. Cuando la enterraron, brotó de su lecho un manantial. Y esa joven, en lugar de ojo, tenía el espíritu de un viejo señor de la guerra". Que a su vez, dedujo Kenshiro Takei, debía faltarle alguna clase de miembro. "Exacto" dijo Mifune, sonriente. "Todos son una cadena de miembros fantasmas a lo largo del espacio, el tiempo y la existencia misma. Y ten por seguro que cuando mueras, tú seras el miembro fantasma de alguien". Y Mifune dejó de hablar por esa noche, pero le visitaría todas la siguientes. 

Aquella revelación confundió a Kenshiro Takei. No sabía si sentir júbilo, porque sería una huella en el tiempo en una larga cadena de vidas, o una melancolía terrible. Los primeros meses soñó con las mujeres que le destrozaron el pene y los dedos. Después, sólo tenía un sueño recurrente: unos niños, en el salvaje oeste, balanceándose en una horca. Como una amenaza. Como un aviso de lo que vendría. Aún así, el tenaz Kenshiro se recuperó. Los dedos volvían a moverse, no con la agilidad de antes, como patas de araña aceleradas y frenéticas, pero sí con el pulso firme de un reloj, aunque el meñique, el anular y el corazón de la mano derecha apenas se movían. "Escribo con siete dedos" declaraba, jovial, en las entrevistas de la tele. "Los siete samurais" decía entre carcajadas mientras alzaba las palmas de sus manos hacia las cámaras. 

Y, contra todo pronóstico, después de ese suceso, siguió siendo un cabrón, aún teniendo ese hueco en la entrepierna, cicatrizado, una hendidura lisa, como si ahí nunca hubiese habido nada. A partir de entonces, todo fue distinto, pues cada mañana volvía de nuevo a la vida. Y no podía sentir más que gratitud.  

miércoles, 24 de julio de 2013

El Dolor Fantasma


Hace tiempo que sueño con tarántulas y malos presagios. He doblado mis capacidades cognitivas y monto guardia el doble de tiempo. Duermo apenas unos minutos, sueño apenas unos segundos. Imágenes borrosas de todo tipo de arañas. Codificadas, con puntos de luz que me nublan la vista del cerebro, pero que dejan entrever multitud de patas entre destellos y nubes. El cuerpo es ahora una vaga extensión del cerebro. Escucho el aleteo de las moscas que suspiran por la carne podrida. A veces cierro todos los canales y aún así sólo veo moscas, volando entre tonos marrones, la película más sucia de Peckinpah. 

Hay muchas cosas que guardar estos días. Tantas cosas por las que montar guardia... Veo a los otros guardias y un escalofrío perturba toda mi forma astral. No hay nada que siente peor a las formas astrales que los escalofríos. Piensa en ellos como una especie de interferencias. Imagina un fantasma, hecho de nada, aquejado de temblores y escalofríos. Su forma va y viene constantemente, interferencias perturbando la nada. Y eso es lo que "siento" al ver a los otros guardias. Ellos son veteranos, y por tanto más fantasmales que yo. No son fantasmas blancos como la leche, ni suspiran, ni se quejan. Antes susurraban entre ellos, las horas muertas, en la lengua de los fantasmas. Ahora sólo veo los ojos. Dos puntos de luz que se alteran. 

Y sigo viendo patas de araña. Se tornan del color de la carne, se vuelven cortas y gruesas, les salen uñas. Se convierten en en dedos de crío. Los dedos que arrancan los otros tipos, los que dan miedo, y por los que vigilamos. El cementerio indio cayó, y el orfanato, pero aquí en el castillo seguimos cuatro o cinco. Fantasmas antes de tiempo, proyecciones. No podríamos hacer nada contra los otros tipos, pero hay que montar guardia. A veces me gustaría que todo terminase y dejar de montar guardia. Volver al otro plano. Aceptarlo todo. Dejarlo todo en otras manos. Ver como crecen enredaderas sobre el carbón, los escombros y las tripas. Pero guardamos el castillo. Un castillo de ruinas fantasmas, de escombros invisibles, sobre pilares de luz y dolor fantasma. 

¿Has oído lo del dolor fantasma? Cuando te falta un miembro y te sigue doliendo. Cuando te pesa más que nunca. Y a veces crees que aún lo tienes ahí. Pienso en los fantasmas como una extensión de toda esa cosa. Ese dolor extendido a todo el cuerpo despojado y perdido. Amenizo las horas de guardia pensando en un cuerpo que me espera, el tuyo, para que me deje bailar, en forma astral, con el humo de tus cigarrillos, y arrastrar mis cadenas al son de tus tacones, y esconderte el pintalabios, y susurrarte cosas terribles y bellas en tu tocadiscos, en la lengua de los fantasmas.  

Y los otros tipos susurran en su lengua, en este instante, entre los muros del castillo. No son hombres ni fantasmas, ni esqueletos ni animales ni demonios. Ojalá fueran tan sencillos. Los otros fantasmas dijeron que eran simples errores. La única vez que me di de bruces con uno sólo vi un borrón oscuro. Una mancha en el tiempo. Si nosotros, las extrañas proyecciones de ectoplasma, somos espinas sobre la espalda del tiempo y la existencia, supersticiones, anomalías y vagos recuerdos, los otros tipos son un cáncer horrible en las entrañas del mundo. Son el mal de los hombres y el temor de todas las bestias. 

Los otros fantasmas desaparecen, apartados de la existencia como moscas. Moscas sobre tonos sucios y tristes. Y por fin veo las arañas, corriendo entre las ruinas del castillo. Crecen las enredaderas, las orquídeas, brotan manantiales de las bocas de los monstruos caídos. Y todo se funde con las ruinas del castillo, mientras les distraigo, mientras se ocupan de mí. Y caen bombas que se detienen en el aire y veo líneas erráticas que las conectan y las atan. Y el mundo no atiende ya a conspiraciones ni a ritos. El último fantasma se cae también de la existencia. Por un momento me siento bailar al son del humo de tu cigarro. Aunque al final me arrastro y veo... mi mente. Y la tuya. Y todas. 

Pero eso no importa porque, por un momento, me siento bailar al son del humo de tu cigarro.

Como un fantasma.

viernes, 12 de julio de 2013

Confesiones




Querida Lois:

Te preguntarás, al leer esto, por qué te escribo una carta, en lugar de subir en la noche a tu azotea y llevarte a volar. Te preguntarás qué hace un hombre de acero escribiendo una vulgar carta. Muchas veces te lo he confesado y no me has creído, nadie lo hizo, es algo imposible y fantástico, pero por última vez te digo la verdad: yo soy Clark Kent. Siempre lo fui. 

Alzabas la vista, mirando al hombre que volaba y sonreía, alto, recto y resplandeciente, y nunca te detuviste en aquel tipo encorvado, tímido, rechoncho, que se escondía tras unas gafas. Era ridículo que pudiesen ser la misma persona. Pero lo eran. A veces, odio volar. Hace ya tiempo que no lo hago por gusto, feliz. Sólo en sueños vuelo entre las nubes, despreocupado, hacia el sol. Ahora vuelo entre los incendios de la ciudad, y las caras tristes (entre ellas la tuya) miran al suelo. No ven pájaros ni aviones. Hay días en los que salgo de una cabina y sólo soy Clark Kent. El hombre con el que cruzas, con suerte, dos monosílabos en los pasillos de la redacción. 

De día, vuelo sobre el cielo despejado con la ropa en llamas. Pero de noche, rechazas todos mis bailes. Nunca dejaste a Kent sacarte a bailar. La noche, replegándose sobre sí misma, esconde monstruos y ladrones. En el suelo húmedo de la ciudad, los zapatos de Kent hacen crujir el suelo. Sale del trabajo con la cabeza gacha, su sombrero y su maletín. A la mañana siguiente, saldrá a volar, pero la noche ya está perdida. Clark Kent pierde también su identidad. Ya no está seguro de saber volar bajo ese traje barato. Se lo quita, junto con las gafas, y lo intenta. Y lejos de su identidad secreta, escucha susurros en los callejones, las risas de los amantes, los taxis vagando por la ciudad, y si lo intenta, con mucha fuerza, escucha también el viento soplando los maizales en Kansas. Ve, a través de las paredes, las vidas cruzadas, las personas en sus apartamentos, en sus hogares, y mirando al suelo ve cocodrilos en las alcantarillas. Levita con los ojos cerrados, sintiendo una ligera electricidad en el aire. Y vuela a la azotea donde os encontrasteis, cuando él se mostraba como el hombre de Kripton. Aquella azotea, llena de flores y gatos, es para él una nostalgia pura, una huella, y para ella un eco absurdo del pasado. Entonces, él sube hacia arriba, hacia la estratosfera y después más y más adentro, al espacio profundo. Los meteoros chocan contra él, pequeñas rocas inofensivas, no dejan ni arena en su capa. Cierra los ojos y se hunde más allá de la vía láctea. No puede evitar, no obstante, la imagen de la azotea. 

Y a la mañana siguiente, y a la otra, y a todas las que vendrán, se despierta como Clark Kent. ¿Comprendes la historia? Yo me despierto como Clark Kent. Y ella, tú, no me quiere ver, no me quiere hablar ni oír. Porque soy Kent, o porque soy el pasado, o porque soy un ideal que no hace más que nadar entre polvo de estrellas. Y te veo, y no veo quién necesita el disfraz de Clark Kent. Ni para qué necesita Kent desenterrar el traje de superhombre. Lois ya no baila con Clark, esta noche no está deprimida ni loca. Ésta es mi confesión, y te dejo aquí mi último titular, no es una primera plana ni mucho menos de interés público, no es una necrológica ni un artículo de opinión, pero es veraz y único: "Kent se ha ido".

martes, 2 de julio de 2013

"The Menagerie"


Ha sido una semana extraña, ¿sabes? Comenzó el lunes cuando recibí la visita de un vampiro estelar en un viaje de opio. Parecía extrañamente real. Su túnica negra como el vacío del espacio, sus colmillos que dejaban ver galaxias enteras, sus ojos de insecto en los que se reflejaba tu rostro deforme, como en un caleidoscopio, cada vez que te atrevías a mirarle. Era tan real... y eso se debía a que era de verdad. No era una puta alucinación. Quizás lo fueran las mariposas de ácido que revoloteaban alrededor, rompiendo el conjunto de la amenazadora figura del vampiro estelar. Por desgracia, sembró el caos y la muerte en el fumadero de opio, con los restos esparcidos de los pobres diablos con sus cabezas desfiguradas y vueltas del revés y las extremidades enrolladas y descompuestas. Me dejó vivo para transmitirle a la humanidad un mensaje: "dejen de tirar basura al espacio". Es el quinto satélite espía de hacienda que amenaza este mes la colonia de neo-vampiros (vampiros artificiales incubados en úteros mecánicos en la cara oculta de la luna, mitad chupasangres, mitad marcianos). Se fue con sus aires de importancia y sus mariposas de ácido. Menudo idiota.

El martes me decidí por un viaje en el tiempo. Pensé viajar a la edad de piedra a espachurrar neandertales con el nuevo Mech (robot gigante japonés) que encargué por ebay, pero la Agencia de Variación Temporal me dijo que había superado el bono de alteraciones de espacio tiempo y debía realizar un viaje más discreto. Por lo tanto viajé al siglo XIX y asesiné a una prostituta en un callejón de Londres, para poco después viajar y pelear conmigo mismo para salvarla y convertirme en un héroe, y crear un montón de teorías raras sobre Jack el Destripador que puedan aprovecharse para algún capítulo de Star Trek. Además, con cada paradoja temporal los cines del centro te hacen un descuento en la película 5D que quieras, excepto en las españolas que ya son todas una mierda.

Es por eso que el miércoles fui a ver una película al cine 5D que más cerca me pillaba. La película que vi trataba sobre un tipo que, tras sufrir un accidente de laboratorio, desarrolla un segundo pene que tiene conciencia propia y que además es un genio criminal. Hubo un problema con la quinta dimensión de la película, que estaba en fase beta, y creó interferencias telepáticas, y las cabezas de algunos de la primera fila reventaron y lo pusieron todo perdido, y un niño que había unas filas más arriba no paraba de llorar. Me enteré después que en una sala contigua también habían explotado varias cabezas. No hubo interferencias telepáticas ni nada, es que simplemente era una comedia de Eddie Murphy. Ja-ja-ja. 

El jueves en cambio, me quedé encerrado en casa porque la inteligencia artificial que había instalado para proteger al bebé que mi mente había creado en un viaje de LSD se volvió contra mí. Llamé al servicio técnico y todo, pero sólo obtuve como respuesta una voz robótica que decía: "la resistencia es fútil, el príncipe de Zanzíbar ha muerto, you kill my father, prepare to die". Tuve que entrar en una dimensión de bolsillo hasta que llegaron los neo-bomberos (todo lo que hay en el futuro lleva la palabra "neo" delante), que ya estaba ocupada por varios vecinos de mi bloque, que resultaron muertos por sobrecarga de su sistema neuronal, pero según me ha dicho la portera, la mayoría se han reencarnado en sus mascotas, excepto el señor Gómez, que se reencarnó en el cuerpo de su mujer que llevaba años muerta en el salón sin que nadie lo supiera, y vino la policía y todo.

El viernes por la mañana fui a comprar el pan a Venus y tardé un montón en volver, porque tuve que esquivar a una tribu de amazonas que me vendían no se qué ahorro a largo plazo. Por la noche... bueno, tú ya sabes lo que hicimos. El acto más perverso de toda la semana. Todo eso que hicimos fue increíble. Lástima que muriera tanta gente por el camino, pero en fin, ya se reencarnarán en sus mascotas. Mi abuela siempre lo decía: "no hay nada mejor que reencarnarse en una mascota, puedes andar sin pantalones todo el día y ver espirales de terror  y muerte en los ojos de tus amos". Me lo dijo a los nueve años. A sus nueve años, en su quinta reencarnación. En fin, que fue una noche fantástica. Volver al pueblo, muertos de frío, cubiertos de sangre de hadas carnívoras. Dormir en ese coche de policía que habíamos robado a toda velocidad. Tu y yo después de tanto tiempo. Atracando bancos de libido y matando orcos. Envenenar a todas esas sectas de Cthulhu. Viajando en el tiempo destruyendo civilizaciones. Fue una noche entrañable la nuestra. Te miraba mientras te alejabas hacia tu casa, y con los rayos X te veía la ropa interior de Heidi.

El sábado los de la Agencia de Variación Temporal vinieron a por mí. Que si no me daba vergüenza, haber alterado así el espacio-tiempo. Que en qué estaba pensado. Que si otra vez el LSD. Les contesté a todo con un "tal vez..." y desaparecí de la continuidad. Pero me daba igual. Hacía un bonito viento de noche de verano. 

miércoles, 19 de junio de 2013

La Ciudad en el Fin de la Eternidad





Empezó con una idea. Una explosión en mi cabeza, fuegos artificiales, bailes de neuronas, que crean un big bang extraño: primero un planeta, luego cientos, miles, colisionando, atrayéndose, como mis pupilas y esas otras pupilas fantasmales, de otro color, que creo ver cuando miro mi ventana, en estas noches de verano. Pero después se esconden, tras el humo de las fábricas, solapándose con el sonido de las pisadas de aquellas personas que caminan en sentidos opuestos, entre madrigueras y palacios, entre ciudades gemelas con pautas de crímenes inconexos y manchas de sangre cósmica. 

Veo esquemas, y mapas estelares, y serpientes y esqueletos y agujeros de gusano danzando entre las estrellas. Debajo hay unos hilos que lo unen todo, y unos senderos que lo bifurcan. Y noto algo siniestro y dulce cuando cierro con llave la puerta de casa antes de marcharme. Quizás sean planes oscuros de algo más allá de todo, algo que debimos leer en los huesos, quizás una mirada mesiánica en los posos del café. Sinceramente: ¿crees que voy a desaparecer? Tengo todas las papeletas. Hay motivos que me hacen pensar que estoy en una intersección de universos estirados y deformados, frágiles como el cristal, revertidos de espejos, hartos de reflejar estrellas enanas que se apagan, hartos de reflejar la nada, se tornarán finalmente en la nada. 

Ese es mi punto, allá donde me encuentro. ¿Tú desaparecerías? ¿Tú te resignarías? ¿Y si finalmente gritases "que te jodan" al universo de cristal y a todas las demás realidades convergentes? A veces no duermo comparando nuestro sistema solar con una mosca revoloteando alrededor de las tripas colgantes del universo y la realidad última. Otras veces pienso que la gente me da nauseas y sus preocupaciones frívolas sólo esconden una espiral de muerte y vacío, y me duermo mucho antes. Sólo al pensar en estrellas palpitando como corazones, en un lugar mal iluminado del espacio y el tiempo, concilias verdaderamente el sueño. Despiertas, eso sí, cayendo en una secuencia errática de sueños encadenados. Encadenados por pupilas fantasmales, respirando en la noche, riendo, dilatándose cuando devuelves la mirada, empañando el cristal cuando te acercas más de la cuenta, hasta el punto de casi poder rozarlas, fingiendo que es por accidente, mientras lees el futuro en el cielo, en estelas de aviones que se enredan, que no te dicen nada claro. Pero así no es como empezó.

Empezó con una idea. Algunos piensan que empezó cuando el futuro se enturbió y los senderos infinitos del espacio colisionaron. Otros lo asocian a una canción que nunca existió, y que partió el cielo en dos, lanzando a los dioses contra el suelo. Hay incluso quien cree que comenzó con mi caída al infierno y mi posterior regreso, y la mirada que borró a Eurídice del tiempo y del espacio. Pero todos se equivocan. Empezó con una idea, la idea de dos bocas que se rozaban.

 Una era vida. La otra, muerte. 

lunes, 3 de junio de 2013

Suspiria


A veces casi me oigo pensar. Me refiero a pensar de verdad, no a tararear mentalmente ni a recordar triunfos sexuales mientras me aburro en el metro. Y por un momento he visto al monstruo del pasillo mirándome sediento entre los cristales. Un té en la madrugada y un cuento de Bradbury, y me marcho. Fuera de la consciencia de este agujero negro urbanita. De día, un ruido de coches y un olor a anonimato que te obliga a caer entre las grietas. Pero de noche... todo trabaja y sigue su curso. El monstruo onírico te mete en una tumba blanca. 

Y por un momento te alivia pensar que todos son putas voces en tu cabeza y tu existencia se solapa con optimismo sobre la ciudad. Se les abre el pecho y no hay más que humo y serrín. En la calle, unas enredaderas estrangulan con violencia los cimientos de los edificios. Quizás sea mejor así, con los lagartos trepando por un sitio y por otro. Una chica con minifalda, tacones y un pecho más grande que otro se sienta en el metro. Sus ojos son casi de reptil. Enfrente, un hombre obeso y grasiento suda y resopla como un cabrón al verla. Ella se incomoda. Mirándolo todo desde la esquina del vagón, tengo que reprimir la risa y el asco. Finjo limpiarme las gafas. Al salir, una vieja asquerosa con un peinado ofensivo me mira desde el otro lado del semáforo. Dios, quiero que se caiga por una puta alcantarilla. Abre la boca unos segundos y los dientes son amarillos. ¿Hace cuanto que dejó de esperar?

Huelo las noches de verano a las puertas del fracaso. Me veo agujeros negros entre los poros de la piel. Intento enfriar estrellas enanas, huir de mi legado, detener el tiempo, atraer tu atención. Yo sólo quería llamar tu atención, ¿recuerdas? Te metía mano en esos días y ni te importaba. Momentos felices que nunca viví. Pero todo se acabo, no me quieres ver ni oír. Me disparan en un callejón entre la niebla. No me dan: yo soy la niebla. Soy, de noche, el culto olvidado a un bicho esculpido en un monolito. 

El último juicio, la última opción. Les escupo en la cara, me lanzan a una supernova, despierto sobre los apuntes. El monstruo del pasillo susurra insultos en ruso. Un susurro que es como una cuchilla, habla entre los movimientos del reloj. Los ojos abiertos toda la noche, y la mente en blanco al día siguiente. No me interesa el puto engaño al que llamas realidad. Yo nunca estuve aquí. Ya nada tiene sentido. Las cosas se caen y explotan. Sonrío cuando me despiertas en el hospital. Mi cara vendada, sólo te veo por un ojo, y los huesos hechos pedazos, y tú llorando de forma violenta. La resistencia es inútil. 

No, nunca estuve aquí.

jueves, 9 de mayo de 2013

Tetragrammaton


¿Hola? Joder, perdona que te llame tan tarde, pero estoy jodido... ya, supuse que no te habrías dormido aún. Ya... joder, gracias. Nada, estoy en un callejón, acojonado. No, no, en casa no ha ocurrido nada. Es solo que este sitio es más dramático. Además, las paredes escuchan, ¿no lo sabías? Claro que estoy borracho. Seguro que casi puedes olerlo desde allí, ¿verdad? He venido a morir a un puto callejón. Parece sacado de Spirit, te lo juro. Los ladrillos, la oscuridad, el humo, el olor a meado... ¿sabes qué falta? uno de esos cubos de basura metálicos con tapa y todo, y una cáscara de plátano colgando. No he visto ninguno de esos en todo puto Madrid. Solo esos contenedores de colores de mierda con números. 

Ya lo sé, ya lo sé, iba a contártelo. Creo que voy a desaparecer. Es como si... como una de esas etapas que escribe un guionista de segunda. Un auténtico bajón. Yo era un personaje con potencial y... a la mierda. Me van a cancelar, joder. Voy a evaporarme, o a implosionar, o como coño quieras verlo. Me van a borrar del mapa. Un reinicio, fuera de la continuidad. No, joder, deja a Morrison en paz. He estado caminando un par de horas ¿sabes? y solo te puedo decir que no me trago nada de esto. No me trago a toda esa gente moviéndose como fantasmas, no me trago ese ruido de ciudad, de esta puta ciudad que intenta hacerte creer que estás en el mejor sitio del mundo, y definitivamente no me trago esta realidad. De todas las realidades hemos tenido que ir a caer a la más gris. 

No, te digo que esta vez no... ni todos los cómics del mundo pueden sacarme de aquí, ¿vale? Cada vez es más difícil. Es jodido, me he pasado media vida intentando ser como esos tipos con mallas. Pero nunca caerá un puto meteorito en esta calle. No voy a explotar para renacer con el coco de Reed Richards. Ya no habrá puñetazos a cámara lenta. Esperaba hacer cosas grandes. Enormes. No me refiero a hacer que la gente gritase al verme "¡mirad, arriba, en el cielo!" quizás era mucho pedir, pero sí cambiar... no sé, cualquier cosa. No me creo demasiado todas esas manifestaciones y huelgas, y me siento mal por ello. Debería identificarme con la gente, ¿no? Pero ya no me trago nada. No quiero cambiar el mundo así. 

Quería... bueno, suena un poco idiota... quería despertar fuera de mí mismo y colarme en los corazones y las entrañas de las personas. Quería llegar al fondo de la gente. Sí, exacto, ¿cómo era aquello? No toda victoria consiste en salvar el universo. Me alegra que lo entiendas. ¿Qué coño de suicidio? Sólo espero a deshacerme en este callejón. Me van a borrar de la continuidad, ¿no te lo he dicho? Si cuando amanezca sigo aquí... no sé, supongo que volveré a casa y dormiré un par de horas, y saldré a hacer algo útil. Será como si no hubiese pasado nada... No es la primera vez que me siento fuera de la continuidad de las cosas ¿eh? Imagino que saldré de esta. Solo que no sé de que forma ni color. Pero eh, oye, gracias por escucharme, que descanses.